Categoría: Letras

Un panorama de amplio espectro en torno al fenómeno de la palabra escrita

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Friendzone – Cuento de Mario Galván Reyes

Después del desfile del carnaval, Liany y Rubén se tumbaron en el jardín de las afueras de un supermercado. Todos los amigos de su palomilla se habían dispersado entre el relajo y las cervezas conforme la noche avanzó. Ahora estaban solos, frente a frente, compitiendo por ver quién pestañeaba primero. Ante el primer indicio de risa, Rubén intentó darle un beso a Liany, pero ella se resistió. Entonces la estrujó. Las hormonas agitadas en el cuerpo precoz de Liany inquietaban a Rubén, quien desde hace tiempo comenzaba a verla como más que a una amiga.

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Padecer, medicina y cuerpo: “Signos vitales”, de Merari Lugo Ocaña

El pulso, la temperatura, la presión arterial y la respiración son algunas de las medidas más inmediatas a las que tenemos acceso para comprobar el estado de los cuerpos. Los signos vitales se calculan, se comprueban y se evalúan, de tal modo que se convierten en unidades de medida e indicadores significativos: sesenta a cien latidos por minuto, 36.5 a 37. 3º C, 90/60 a 120/80 mm Hg y doce a dieciocho respiraciones por minuto dan cuenta de algún tipo de homeostasis, es decir, de un buen estado del organismo en general. Ganadores del Premio Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa 2016 y recientemente publicados por la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), los Signos vitales (2022) de Merari Lugo Ocaña (Sonora, 1990) son poemas que trascienden las evidencias físicas de la vitalidad, apuntalan el dolor y se sitúan en el campo de lo sensible.

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Antimilitarismo y depresión crónica – Relatos de Alberto Férrera

Sombra negra

Al día siguiente, el sol irisó sus hileras, otra vez, sobre el páramo alboreado con el sondeo de los llantos y el olor fatigante a pólvora. La carrera de nuevos modelos inspiracionales se embriaga en sauces del pasado. Cada uno patina, a ribera de semblante dudoso, por ver quién es el primero en resbalarse sobre sus propios sesos. La rutina del carnaval sádico se ha tornado la cresta de juicios indiscretos, donde la calle se adorna con flores de féretro para la niñez desguindada.

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Brochazos de nostalgia: en torno a “Ya no tengo fuerza para ser civilizada”, de Iveth Luna Flores

El título se presenta como una afirmación contundente, en la que me reconozco de manera inmediata. Ya tampoco tengo fuerza para ser civilizada, y es posible que Iveth Luna y yo no estemos solas en todo lo ancho de esa oración. Me sumerjo en las páginas y poco a poco comprendo que, en un mundo de normas y maneras prefabricadas de ser o comportarse, no ser civilizada significa hacer un ejercicio de franqueza y vulnerabilidad.

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Penitente – Poemas de Óscar Páez

Pintura: Ángel caído, de Alexandre Cabanel

Penitente

He aprendido a sostener mi fe,
con las pocas plegarias que aún no le ofrendo a mis muertos.
Desde este erebo vigilo mi propia sombra,
para que al avanzar no se abalance el miedo hacia mi rostro
y me deje como a mis demonios,
con una máscara de felicidad que ellos mismos no soportan.

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Ciencia ficción y la caída del sistema: “La Máquina se detiene”, de E. M. Forster

Una habitación hexagonal bajo tierra cuya decoración ha sido reducida a varios paneles de botones para accionar comodidades. Luz, cama, aire fresco, baño, ducha, música, comida, toda necesidad es satisfecha por la Máquina en el confortable entorno de seis paredes que en conjunto asemejan un panal construido para abejas reinas. El mecanismo es tan perfecto que termina por mecanizar a sus habitantes.

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Veredas – Cuento de Eduardo Antonio López

El primer porrazo, del que no guardo recuerdo, habrá sido seguro en el patio. Adentro de la casa propiamente dicha, habría obrado el abrazo apresurado y salvador de mis viejos o alguna tía, o mi abuela, que venía seguido a vernos. O tal vez sí haya ocurrido adentro, entre esas paredes despobladas de cuadros o fotografías. Me acuerdo de mamá arrodillada, lata de cera en mano y el trapo, fregando las tablas de los pisos hasta dejarlos brillantes. Siempre, un rato más tarde, culminada su fatiga, ante el primer descuido de mi parte o de mi viejo, su grito: ¡los patines!