No digas que estoy – Cuento de Diego Meza

Ojos Bellos cayó en cuenta de que los policías no se iban a ir, porque seguían de necios dándole al maldito timbre y entonces no tuvo más remedio que salir a abrir. Los policías lo saludaron y, forzando la vista para leer de una hoja, le preguntaron:

—¿Esta es la residencia del señor Kevin Suarez? ¿Él se encuentra?

—No, señor oficial —respondió Ojos Bellos, pasándose la mano por su calva cabeza y recostando el brazo que tenía cubierto con la manga de tatuajes en el marco de la puerta—, él no se encuentra.

—¡Ése es! ¡Ése es! —gritaba Canelo desde la patrulla, arrestado, manos en la espalda—. ¡Ése es Ojos Bellos!

Entonces, los policías se le fueron encima para capturarlo. Ojos Bellos trató de esquivarlos, agachándose, pero los pacos lo prensaron contra la pared y lo taclearon. Canelo seguía gritando desde el cajón de la patrulla:

—¡Ése es, Kevin! tráiganlo, ¡ése es!

Arriba hacía un celaje de colores degradados, interrumpido por el cablerío infernal. La gente del vecindario no se veía, pero sí estaban viendo todo. Presentes, desde sus persianas, desde sus celosías, y la pobre de Ledita ahora tendría que tragarse los chismes que correrían por haberse visto la policía en su casa.

Lo cierto es que sacaron a Ojos Bellos arrestado, con la espalda encorvada y un suéter cubriéndole la cabeza como si los vecinos no supieran perfectamente que era el sobrino de Ledita.

Tal vez Canelo estuviera hasta la madre de cualquier sustancia, tal vez lo vendió. De Canelo se podía esperar cualquiera de las dos cosas, que lo hiciera consciente o inconscientemente. Pero cuando Ojos Bellos estuvo encaramado en la Hilux de la Fuerza Pública, supo cómo era la vara, porque pudo ver la mirada de Canelo escaparse, como si olvidase que hacía un par de horas apenas estaban en la casa de Débora, que los dejó entrar aprovechando que la mamá no estaba, y Canelo le insistía:

—Ojos Bellos, ¿por qué no le hacés vos?

Entonces Ojos Bellos probó sin ganas, solamente agarró el lapicero, lo bailó por la hoja de papel y a la primera vez le salió un garabato idéntico a la firma de la mamá de Débora. Ya estaba listo.

Canelo con sus pupilas miel dilatadas, así fue como se ganó el apodo. Como siempre, si consumía se achantaba, por eso la madre lo tiró puerta afuera. Craso error de la mamá, porque todo fue para peor, y tiene suerte de no estar viviendo en la calle. Ojos Bellos era distinto, decía que él había educado a su mamá y a su papá —todos sabíamos que era mentira— y aunque no le gustaba que lo vieran consumiendo, sus progenitores sabían que cuando lo hacía trabajaba de todos modos, pensaba y actuaba igual que si no lo hiciera, igual que si anduviera sobrio.

Eran tan distintos. Eran tan amigos. Y se los llevaron a los dos presos. ¿Para dónde se los llevarían? es sabido de todo el mundo que los pacos a veces tienen métodos bastante ruines, como montar a un par de prójimos a la patrulla, llevárselos bien lejos al monte donde nadie los vea y, allá en su soledad maldita, meterles su buena paliza. Quedan todos hechos mierda, después de haber recibido, indefensos, macanazos, patadas de botas de combate, amenazas de que se los van a cagar a balazos a ver si son tan machos como dicen, pichazos de esos que sólo los saben dar los entrenados en krav maga. Y entonces los pacos los dejan tirados, heridos, no valiendo una mierda, y se largan en su patrulla. O a veces, incluso, tienen la gentileza de dejarlos tirados en los barrios duros, donde sólo se entra si es del barrio, y
entonces los terminan asaltando porque están metidos donde nadie los conoce, donde la pobreza roe las buenas voluntades y la necesidad es más pesada para la panza que todo el peso de la ley.

Yo me refiero a estos chavalos en masculino porque en los barrios donde crecimos, es casi como un deber ser uno de esos gallos de pelea, para los hombres, me refiero. Para las mujeres hay otras cosas que se esperan. Pero si Canelo está presente es mejor no tocar este tema, porque a él no le gusta que se hable de las cosas que se esperan de los hombres ni mucho menos de cómo les vaya en la vida. Sólo sé que Ojos Bellos intentó verlo a la cara y él se retiró, huyó, esquivó, prefirió parpadear y perder su mirada en el vidrio de la ventana, su mirada solitaria y sobria.

El cielo se oscureció entre los cables, la patrulla arrancó su motor y se largó levantando tierra por el camino, de lastre a pesar de que estaban a tan pocas cuadras del centro de la ciudad. Sólo cuando vuelvan, podré preguntarles. Sólo hay que tener fe en que volverán, sí, que volverán a contarnos a dónde los llevaron.


Autor: Diego Meza Marrero (Cartago, Costa Rica, 1996). Colaborador del periódico provincial Cartago Al Día y estudiante de Historia en la Universidad de Costa Rica. Durante sus primeros años se incorporó activamente en el movimiento estudiantil de dicha universidad. En 2020 obtuvo la primera mención especial en el Certamen Centroamérica Cuenta por «Sin miedo». Sus cuentos se han publicado en Carátula, Casapaís, Oropel y Primera Página.

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