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Futuro – Microrrelato de Hugo Jesús Mion

Con manos temblorosas, tomó la pequeña maceta, y la contempló un instante. Sus ojos se humedecieron. El endeble tallo de la planta se erguía desde un poco de tierra arenosa, que parecía apenas sostenerlo. Tres hojas, verdes y aterciopeladas, surgían a los costados y, en el extremo, un blanco botón anunciaba el inminente advenimiento del primer pimpollo.

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‘Walden’, un lugar donde reencontrarse con Thoreau

El 4 de julio de 1845, el escritor y filósofo estadounidense Henry David Thoreau lo dejó todo atrás para irse a vivir en la profundidad de los bosques de Walden Pond, donde construyó una cabaña con sus propias manos y contempló la vida desde la “naturaleza salvaje”, como a él le gustaba decir. Durante esa aventura de dos años, dos meses y dos días, Thoreau escribió una de sus mejores obras literarias: Walden (1854).

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¿Tiene el Tarot todas las respuestas? – Ensayo de Mar Alaffita Castillo

Lest even my dreams should conspire
to fill my heart with unrest

Cecil French

“Toma el mazo y barájalo siete veces” es la frase con la cual suelo iniciar la ceremonia ritual de Tarot, misma que utilizo para dar respuesta a preguntas que alguna vez todas y todos hemos albergado: ¿aún piensa en mí?, ¿encontraré trabajo pronto?, ¿cuándo dejaré de sentirme tan sola/o?, ¿qué me depara el futuro?

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Robert De Niro sentado en una sala de cine en Taxi Driver de Martin Scorsese

Héroes solitarios para tiempos de soledad

La pandemia del COVID-19 ha tenido un impacto innegable en nuestra sociedad. Además de las consecuencias sanitarias, los protocolos de contención necesarios nos han aislado los unos de los otros, convirtiéndonos en burbujas comunicadas mediante Internet. Los encuentros cara a cara se han visto sustituidos por las videollamadas; tomar café con amigos, por probar la última receta viral solo y subir foto a las redes; las clases presenciales, por cursos en línea. Esto sólo confirma una tendencia que veíamos venir desde hacía años, especialmente con el auge de las nuevas tecnologías: una sociedad más sola, donde los jóvenes y los ancianos representan los sectores más perjudicados. En países como Japón o Inglaterra existe incluso un Ministerio de la Soledad. Algunos autores ya definen este fenómeno como la enfermedad de nuestro siglo. Quizás por eso ahora, más que nunca, encontremos refugio en las películas con héroes solitarios. Algunos, en parajes inhóspitos, sólo se tienen a ellos por compañeros; otros, obligados por su trabajo, merodean por los mares o carreteras nacionales; otros, flâneurs sin rumbo, están en una ciudad llena de gente, pero no pueden contar con nadie. Paradójicamente su soledad, al contrario del encierro al que nos ha obligado la pandemia, les ayuda a descubrir nuevos mundos, sirviéndonos así a modo de escape. He aquí a los héroes solitarios de la historia del cine.

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‘First Cow’: potencialidad utópica

Durante mis clases de universidad nos enseñaron la historia del cine y el lenguaje cinematográfico con mil y un ejemplos de cineastas hombres, la mayoría de las películas de la primer mitad del siglo pasado: el montaje con Eseinstein, el efecto Kulechov, el uso de planos con Citizen Kane (1941). Sobre elipsis no recuerdo algún ejemplo preciso, y aprovecho esta laguna para actualizar cualquier ejemplo que pudieran haberme dado con alguna película de décadas pasadas. Si me pidieran hoy hablar sobre el uso de los saltos espacio-temporales, lo primero que vendría a mi mente sería First Cow (Kelly Reichard, 2019).

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La pócima – Cuento de Eduardo Viladés

