Etiqueta: Literatura Mexicana

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No recuerdo cuántas fueron – Cuento de Ailton Téllez Campos

La señora Martínez, casera del edificio, había entrado a mi departamento, ya que el olor a carne echada a perder que salía por debajo de la puerta la obligó a reclamarme, aunque se llevó la sorpresa de que todo se encontraba en orden. Sin embargo, mi aparente ausencia y el penetrante olor que había alrededor no la detuvieron para ahondar por cada rincón de la sala.

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Procedimiento íntimo para escalar una piedra – Relato de Melissa Tarabay

Ilustración de Regina Ulloa

Pierre qui roule, n’amasse pas mousse.[1]

Pedro. Del latín Petrus, viene del griego Petros que significa “piedra”. 

Noto el tiempo pasar cada vez que me asomo a la enorme piedra del jardín, y la observo llenarse de moho paulatinamente. Primero veo nacer una ligera mancha desde el rincón que sostiene su enorme peso. No he contado cuántas mañanas han pasado, sólo sé que el rocío matutino alimenta el fino camino de moho. Después de tres semanas, el costado derecho de la piedra está adherido a una mancha llena de vida. 

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La meta – Cuento de Rodolfo Ruiz Vázquez

Alcanzó la azotea aupándose a un papalote que un niño echó a volar. Desde la cornisa, observó a las multitides desplazándose a un ritmo trepidante por la calzada. Quienes hasta entonces Chela viera teratológicos se habían convertido en seres diminutos aglomerados en una marabunta que corría veloz entre las dos bandas de edificios, a la manera de un río al fondo de un cañón. La diversidad cromática de los atuendos en continuo flujo le recordó las aguas contaminadas de aceite, tornasoladas en la superficie, que con frecuencia bajaban por las cunetas de la ciudad, y que para ella representaban caudalosos e insalvables torrentes. Separada de la marabunta por vallas de metal, sobre la banqueta efervescía un caldo de pañuelos, banderines y palmas batientes, el cual, sin embargo, se mantenía fijo al mismo punto.

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La muerta de la colonia Portales – Cuento de Joan Malinalli

El cuerpo de Minerva permanecía quieto en la orilla de la cama. Dos mujeres, confusas y trastabilladas, le sobaban el pecho y las manos, mientras otras dos corrían sin rumbo aparente alrededor de la casa. Buscaban un médico en los rescoldos del invierno, entre los montones de objetos antiguos. Telefoneaban, se nublaban, aullaban en silencio. No fue sino hasta que todo hubo terminado que una de ellas pudo al fin salir en busca de auxilio. Era tarde, o tal vez muy temprano. Eran quizá el cielo azul y sus nubes los que condicionaban el tiempo. La mujer entró en la habitación y escuchó un latido ilusorio debajo del metal redondo y frío. Entonces, pronunció las palabras y la más joven saltó desquiciada sobre el cuerpo, volviéndose de mar turbio como una pintura de Turner. Las otras la detuvieron, serenas, en sosiego, y ella se contuvo apretando el vacío con los dientes menguantes. 

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Cauces – Poemas de Dante Vázquez M.

Sala

Conduce el río al caimán. Es cierto, pero corriente arriba, 
sería peor; conduciría a los dioses que crearon al caimán. 

Eduardo Lizalde

I

A mediodía el sol reposa sonriente
en el sofá arlequín.
El invierno también trae consigo calor: 
uno a uno van llegando, 
en silencio o a carcajadas, 
los monosílabos de la familia. 
Un yo es un tú en un él,
que se multiplica en un ellas, 
y en un nosotros y en un ustedes, 
en el centro cristalino de la mesa 
sobre la alfombra avellana.

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Personificaciones – Poemas de Edwin Efraín Maldonado Díaz

Justificación de mi mala suerte

la suerte se sienta
con sus dos caras probables
fumando y murmurando uno que otro prejuicio
qué poco elegante el que va de tenis
ha de traer pisando también el corazón
no está de moda llevar la nostalgia en un collar
ni los gustos grises de la ropa
quiere disimular cuando la miro
jugar a que no me atraviesa
los huesos
a que no vislumbra 
en mí
una casa embrujada 
por la apatía
fuma y desvía la mirada
escupe [por escupir]
tremendas bocanadas de humo
con voz ronca dice nada
aunque intenta
[políticamente]
decir un perdón

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Frankie, no veas dentro del sombrero – Cuento de Alenka Ríos y Yair Hernández

Antes de conocer a Don David, yo tenía una vida normal. Me dicen Frankie y nunca me gustaron los trucos con cartas. Tampoco mi nombre, Francisco, por eso utilizaba el apodo que me puso mi mejor amiga. Era un mago callejero, aunque antes de eso trabajaba en fiestas, pero el primer día que hice trucos en la calle gané más dinero y me la pasé mejor que en una de esas jornadas frente a niños dispersos y groseros.

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Cocina – Poemas de Dante Vázquez M.

Vivimos en un mundo material, y sólo somos capaces 
de comprender lo que se ofrece visiblemente a nuestros sentidos. 

Stefan Zweig

I

Sus letras 
simbolizan la nostalgia 
del café de olla 
que preparaba la abuela, 
la seguridad 
del plato de frijoles negros
en la mesa, 
la alegría de nuestra madre
al enseñarnos
a freír un huevo en el sartén. 

Condimentar la vida se aprende. 
Oler el paso del tiempo se hereda. 
Capear la tristeza se aprende.
Inventar la lista del yo se hereda.  
Nosotros sazonamos los días.  
Adobar la voz interior nutre el ser.

La chispa de los rituales aviva 
fuego del corazón de toda historia. 

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Musa – Cuento de Tania Yareli Rocha Hernández

Voy por un sendero añoso y polvoriento que da a la catedral. Está a un par de kilómetros de mi casa. Me agrada ir a tocar por las tardes porque la acústica es buena y, como está abandonada, me siento a mis anchas. Un rato después termino en el antiguo recinto de ladrillos grisáceos. Me gustan las siluetas angelicales esculpidas en sus muros.