El niño y el diablo – Cuento de Carlos Mario Mejía Suárez

Su alcoba estaba en el centro del pasillo. Salió de ella a paso lento. A su derecha estaba la puerta de la habitación de sus padres y a su izquierda la de sus hermanas. Todo estaba oscuro. Frente a sí, sin embargo, vio una llama amarilla ardiendo fuera de la ventana, en la distancia, en la cima de una estructura metálica. Era como una corona solar y amarilla para la noche plateada. Esa corona hacía un cuadrado de claridad en el piso del corredor. Tras una breve inspección comprobó que no había nadie ni en la habitación de sus padres, ni en la pieza de sus hermanas. Había visto las pesadas cortinas verdes con las que su madre resguardaba la siesta matutina de las claridades del día. La caja de madera donde su padre guardaba un máquina de afeitar descansaba en una mesita de noche y brillaba intermitentemente con el número doce y dos ceros que el reloj despertador marcaba. Vio el neceser a los pies de la cama doble. Cerró la puerta. Luego fue a la habitación de sus hermanas y vio el mueble rosado donde ellas habían puesto una variopinta fauna de osos de felpa, barbies, gatitos paralizados, perritos con la lengua afuera y bebés con la boquita perpetuamente abierta, a la espera de un tetero de agua. Cerró la puerta. Desde el final del pasillo vio cómo la extensión de esa distancia caía en el abismo negro de la pantalla del televisor, puesto al otro extremo del pasillo frente a dos mecedoras. Dejó atrás las sillas y mecedoras dispuestas frente al aparato cuando, tras el constante zumbar de los aires acondicionados, escuchó un motor que se había encendido en el primer piso. Unos pasitos duros y como de piedra comenzaron a oírse al mismo tiempo. Desde la baranda del segundo piso vio la oscuridad del primero y el claroscuro del rellano de las escaleras. Tuvo la certeza de que tanto el sonido del motor como los pasitos venían del primer piso. Como se sabe al soñar que hay una prehistoria al momento que se sueña, así supo él que su familia estaba en el carro y que se disponía a arrancar y que los pasitos resultaban de algo o alguien que lo quería solo allí en esa casa prestada. Corrió escaleras abajo casi resbalándose en el rellano. Alcanzado el primer piso tomó dirección a la izquierda y allí abrió la puerta que daba paso al garaje donde el único rastro de su familia era el olor a combustible quemado después de ser desalojado por el escape del carro. Atravesó el garaje corriendo para seguir la estela de humo que el carro había dejado. Escuchó entonces una respiración que parecía reírse a sus espaldas. Abrió los ojos queriendo despertarse, pero sólo lograba sumergirse más y más en esa presencia que respiraba cómicamente a sus espaldas con un gozo perverso. No sólo era indiferente sino que se entretenía con su abandono.

Con los ojos aún muy abiertos se dio vuelta mientras anticipaba en su mente la localización de esa presencia cruel y burlona. A medida que la respiración o risita se hacía más audible, comenzó a discernir que la iba a encontrar casi al ras del piso, como un reptil, como una criatura pequeña y esquelética. Estaría llena de elongaciones de sí misma. Sería seguramente ágil; sería ciertamente bufonesca. Terminado el giro vio a un demonio lagartoide que lo miraba desde el piso… Su lomo se movía crispándose y reduciéndose con pesadez, como si hiciera un gran esfuerzo para respirar. Su rostro era todo anguloso y tenía cuernos negros que se proyectaban fuera de la piel roja encendida de su rostro. Su expresión contradecía el dolor que parecía experimentar al respirar… Sonreía con superioridad pues sabía el engaño que guiaba las acciones de aquel niño que lo observaba.

Estás solo ahora, ellos no te quieren y se han ido… sólo te quedo yo.

Él miraba a su nuevo compañero con terror, su rostro estaba echado hacia atrás, casi colapsando la diferencia entre el mentón y el cuello. Sus ojos seguían fijos en el cornudo. Sentía la espina dorsal tiesa y los dientes estaban cerrados como en una mancuerna ósea propia de un efecto post mórtem. Temía hacer cualquier movimiento pues acaso ese ágil cuerpo de miembros elongados y palilludos, facciones angulosas y fría sorna en su mirada, daría un salto repentino sobre él. Comenzó a repetir que estaba solo ahora, completamente solo en esa casa con él.