Lo que menos me gusta de la gente es que siempre tengo la sensación de que debo justificarme en su presencia, encontrar una socapa que me permita afrontar la angustia que me causan los demás. Con el transcurrir del tiempo no tengo miedo a la soledad porque las personas son infinitamente más peligrosas. Creo que a mi edad estoy en mi derecho de pensar así. Tengo 200 años. 200 años y dos meses. Desde que era pequeña he sido diferente a las demás niñas. No tengo término medio, algunas personas me adoran y me veneran como si fuese el vellocino de oro y otras me detestan porque no soportan mi rapidez mental ni mi desparpajo. Así que tengo que lidiar entre quienes me llevarían a un museo para ser admirada como una obra de arte o los que me encerrarían en una mazmorra de una prisión del extrarradio con un bozal bien prieto. Mi abuelo era un mago muy poderoso que elaboró un elixir de la eterna juventud. Físicamente era el horror, su rostro parecía un cataclismo, una mezcla entre Juan Tamariz y Torrebruno. Mentalmente era muy inteligente. Había heredado las enseñanzas de Merlín el Encantador, a quien conoció en el siglo XIV en sus andanzas persiguiendo doncellas por los bosques de Nottingham. De Inglaterra se asentó en la zona de los Pinares de Rodeno, en Albarracín. Teruel le parecía un reducto abandonado del Sur de Europa, pero tenía alma misionera y quería dar una oportunidad a esa parte del mapa, en especial porque había oído que los niños no eran felices y no asimilaban el tránsito como algo natural. Dado que su rostro era difícil de ver, y a pesar de que las inglesas de aquel siglo no se caracterizaban precisamente por el recato, no prosperó en el terreno amatorio, pero sí en el campo de la magia y la clarividencia. Con perejil de Monterde de Albarracín, diente de serpiente del Kilimanjaro y sudor de jirafa de Tramacastilla elaboró una pócima que detenía el envejecimiento. Un día que llegaba del colegio, hasta arriba de barro y con la mente en el cocido que me prepararía mi madre, se empeñó en que la bebiese. Yo era muy tonta y no sabía decir que no. El abuelo llevaba semanas intentando convencer a mis padres y el resto de miembros de la familia para que probasen el elixir, pero le daban largas o le decían que tenían un pollo en el horno. Recuerdo que el pobre hombre se pasaba todo el día yendo de lado a lado de la casa con el bote de cristal en la mano, como si fuese un entrevistador de los que te encuentras en la calle Preciados intentando venderte una conexión de dieciséis gigas. Me he adelantado de siglo, pero prefiero contextualizar lo que cuento que después no se me entiende y me pongo neurasténica si tengo que empezar a dar explicaciones. Desde que tomé el elixir me gano la vida dando charlas improvisadas acerca del pasado. Suelen ser lecturas dramatizadas por la zona de la Torre del Andador. La gente alucina al ver a una muchacha hablando de la desamortización de Mendizábal y el reinado de Fernando VII. Mi abuelo tuvo la deferencia de explicarme el secreto del elixir cuando yo accedí a tomarlo. Sabía a rayos y me quedé medio traspuesta tras ingerirlo, pero fue cuestión de cinco minutos, aquello que notas un súbito retortijón en la boca del estómago como cuando te excedes con el curry en una cena de empresa. Mi trabajo no me mata, pero con la crisis no me queda otra. Ahora, con el corona pululando, no te quiero ni contar. He hecho de todo, que dos siglos dan para mucho, y reconozco que añoro los tiempos en los que trabajaba como ejecutiva de una empresa de alta cosmética o la etapa en la que fui concubina de un marqués. Lo bueno de pasar media vida en parques y a la intemperie es que no tengo horarios y que gozo de un color de piel envidiable, una especie de moreno albañil que me sienta de maravilla. Y eso que vivo en Albarracín, no en las Seychelles, pero el sol turolense es de otro cariz. Hoy quiero que pruebe el elixir Eduardo, un niño que está sentado aquí con el resto de chavales y que se hace el loco para que no le saque al escenario. Cuando lo pruebas, el envejecimiento se detiene. Mis padres decidieron que yo lo tomase cuando tenía dieciséis años y me quedé anclada en esa edad. Afortunadamente ya me había desarrollado lo suficiente y tenía apariencia de mujer hecha y derecha, con curvas de escándalo, buenos pechos y mirada felina. No me quiero imaginar lo terrible que hubiera sido pararme en los doce años, en plena tierra de nadie. Aunque en un primer momento pensé que mi familia no estaba interesada en los sortilegios de mi abuelo, con el pasó del tiempo descubrí que habían sido mis padres quienes le habían convencido para que fuese yo quien probase el elixir. Era la inteligente de la familia y querían que mi legado se perpetuase para siempre. Digo yo que deberían habérmelo consultado pero, en fin, ya se sabe cómo son las madres. Me hace gracia porque mi madre también lo probó y sigue a mi vera desde entonces. Hay un pequeño problema que a ella no suelo contarle. Y es que todo cansa en abundancia, hasta la vida… 

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Musa – Cuento de Tania Yareli Rocha Hernández

Voy por un sendero añoso y polvoriento que da a la catedral. Está a un par de kilómetros de mi casa. Me agrada ir a tocar por las tardes porque la acústica es buena y, como está abandonada, me siento a mis anchas. Un rato después termino en el antiguo recinto de ladrillos grisáceos. Me gustan las siluetas angelicales esculpidas en sus muros.

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El pastel de Angélica – Cuento de Gina Martínez Flisser

Ella amaba dos cosas: el pastel de chocolate y el sonido de los tarseros pigmeos (Tarsius pumilus) por la mañana. La inclusión en su rutina del llamado diario de los tarseros, un pequeño primate nocturno, se hizo posible cuando se mudaron al Centro de Rescate de Vida Silvestre Tasikoki, en la provincia más al norte de Sulawesi, Indonesia, donde él es gerente general y ella asistente veterinaria. Su cumpleaños se acercaba y, en la transformación a la vida selvática, él le había quitado su primer amor: el pastel de chocolate.

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Ilustración

Abecedarium Magiae

Ilustración de Sofía Elvira Tello Moscarella

Acabo de doblarme el tobillo. Sé que no es un esguince porque mi familia es de tendones fuertes, pero igual me duele. Tengo miedo de que mi lesión afecte el marcador y, por ende, el torneo. Sin darme cuenta, A ya está a mi lado, y me pregunta si estoy bien. Le digo que sí —aunque casi siempre es mentira porque no quiero que piensen que soy débil— y me levanto rápido. Me vuelvo a caer, entonces me llevan entre él y alguien más a una banca. A se dirige a la covacha por un botiquín, vuelve y me hace la plática. Jamás había hablado con él, aunque seamos del mismo equipo.