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El pastel de Angélica – Cuento de Gina Martínez Flisser

Ella amaba dos cosas: el pastel de chocolate y el sonido de los tarseros pigmeos (Tarsius pumilus) por la mañana. La inclusión en su rutina del llamado diario de los tarseros, un pequeño primate nocturno, se hizo posible cuando se mudaron al Centro de Rescate de Vida Silvestre Tasikoki, en la provincia más al norte de Sulawesi, Indonesia, donde él es gerente general y ella asistente veterinaria. Su cumpleaños se acercaba y, en la transformación a la vida selvática, él le había quitado su primer amor: el pastel de chocolate.

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Ilustración

Abecedarium Magiae

Ilustración de Sofía Elvira Tello Moscarella

Acabo de doblarme el tobillo. Sé que no es un esguince porque mi familia es de tendones fuertes, pero igual me duele. Tengo miedo de que mi lesión afecte el marcador y, por ende, el torneo. Sin darme cuenta, A ya está a mi lado, y me pregunta si estoy bien. Le digo que sí —aunque casi siempre es mentira porque no quiero que piensen que soy débil— y me levanto rápido. Me vuelvo a caer, entonces me llevan entre él y alguien más a una banca. A se dirige a la covacha por un botiquín, vuelve y me hace la plática. Jamás había hablado con él, aunque seamos del mismo equipo.

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«La noche avanza» o las distintas formas de la fatalidad – Reseña de Demetrio Gutiérrez

El cine negro mexicano alcanzó muy temprano su cénit. Marcado por el carácter trágico de sus protagonistas, parecía predecir su propio y apresurado final; vibrante en los años treinta y cuarenta, para mediados de los setenta ya no existiría sino por contadas y notables excepciones. No obstante, el auge del cine negro dejó tras de sí una serie notable de películas, varias filmadas por un mismo director: Roberto Gavaldón, quien no sólo estuvo a cargo de la memorable Macario (1960), gran relato fantástico, sino que también contribuyó al género negro con películas como La otra (1946), La diosa arrodillada (1947), En la palma de tu mano (1951) y la que nos junta hoy: La noche avanza (1952).

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Rap indígena: la otra lengua de la resistencia

Fotografía de Carl De Souza

Estamo’ acá
Siguiendo este llamado ancestral
Sembrando resistencia
Pa’ cosechar libertad

«Witrapaiñ (Estamos de Pie)» – Portavoz

Según los datos publicados en 2019 por el Grupo de Trabajo Internacional para Asuntos Indígenas, se estima que en Latinoamérica al menos 50 millones de personas se definen como de origen indígena. Tan sólo en México, el 21.5% de la población se autodenomina como parte de alguno de los 68 pueblos originarios que habitan en el país. Lamentablemente, sólo una cuarta parte de ellos habla activamente una lengua originaria.

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La carne debe servir a la carne – Poema de Layla Lemus

La carne debe servir a la carne 
así por mandato natural
se cauteriza la piel al tacto;
se enmudecen los amantes en el clamor genital.
Y nuestras soledades, una con la 
otra, se disuelven en deseos. 
Duelen en la humedad 
de nuestra desnudez, sexos 
frenéticos,
                    orgasmos,
los dedos hurgan el gemido.
El éxtasis terminó de beber a los amantes. 

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«Dulce Espina»: hacia una nueva fortuna

I wish you thorns.

Alicia Valladares

Personalmente, nunca dejo pasar la oportunidad de desplazarme por debajo de una escalera. No lo hago buscando desmentir la superstición, sino al contrario: me gusta hacerlo por el rush que trae la posibilidad de que algo suceda. Más allá de la buena o mala suerte, me gusta sentirme capaz de vivir experiencias cargadas de cierto augurio como momentos que pueden propiciar algún cambio en el transcurso de las cosas. Me refiero a una especie de aprovechamiento de energía mágica y de un posterior ejercicio de reinterpretación. Considero que prácticas de resignificación similares las llevamos a cabo todo el tiempo, muchas veces sin siquiera notarlas; como, por ejemplo, al usar un medallón de la Virgen de Guadalupe, regalo de una abuela, o incluso en algo tan cotidiano como juntarse a cocinar con amigas. Estos ejercicios aparecen también una y otra vez en el quehacer artístico de la actualidad.

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Entrevista con El caza chacales: encuentros y contracultura

En los setentas, el Nuevo Periodismo Norteamericano comenzó a comunicar la vida subjetiva, emocional y sexual de los personajes. El periodista, desde entonces, se transforma en un agente activo que se inmiscuye, aprecia y siente los hechos que comunica. El caza chacales es un proyecto que se adentra en la escena de encuentros gay en varias ciudades de México. En sus videos, Hernán —El caza chacales— visita, entrevista y experimenta con las expresiones de la cultura gay que albergan los rumbos. Desde entrevistar a trabajadores sexuales en lugares legendarios, hasta visitar las cabinas más populares, El caza chacales es un esfuerzo por abrir el diálogo directo, honesto y necesario sobre las múltiples vías por las cuales el deseo y la identidad se manifiestan.

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Malvada, ausente, controladora: la madre en el cine de terror

La maternidad es un eje vertebrador de nuestra sociedad: gracias a las madres y su capacidad para dar la vida, puede perpetuarse la especie y, así, el modelo de familia tradicional. Curiosamente, la concepción, gestión y parto ha sido tema tabú durante años, incluso en las películas; no fue hasta mediados del siglo XX que empezamos a ver las primeras representaciones honestas de la maternidad en el cine. Más adelante, con las revoluciones sexuales y sociales se cuestionó la idea convencional de madre, con su repercusión en la gran pantalla. Teníamos pues a madres solteras, embarazos no deseados o, simplemente, experiencias alejadas del idilio presentado hasta entonces. Uno de los géneros donde mejor se ve esta evolución es el terror. Desde la virginidad como salvación en Nosferatu, una sinfonía del terror (F.W. Murnau, 1922) hasta la deconstrucción del idilio materno en Babadook (Jennifer Kent, 2014) o Hereditary (Ari Aster, 2016) ha habido un largo recorrido. Vamos a descubrirlo.

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Visita a la vida de un desconocido – Cuento de Daryl Ortega González

Una de aquellas semanas en que caía viernes, a Eduardo le dio por hablar de cosas sobrenaturales a la altura de la segunda botella de Añejo Blanco. No estaba solo, siempre se las arreglaba para convoyar al amigo y arrástralo hasta el bar de la facultad con la excusa de que el semestre podía estudiarse en los últimos días. Empezó con el cuento de que a su prima le salió una mancha azul en el brazo el mismo día de la foto de sus quince y era por eso que en el álbum sólo se le veía con ropa de mangas largas. Luego continuó con el dolor que se le clavó al tío en una pestaña, los monólogos de su espejo y la noche en que la luna se le movió de lugar, antes de cederle el turno de eventual narrador a Carlos, quien recogió el vaso, se dio un trago de ron como para coger valor y, aún con el fuego pegado en la garganta, le contó la experiencia que tuvo un año atrás.