Etiqueta: Literatura Mexicana

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Fronteras literarias

Cuando no hay fronteras, me las traen. Aunque no quiera.

Max Aub, Enero en Cuba

¿Podemos establecer límites arbitrarios que permitan diferenciar un concepto de otro? ¿Es posible dividir las cosas? La practicidad a la que nos ha condenado el modo de vida occidental nos hace creer que el espacio físico en donde nacemos, crecemos y morimos es el primero en estar delimitado por líneas imaginarias que el Estado, como ente todopoderoso, estableció. Sin embargo, el concepto de frontera no sólo puede ser usado en favor de intereses nacionales; las artes y las humanidades han conseguido trascender las expresiones sociales para colocar al concepto fuera de los confines mundanos. Una frontera, entonces, no es un lugar, sino el proceso a través del cual una cosa deja de ser lo que es para convertirse en una completamente distinta. Aquí un recuento de tres fronteras en la literatura que fueron exploradas excepcionalmente por varios autores.

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Escribir con las amigas

Había escuchado de Julia muchas veces en la Facultad pero jamás había tenido la oportunidad de cruzármela de frente hasta que compartimos la clase de Historiografía. Sin embargo, me sentía intimidada por la admiración que siempre he profesado a la manera en la que ha vivido el feminismo y su brillante análisis literario. Así que hablamos muy pocas veces hasta que el último día nos quedamos a platicar una hora después de que la maestra nos dejó plantadas.

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Escritoras y premios

La literatura de Rosario Castellanos ha sido una constante en todos los momentos de mi vida. Durante mi adolescencia memoricé sus poemas y pegué fotos suyas en mi recámara. Todo ese tiempo creí que la razón por la que los festivales llevaban su nombre y se abrían centros culturales y premios en su memoria eran exclusivamente por la calidad de su propuesta literaria. Mucho tiempo después, ya en la Facultad de Filosofía y Letras (con la que muchas de las escritoras mexicanas más famosas mantuvieron relación), descubrí el triple mérito de su escritura: no sólo había creado una obra prolífica, sino que cada novela, cuento, ensayo o poema es una pieza de gran profundidad tanto filosófica como de experiencia de vida, además, logró abrirse paso en la Academia y consolidarse como una autoridad en cuanto a literatura se refiere.

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Las libretas de Esteban - Aimeé Cervantes

“Las libretas de Esteban”: Declaración de amor a la literatura

Ilustración de Aimeé Cervantes Flores

[…] renunciar al camino de la escritura […] al final del día, era renunciar a mí mismo. Por ello fue después de un sueño que retomé la pluma. Porque necesitaba ahondar en lo más profundo de mí. La pluma se convirtió en el único puente para negociar con los demonios que me habitan. Y si digo negociar es porque estoy convencido de que esos demonios no se irán a ningún lado. Hay que aprender a vivir con ellos, dirigir su energía.

PABLO MARTÍNEZ-ZÁRATE, LAS LIBRETAS DE ESTEBAN

Empezar una novela con un sueño es un recurso que desaconseja cualquier manual para los aspirantes a escritor. Por eso, al abrir Las libretas de Esteban (2015, Pablo Martínez-Zárate), cuya acción arranca a partir del sueño de su protagonista, uno podría mostrarse escéptico. Sin embargo, Martínez-Zárate triunfa con esta propuesta, que anticipa la naturaleza casi onírica del resto del relato.

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Cuatro poetAs

Si un estudiante extranjero de español al que le han dicho que en nuestra lengua todas las palabras que terminan con –a designan a sustantivos femeninos, ¿qué hace con la palabra poeta? ¿Qué artículo se le asigna sin mayor contexto? ¿La poeta, el poeta? Poēta, en latín, era una palabra de género gramatical masculino. Sin embargo, pertenecía a la primera declinación que incluía, casi en su totalidad, a sustantivos de género gramatical femenino. Era, como se enseña en las clases de latín, una excepción. Y, por mucho tiempo, las mujeres escritoras de poesía fueron una excepción y un caso peculiar pues, sus versos no eran considerados dignos de entrar a la historia de la literatura dado que se creía eran únicamente dedicados a los sentimientos y las pasiones. Así, muy pocas mujeres consiguieron un lugar en el canon literario y por ello, hoy tenemos pocos registros de la expresión poética femenina de muchos siglos. No hace falta más que una simple búsqueda en Google para comprobarlo: si se busca “Poetas mexicanas” aparece una larga lista de poetas varones en la que solo se logran colar Sor Juana Inés de la Cruz y Rosario Castellanos. Pero, si cambiamos a “Poetisas” los resultados son diferentes.

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Cenar con los muertos

Para todos los muertos y las muertas,

que aún no regresan a casa.

Para mi tito Fino,

 y todos los míos.

Bienvenidos.

Una vez leí un artículo, no recuerdo si en National Geographic o en otro lado, en el que un extranjero contaba su experiencia viviendo el Día de Muertos mexicano. Decía que no concebía cómo comíamos pequeños cráneos de dulce y llenábamos las calles de papel colorido con esqueletos. Se le hacía extraño que la muerte no estuviera ligada con el horror, con la tristeza, con el llanto, sino con la fiesta, el jolgorio y la comida.

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Mujeres e independencia: más allá de Vicario y La Corregidora

Quizá fui muy ambiciosa con el título y usted, amable lectora, esperaba encontrar una larga enumeración de al menos una decena de mujeres escritoras de inicios del siglo XIX, además de una revisión minuciosa de su obra y un análisis profundo que tratara de desatar los entramados de su construcción retórica.

Sin embargo, esta vez no tengo una lista llena de nombres de mujeres con una biografía envidiable y mucho menos un conjunto interminable de textos amontonados sino todo lo contrario, esta vez sólo tengo un texto. Uno sólo hecho por muchas mujeres. O al menos busca representar la voz de muchas.

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Mujeres, ¡a la cocina! (V) – Las migajas

El reflejo difuso en el mosaico blanco. El incesante tintineo de las ollas, sartenes y cucharones. Cuchillos, sangre, frío. Las cocinas pueden llegar a ser tan atemorizantes como una morgue. ¿Qué muere en todas las cocinas? ¿Sólo las extrañas criaturas que nos narró Amparo Dávila? ¿O también un poco de nosotras mismas como contaba Rosario Castellanos?