Autor: Martha Vidal-Guirao

De Barcelona, España. Escritora y actriz en potencia; a la espera de sacar un best seller, escribo sobre cine y mujeres.
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La sonrisa de Bogart y la “nueva masculinidad”

Hasta ahora, se han discutido los arquetipos femeninos principales de la historia del cine: la flapper, la femme fatale, la villana, la embarazada. Ya se ha visto que, en un mundo escrito por hombres, la representación de la mujer se vio afectada, ofreciendo una visión distorsionada de la realidad femenina. Ahora bien, a pesar de contar con una mayor variedad de personajes, los hombres también se vieron reducidos a meros estereotipos. Quizá el más significativo de ellos es el del hombre viril e insensible, el que jamás llora. Esta idea ha condicionado la visión de la masculinidad hasta hoy.

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El día que Lucy se quedó embarazada

En esta columna se ha hablado mucho sobre figuras femeninas transgresoras que se negaron a aceptar el papel que les había reservado la sociedad: casarse y tener hijos. Condenadas a vivir en las sombras durante la época del estricto Código Hays, con el cual se pretendía volver a los ideales tradicionales estadounidenses, poco a poco ganaron su lugar en el cine moderno. Pero aquellos que se salían del statu quo no fueron las únicas víctimas de la censura. Aunque las películas hechas durante el Código remarcan la importancia de formar una familia, en ningún caso muestran el proceso previo. Y no es el sexo lo que censuraron (nunca mostrado de manera explícita, pero sí insinuado), sino del embarazo, considerado tabú en el Hollywood clásico.

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Ellas, las villanas

Amy Dunne, antagonista de Perdida (David Fincher, 2014), es una de las villanas más interesantes y polémicas de los últimos años. Tras su estreno, los medios no se ponían de acuerdo. ¿Debía ser considerada una figura empoderadora? ¿O era, al contrario, un personaje escrito desde la más profunda misoginia? “Una de las películas más feministas del año”, decía Forbes. “Amy Dunne no es feminista”, advertía en cambio The Observer. Tales reacciones no son más que una muestra de la incomodidad de la sociedad ante la idea de una antagonista femenina fuerte, pues estas son tan raras que no sabemos qué hacer con ellas. Más allá de las etiquetas feminista-misógino, han sido relegadas a un segundo plano, destacando únicamente su condición de mujer.

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Hablemos de moda

Gilda, Lo que el viento se llevó, El Mago de Oz. Cuando pensamos en estos tres títulos, nos vienen varias ideas a la cabeza: su condición de clásicos, su reparto estelar… o su vestuario icónico. Ahora bien, a pesar de contar con conjuntos míticos, ninguna de ellas puede presumir de tener el Oscar a mejor vestuario. ¿Cómo es eso? Pues bien, porque en aquel entonces la categoría aún no había sido creada. El vestuario, ese elemento imprescindible que ha convertido tantas películas en clásicos, no fue reconocido por la Academia hasta el año 1948. Esto no significa que hasta entonces no jugara un papel clave. En este artículo descubriremos un poco más sobre su historia y su relevancia en la creación de una película.

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En el armario

“Quiero estar sola”, dijo Greta Garbo en Grand Hotel (1932, Edmund Goulding). Estas palabras, escritas a medida para el mito de la esfinge sueca, han perdurado en el tiempo como si de una reflexión suya se tratara, y ha contribuido a consolidar su leyenda. En efecto, en el sistema de estudios actor y personaje eran indisolubles. Al convertir a Garbo en una figura enigmática más allá de la pantalla, la fascinación por ella no hizo más que crecer, del mismo modo que los ingresos para la productora. Además, era la tapadera perfecta para esconder las muchas relaciones con mujeres que la estrella mantuvo a lo largo de su vida. Durante el Hollywood clásico, la homosexualidad era mantenida en estricto secreto, y durante muchos años fue censurada en sus películas. La de la Garbo es solo una de las muchas historias.

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Marcada - Aimeé Cervantes

“Una mujer moderna” || Maria Janitschek

Ilustración de Aimeé Cervantes

“Yo me aventuraría a pensar que anónimo, quien escribiera tantos poemas sin firmarlos, fue a menudo una mujer.”, dijo Virginia Woolf. La autora del siguiente poema, Maria Janitschek, como otras tantas, ha quedado relegada al anonimato. No la mencionan en los libros de texto ni figura en los temarios oficiales de literatura. Su vida, más allá de cuatro ideas básicas, es un enigma y su obra no ha sido traducida al español.

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La ¿empoderada? mujer fatal

No hace falta mucho para crear una película de cine negro: un cínico detective, una trama de asesinatos y corrupción… Y, por supuesto, la femme fatale, esa mujer peligrosamente atractiva que llevará al héroe a la desgracia. Lauren Bacall, Mary Astor, Barbara Stanwyck o Lana Turner son algunos de los nombres que nos vienen en la cabeza cuando se menciona este icono, repetido e interpretado hasta nuestros días. A pesar de las numerosas interpretaciones de esta figura, el debate sigue sin respuesta: ¿debemos verla como un icono feminista o más bien como una muestra de la misoginia de su momento?

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¡No tiene gracia!

“Todo es divertido siempre y cuando le esté pasando a otro”. Esta frase de uno de los reyes de la comedia, Will Rogers, resume a la perfección la esencia del género: las desgracias ajenas, bien ejecutadas, siempre han asegurado las risas del público. Por supuesto, las cosas han cambiado un poco desde aquellos primeros gags de fuerte influencia teatral con música clásica de fondo. La introducción del sonido fue todo un punto de inflexión que permitió hacer un humor más sutil y con más matices. Así, a la comedia clásica le aparecieron varios subgéneros, tales como la parodia o la comedia romántica. Ahora bien, por más lejanas que nos puedan parecer las películas de Charles Chaplin o de Buster Keaton, el cine moderno les debe muchísimo, más aún por ser fuente de inspiración para muchas comedias actuales. ¿Por qué acabó la era de la comedia muda? ¿Podríamos afirmar que es, en algunos sentidos, más actual que algunos filmes posteriores? Adentrémonos en la historia de la comedia en Hollywood.

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Metacine: cuando Hollywood habla sobre sí mismo

Del mismo modo que el que quiera aprender sobre literatura deberá leer libros, la tarea del cinéfilo no puede entenderse sin el visionado de películas. En definitiva, por más manuales que se hayan escrito, normalmente las mejores lecciones de cine no requieren siquiera apartar la vista de la pantalla. En los cincuenta, musicales emblemáticos como Cantando bajo la lluvia (1952, Gene Kelly y Stanley Donen) expusieron el problema del paso del cine mudo al sonoro. En la última década, biopics como Hitchcock (2012, Sacha Gervasi) o Trumbo (2015, Jay Roach), o la comedia ¡Salve, César! (2016, Ethan y Joel Coen), han acercado al público actual al sistema de estudios del viejo Hollywood. Y es que, ya desde su nacimiento, el cine ha necesitado hablar sobre cine.