Categoría: Letras

Un panorama de amplio espectro en torno al fenómeno de la palabra escrita

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Bingo, el payaso – Cuento de Amado Salazar

—¡Daaaamas y caballeros! ¡Ésta es la primeeera llamadaaa! ¡Primeeeera llamadaaa! —resonó por las bocinas la voz afelpada del maestro de ceremonias.

En su remolque destartalado, Carlos oyó el anuncio y revisó su reloj: apenas le quedaba tiempo para arreglarse. Desganado, se levantó de su catre oxidado y buscó su rostro en el espejo. Su reflejo lo tomó desprevenido: no se reconoció a sí mismo, a esa maraña de arrugas que lo miraba al otro lado, como desaprobándolo, desde la severidad de sus ojeras.

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La siesta – Microrrelato de Hugo Jesús Mion

Don Pablo dormitaba en la mecedora, instalada bajo el amplio alero de la vieja casona. Por la galería corría un poco de aire fresco, que resultaba agradable, para contrarrestar los efectos de la tarde veraniega. La calma, obligada por la intensidad del sol, se había adueñado del jardín y sólo podía oírse un vago rumor de hojas y algún insecto, que trajinaba a la sombra de los arbustos.

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Una carta de amor y denuncia

A María Ayala, la que baila en el paraíso
A Pedro y Vale, porque me hubiera gustado ser su estudiante

En mi primer día de la carrera, un profesor hizo que quienes eran o querían ser escritores se levantaran. Algunos con timidez, otros con orgullo, se pararon, intentando reconocerse entre sí. Esas miradas cómplices se volverían ojos vidriosos cuando el profesor, con un tono burlón, dijo que en la carrera de Letras no se formaban escritores. Que lo único que se aprenderíamos era a ser lectores profesionales y nada más.

Pensé que había sido muy grosero el gesto de pedir que se pararan, pero no cuestioné lo que acababa de decir. Al fin y al cabo, el maestro era él y no yo. Me sentí aliviada por no haberme parado. Yo no quería ser escritora. Entré a Letras porque quería ser maestra. Siempre quise ser maestra, o por lo menos desde los quince años.

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Agnosia – Poemas de Guillermo Arbona

Que me lleve

Porque la vida se me va a ir,
cuando ya sea menos,
y no recuerde leer,
y no recuerde escribir
miraré el cielo,
con sus estrellas y sus nubes
y lloraré sin saber el por qué lloro,
y algo dentro
me señalará con su dedo acusatorio
sin saber
todo el tiempo que perdí
leyendo todos los libros
que olvidé
y todos los cielos
que dejé pasar
para más tarde,
y la muerte vendrá
y seré yo el que le suplique
que me lleve
con ella.

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Erosión – Poema de Emmanuel Santana

Como una flor que se marchita
por el tiempo que la desgasta;
como un arpón que debilita
a una criatura con piel vasta;
como un árbol que la edad seca
con la vejez y su calor;
como arma con la que se peca
y no se usa más por pudor.
Alejado más cada día
de la amarga miel de la vida,
que antes tanto yo quería
y que ahora de mí se olvida
al arrugar mis firmes manos,
al decolorar mis cabellos,
al oxidar mis dientes sanos
que antes blancos lucían tan bellos.
Cada vez más cerca estoy
de hacer de mi cuerpo un baldío,
ése es mi futuro, allá voy,
mi destino nunca fue mío.
El reloj no da tregua, corro
por alcanzar un solo segundo
que me robó el astuto zorro
gordo y redondo como el mundo;
nada obtengo, ni una migaja
queda de la persecución
a la más valiosa alhaja
y me hundo en la consternación.
Por cualquier cosa envejezco:
si como, si duermo, si vivo,
si río más viejo parezco
y con ninguna acción revivo.
Por más que del inevitable
tiempo huya, él viene a recordarme
con su muda voz nada afable
que está más cerca de abrasarme.