Negó con la cabeza sin emitir un sonido como respuesta. Y tú sabes quién soy yo… Me conoces en detalle… Yo soy el diablo y soy lo único que te queda. Mientras decía ésto, su cuerpecito de lagarto insectoíde avanzó lentamente como describiendo ondas en la atmósfera del garaje con su dorso, con sus patitas y hasta con el movimiento de las facciones de su rostro.

Él quiso apartarse del diablo, pero se sentía paralizado de horror. Con el rabillo del ojo izquierdo vio la puerta de anjeo por la cual se vislumbraba el patio de ropas y el lavadero de piedra verde en donde solía acompañar a la empleada de la casa. La puerta principal estaba bloqueada por el diablo rojo que seguía repitiendo —como si fuera una negra oración para antes de dormir— que estaba solo y que sólo le quedaba el ardor suyo, demoniaco, como sol ardiendo en la noche a sólo centímetros de su cara, en la vecindad de su casa. Entonces escuchó La Maldita Primavera en la radio como si fuera el rastro de las horas que la empleada pasaba lavando la ropa en el patio con él como único acompañante. Y con la queja y el lamento del carácter transitorio del amor liberó sus piernas del miedo y corrió hacia la puerta de anjeo. Tras él saltó el diablo. Franqueó la puerta cerrándola tras de sí y al darse vuelta vio al pequeño demonio de su casa asiéndose a la malla del anjeo con sus finísimas extremidades mientras su penacho rojo bailaba como si fuera una llama que no se apaga. Las cuatro patitas comenzaron a deshilvanar la malla con la risa aguda de sus uñas en el metal y con la carcajada aniñada de sus dientes dentro de una especie de pico duro. Lo dejó atrás justo cuando el anjeo comenzaba a ceder. Atravesó el patio de ropas corriendo al ritmo de “pasa ligera, la maldita primavera”; pero igual de ágil; no, más ágil aún escuchó que eran los pasitos del diablo. Primero los escuchó por el suelo y luego a la derecha, como si reptara por la pared y, tras un roce por su espalda, a la izquierda, en el extremo del patio, cerca de la ventana de la cocina a la cual entraba él ahora temiendo encontrarse con su presencia burlona. Tropezó con una botella de vidrio, cayó al piso, se dio vuelta, vio al diablo extendiendo su cuerpo como una alargada lagartija con las patas traseras despidiéndose desde el fogón de la estufa. Voló en dirección suya mientras él tomaba en sus manos la botella que había provocado su caída. Interpuso el pico de la botella en el trayecto de vuelo del cuerpo del diablo hacia él y en un golpe de inesperada habilidad la apertura del recipiente se bebió el cuerpo del diablo. Ahora sus patitas comenzaban a rayar desesperadamente el vidrio donde estaba atrapado. Buscaba la jeta de la botella con desesperado afán. Y aún así, en ese desespero, siguió riéndose. No dejó de hacerlo ni siquiera cuando se rindió y se sentó en el fondo, en el culo y le reiteró su soledad una y otra vez. Finalmente salió de la casa llevando la botella en la mano izquierda. La puso en la calle y le dio una patada. La botella bajó rodando la calle mientras él volvía a entrar en la casa, solo.


Autor: Carlos Mario Mejía Suárez (Barrancabermeja, Colombia, 1978). Graduado de la Universidad de Iowa con un doctorado en literatura en el año 2010. Actualmente trabaja como profesor asociado de español en Gustavus Adolphus College en Saint Peter, Minnesota. Ha publicado artículos académicos sobre autores como el mexicano Salvador Novo y los colombianos Laura Restrepo, Alonso Sánchez Baute, Pablo Montoya, Rodrigo Burgos Cantor, Evelio Rosero y Azriel Bibliowicz. Además publicó Escrituras de lo diabólico. Retos de la alteridad en la literatura latinoamericana moderna y posmoderna, acerca del uso de la figura diabólica como mecanismo retórico de control tras el cual se pueden encontrar igualmente estrategias de resistencia. En su obra creativa, Mejía Suárez explora personajes que experimentan en sus vidas, sueños y cuerpos, la emergencia de características consideradas como “raras“ por la sociedad.