Cuna creativa – Ensayo de Darío Cortizo

Ilustración de Darío Cortizo

Siempre consideré el mío como un caso atípico. Desde muy temprana edad, asumí que no tenía ni tendría facilidad para muchas cosas. Era un niño con sobrepeso, los deportes no eran mi fuerte, y eso me limitó bastante al intentar socializar con otros infantes que tampoco mostraban demasiado interés en mí. No era precisamente un estudiante destacado, aunque tampoco me iba mal en la escuela; pero no contaba con la misma agilidad mental que la niña sentada al frente del salón. Mi constante aislamiento me hizo buscar a mis amigos y mi naturaleza dentro de mi estuche.

Tenía tal vez unos ocho años cuando mi madre me regaló mi primera libreta para dibujar. Por aquel entonces, ella estudiaba un diplomado y, de manera coincidente, nadie tenía el tiempo para cuidar al niño que hoy expone estas palabras. Su solución para controlar mi eufórica e infantil energía no era apagarla, sino redireccionarla hacia el papel. Recuerdo haber dibujado desde siempre, no me sorprendería descubrir que tal vez esa actividad apareció en mi vida antes que mi capacidad de hablar: rayoneaba paredes, mesas, juguetes, libros y un largo etcétera; sin embargo, fue con esa libreta, con ese regalo en particular, que descubrí algo más. Ahora podía llevarme mi naturaleza conmigo a donde fuera.

Al crecer en una familia de clase media baja, viviendo en una pequeña ciudad, de esas a los que los capitalinos les gusta nombrar comúnmente como “provincia” ―término que encuentro personalmente molesto y reduccionista―, no hay mucho que hacer ni esperar a nivel profesional. ¿Futbolista? ¿Músico de rock? ¿Pintor? Mejor habría que pensar en abogados, dentistas o contadores, personas que hagan funcionar al mundo y que funcionen con seguridad dentro de él. Por cuestiones circunstanciales ―para evitar especular sobre otras cosas―, la educación de mis padres llegó hasta la mitad del bachillerato, así que los recursos con los que yo contaba desde niño eran limitados, no sólo en relación al capital financiero, sino también al cultural. Que no se me malentienda: la última palabra con la que me referiría a mis padres es aquella que empieza con “i” y termina en “gnorante”. Muestra de su apertura intelectual fue ese gesto que tuvo mi madre al incentivar la creatividad que veía en mí desde temprana edad, y he de reconocer que mi padre fue el responsable de explotar mi afición por dibujar.

¿Qué puede hacer una persona medianamente razonable para salir de ese hueco en la escala social de un país en vías de desarrollo? Por supuesto, considerar estudiar una licenciatura en artes parece ser la última opción en la lista de prioridades vocacionales, pero para mí y para mis padres, resultó ser no sólo la primera, sino la única.

A mitad de mis estudios universitarios ―y quizás adoptando un poco de ese reduccionismo que he criticado antes―, me doy cuenta de que el mundo convencional del arte contemporáneo no está hecho de gente como yo. Los artistas de renombre tienen un apellido y un título universitario en otro idioma, y crean obras que, en su mayoría, sólo son compradas por coleccionistas con las mismas cualidades identitarias. Yo tenía un gusto mayor
por los libros con imágenes e historias. ¿Qué estaba haciendo en medio de un performance que realmente no me interesaba? Finalmente, en mi paso por las múltiples disciplinas del arte contemporáneo ―las cuales nunca he terminado de entender―, regresé con mi primer amor: el dibujo. Y no cualquier tipo de dibujo, pues en ese momento de mi vida fue cuando descubrí el término “ilustrador editorial”, para el que me permito hacer una breve y muy personal definición:

Dígase de toda aquella persona dedicada a captar la idea central de un texto para convertirla en una imagen, que juega con los íconos y símbolos ya existentes del conocimiento colectivo y los acomoda a su gusto y criterio, generando una síntesis que se sale del universo escrito, pero que, si se hace bien, convive con él de una manera armoniosa.

¡Eureka! ¡Voilà! ¡He aquí! O como usted quiera interpretarlo. Encontré en mi naturaleza una vocación.

No hace falta mencionar mi nula formación en ciencias, economía o alguna otra disciplina más o menos rígida del conocimiento humano; sin embargo, en mi acercamiento más bien orillado hacia las humanidades, hacia el aspecto flexible del complejo término conocido como “cultura”, supuse que podría entender y reinterpretar con mayor facilidad textos relacionados con este otro tipo de pensamiento. No hace falta especificar que usted está leyendo este texto en un portal cuyo objetivo es divulgar escritos de esta índole, y que, además, ha sido uno de los primeros proyectos profesionales donde he tenido la oportunidad de colaborar de manera constante con mi trabajo. Y, con una disculpa anticipada, me dejo hacer una regresión abrupta en mi argumento: si algo comparten mis padres con revistas como ésta, es que funcionan como un ente estimulador para la creatividad. Ambos guardan un respeto profundo hacia las ideas, con una confianza ―casi diría seguridad― de la pertinencia que tienen en el mundo.

Me llevo mi naturaleza a otro lado, en aras de encontrarme con un espacio donde pueda gozar de la misma libertad y respeto hacia mi creatividad como el que me encontré aquí, en Primera Página.


Autor: Darío Cortizo Morelia (Michoacán, México, 1999). Estudió la licenciatura en Arte y Diseño en la Universidad Nacional Autónoma de México. Desde 2020 ha trabajado como ilustrador y caricaturista en revistas literarias. Sus principales temas de interés son el absurdo y el subjetivismo.