Etiqueta: Literatura colombiana

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De estruendos a rumores – Microrrelatos de Baltasar Botavara

Siloé

Eso fue la noche del primer lunes. Los muchachos habían salido a las calles a protestar, a esas mismas calles donde aprendieron a caminar y conocieron la vida que les tocó vivir. No estaban haciendo nada malo, sólo pedían lo que pide una juventud olvidada y lo que pedía el país por esos días: oportunidades, educación, trabajo, paz, esas cosas. 

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Todo un pordiosero – Cuento de Rusvelt Nivia Castellanos

Es verdad, no se lo puedo ocultar a nadie: yo vivo en la puta calle, vivo en la perra miseria. Llevo más de siete años de estar sufriendo en este aquietado pueblo de Murimá. Escasamente tengo el vicio del bazuco que se me queda aplastado contra la cara. Por eso, por esto duro, me ha tocado tragar hasta gallinas podridas. Así de mal. No soy sino un pordiosero, quizá un poco culpable de las faltas que antes de chanda cometí. Ya por cierto experimento los rudos tiempos de la vejez mientras sigo sin una tumba en donde no puedo acabar de morirme. De estos restos me mantengo vestido con un traje gris. Así que me sé sucio y mártir. Pero no puedo quejarme de esta penuria mía. Me resulta clara toda la inopia íntima, que admito por esta perdición individualista. En sí, me soporto las ofensas de la gentuza callejera porque sé que he cometido muchas perversiones, desde cuando comencé con los desvaríos de mi juventud, ahora más que pérdida. Y es bueno confesarlo como es prudente aceptarlo; sin querer buscar las evasivas, estoy abatido.

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Por las tardes – Poemas de Juan David Cárdenas

Al abuelo

En un alma vieja
sólo emerge la ausencia,
decía papá señor.
Ahora yo soy el abuelo,
o abuelito,
en los cada vez más frecuentes
días de parqués,
acaloradas tardes de dados musicales
con arepa y guarapo
como cuando era pobreza,
porque le cuento,
ahora soy rico,
ya no hay tanta guerra,
puedo comer
bien fritico
y con buena salecita
la papita en paz.

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Prosas líricas || Poemas de Jennifer García Acevedo

Sobre un cuadro de Caspar David Friedrich

Un barco se multiplica frente a nuestros ojos, de sus velas penden las espadas que aniquilarán a los hombres. Ningún ángel podrá salvarlos ahora que los animales duermen lejos y el paisaje se revela en una caligrafía extraña. Caminan hacia él impulsados por un gesto ciego, extraen la sal de la ola para cubrir su herida, mientras la tarde se cierra y la sangre fluye hacia otros lugares. Nadie es lo suficientemente viejo para morir o lo suficientemente joven para salvarse. En todos se revela la sombra y la intemperie. Ahí surge el misterio, bajo los signos secretos del aire, en el vértigo que no distingue de nombres, en la universalidad de la muerte y de la luz. Aquellos que vagan por la vida como por una estancia del sueño comienzan a desconocer su destino, observan el incendio en el río y no temen, escuchan el canto de los ahogados, tocan las puntas de las lanzas, y cuando el asesino señala con su rifle, cierran los ojos y esperan. Eso que los lleva a su descenso, los acerca también al origen, en el que extraviados, con la plena ignorancia del mundo, se arrojan al mar y ven sus manos salir a la superficie. A diferencia de ellos, poco puede decirse de los que conocen la inmolación y la niegan, esos que nunca aprendieron de la mosca y su fugacidad o recibieron con humildad los estragos del invierno, para ellos la muerte es una casa lejana, repleta de huéspedes y campanarios, donde nadie más debe entrar. Al final del día no hay que insistir en la permanencia y esconderse. La tierra siempre abre su pecho para encontrarnos.