Olvidar lo suficiente sin dejar que la desmemoria nos venza – Ensayo de Pedro A. López

Hace unos días desperté sin grandes ánimos ni demasiada ilusión. Intenté seguir con mi investigación acerca de 2666 y su relación con la obra periodística de Sergio González Rodríguez, pero después empecé a leer —como consecuencia del hartazgo hacia mi tema de tesis— el último libro de Alejandro Zambra, Literatura infantil. Había leído ya las primeras páginas de ese compendio de ficciones (y autoficciones) un par de meses atrás. Recuerdo haber sido incapaz en ese momento de aguantar la caída de algunas lágrimas. De hecho, mi mejor amigo tuvo una experiencia similar semanas después y, en un arranque de emoción idéntico, decidió comprar un ejemplar del texto para que Zambra en persona pudiera firmárselo y escribirle una dedicatoria. 

A diferencia de casi todas las lecturas, esta vez mi emoción abarcaba los extremos de la risa y el llanto. Era como si me fuera totalmente imposible contener en mi cuerpo los efectos de la prosa. Incluso mi gato —con el que ya me disculpé— se asustaba continuamente cuando mis sonidos abruptos interrumpían su tercera siesta de la tarde. Sentí un gozo supremo al subrayar —sin ningún tipo de culpa— las páginas de mi ejemplar. Encontré muchos pasajes que me hicieron pensar, al menos durante los minutos que pude dedicar a la lectura, que el mundo no sólo está lleno de canallas y que no todos los fans de Radiohead son personas tristes. 

La amargura automatizada usualmente me ha llevado a desestimar la potencia del lenguaje y, por ende, de todas las manifestaciones del arte. Al final, me he hundido en la aspereza de un de cinismo perene cuya única pretensión es denostar como inútiles todos los esfuerzos del espíritu humano por sobreponerse ante las desgracias de su condición, así como desestimar los proyectos que surgen por la necesidad de hacer de su experiencia algo más rico, complejo o divertido.

A pesar de esa tendencia tan agria, en los últimos meses me he llegado a considerar un fiel creyente de que, de una manera u otra, todas las facetas de la experiencia deben ser nombradas. Sin un lenguaje que nos ayude a alumbrar algunas secciones del camino, estamos irremediablemente condenados a andar siempre a ciegas. Incluso del gigantesco vocabulario del horror y la pérdida hemos podido aprender lo suficiente para “no dejar que la desmemoria gane” —como dice Diego Enrique Osorno en consonancia con los cientos miles de mexicanos que temen a la propagación de una bruma silenciosa. Escribir y escribirse hace visible la ruta de un trayecto, aun en desiertos y pueblos fantasma.

Así, las palabras de Zambra me llevan a reconocer otras tramas de la vida como la belleza de la ingenuidad y la intrépida honestidad. Termino por pensar en mi infancia y las infancias de mis padres. Me estremece considerar todo lo que nos dolió y lo que nos hizo falta; en lo que gozamos y lo que nos hizo reír. Trato de imaginar (o recordar) los minutos de esplendor que se resistieron a ser opacados por el miedo. Me enternezco con una nueva idea de futuro, porque se abre otro camino dentro de mí. 

Aun así, entiendo que es sólo un acercamiento a la realidad. Literatura infantil no es una obra de gran amplitud, ni que profundice en los temas más acuciantes de nuestra actualidad. En sus páginas quedan reducidas la indignación, la rabia y el reventado sentimiento de la desesperanza. Por lo mismo, quizás haya personas que no encontrarán ninguna gracia en el juego literario del escritor chileno. No encontrarán tan tiernas sus palabras ni sus esfuerzos por intervenir en el desarrollo de su propia condición masculina y paterna. Al final, habrá quienes resuelvan leer o escribir acerca de temas con mayor importancia. 

Para algunxs, olvidar no es tarea fácil —a veces ni siquiera alcanzable. Mucho menos cuando el dolor se instala en cada página del calendario, en cada gesto del rostro y en todas las palabras que, por más apariencia luminosa que tengan, no dejan de estar hilvanadas por la pena, la incertidumbre y el rencor. En una realidad tan atroz, las indignaciones deberían ser más largas y nuestras celebraciones deberían conceder menos ante el empobrecimiento tan grande que hay en los motivos para festejar. 

Es por eso por lo que la memoria ocupa siempre un espacio tan importante: es la voluntad que nos previene de repetir los errores pasados, pero también podría convertirse en un fardo que nos impida avanzar hacia otros lugares. Por su lado, el olvido nos condena a tropezar con el mismo guijarro, pero también nos permite volver a caminar sin tanto temor.

No cerrarse ante las posibilidades del lenguaje y la experiencia podría constituir una de las rutas que nos puedan guiar hacia algo distinto además de la repetición cíclica y de la incertidumbre. Será importante seguir nombrando a quienes operan y lucran con la gran maquinaria de podredumbre y muerte. Aun así, no podemos perder la desfachatez para intentar escupirles en la cara y, en la medida de lo posible, seguir haciendo de nuestra existencia algo digno. 

Así como es y será siempre necesario recordar hasta los extremos más funestos de la vida en la Tierra, también lo es pinchar con audacia las burbujas que recubren esa normalidad que es, en el fondo, obscena y abusiva. Burlar al padre autoritario y quemar sus prendas más preciadas en algún juego quizás pueda asemejarse, algún día, a la liberación. De igual manera, lograr olvidarse del miedo y —pasado el dolor— volver a correr, brincar y bailar sin limitaciones absurdas tal vez algún día también pueda ser una de las manifestaciones de la justicia.   

Es pertinente guardar silencio, pero también gritar y reír. Defender el lenguaje y pervertirlo para que emerjan las bestias que tan difícilmente podemos ver frente a frente; ser capaces de olvidar lo suficiente sin dejar que la desmemoria nos venza. Darle espacio a nuestra rabia y a nuestra diversión, porque —al final— jugar es rasgar la piel inmunda de una bestia para no olvidar que podemos seguir siendo héroes y que podemos seguir siendo niñxs.


Autor: Pedro A. López (Ciudad de México, 2001). Estudiante de Lengua y Literaturas Hispánicas, ha escrito en la publicación M68: Tinta de la memoria editado por la UNAM en colaboración con Universo de Letras. Actualmente desarrolla un proyecto independiente de periodismo de investigación en el canal de YouTube La nota negra en el que explora distintos capítulos polémicos de la vida política del oriente de la Ciudad de México y su periferia. Tiene un gato llamado Fellini y en sus ratos libres hace canciones que —según él— son para librar a las plantas de todo tipo de ideas suicidas.

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