Etiqueta: Cuento

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Las lágrimas del Perro || Cuento de Melissa Tarabay

Picar la sal de mar es casi imposible, como salpicar a alguien con las lágrimas de sus cicatrices. El llanto, casi perdido, le grita desde su interior que ejecute alguna acción para poder vaciar aquel contenedor que lleva años intentando, por sí solo, vencer la entrada de cualquier cavidad y orificio que le permita tener algo de oxígeno. Pero no se puede, ninguna lágrima ha podido resbalar de sus mejillas. Se vuelven brisa antes de salir a la luz, difuminándose lentamente como si se avergonzaran de existir.

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El fuego dual || Cuento por Eduardo Viladés

Sonsoles me contó el otro día cómo había transcurrido la última sesión en la consulta de su terapeuta. Me habló de la doble llama que debe darse en toda relación amorosa, requisito indispensable para que esa aventura que se establece entre dos personas crezca y se fortalezca. Mencionó grupos de palabras que hacía mucho tiempo no escuchaba: pasión y empatía, lujuria e ilusión, deseo carnal y escucha, lascivia y entendimiento, concupiscencia y amor desinteresado.

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El héroe misófobo || Cuento de Fernando Vérkell

Ayer recibí una carta: una caligrafía temblorosa y apretada me informó que Molinaro, mi gran amigo de la infancia, murió dos semanas atrás y fue enterrado sin pompa. La noticia me desbarató la mañana; cancelé mis planes berlineses, desconecté el teléfono y me atrincheré en mi habitación. Cuando abrí las ventanas, varias horas más tarde, oscurecía. Triste y descorazonado, encendí un cigarrillo, contemplé la ciudadela, y recordé.

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Sombras en el horizonte || Cuento de Eduardo Viladés

Dicen que el color del mar cambia a medida que lo observas, que adquiere matices distintos que ni siquiera se pueden imaginar en una primera ojeada. Lo mismo pasa con la vida, en una fracción de segundo te lleva de la alegría a la desesperación. Que pase al revés suele ser más complicado.

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La noche de Abel || Cuento de Ismael Benítez Flores

Abel despertó de pronto. Tenía sed.

No encontró su sandalia derecha, así que devolvió la izquierda a la oscuridad. Abandonó la habitación con cautela para no despertar a su madre y atravesó la sala. Abría el cerrojo oxidado cuando recordó el vaso con agua situado en la ofrenda de muertos. Fue hacia él, estuvo a punto de tomarlo, pero sus ojos se toparon con los de su padre, impresos en amarillento papel fotográfico. Le parecieron encendidos, como el emblema policiaco de la gorra que nunca abandonaba; igual que la flama tintineante dispuesta allí, en su memoria. Leyó en ellos una advertencia. Gruñó. No pudo ahorrarse la fatiga de salir.

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Como un bolero - Aimeé Cervantes

“Como un bolero”: La intimidad del relato contado al oído

Como un bolero
Improviso movimientos de ternura,
Mis latidos se confunden con tambores,
Y de pronto de mi alma
Mil requintos se derraman en tu alma
Como un bolero

Los Tres Reyes

Cuando pienso en el abuelo, la primera imagen que viene a mi mente es la de aquel hombre de canas sentado en un sillón con los ojos cerrados, mientras que en la vieja tornamesa un disco de Los Panchos gira incesantemente. A cada vuelta del desgastado ‘elepé’, la aguja del tocadiscos puntea el requinteo que sale de los dedos de Alfredo Gil y, entre una y otra de las canciones, el silencio se rompe por los suspiros del abuelo que, al recordarlos, descuelgan en mí momentos que se parecen a fotografías teñidas por los años y a películas en blanco y negro.

Siempre he creído que los boleros poseen esa esencia de suspiro musical. Como dicen los que saben, un bolero está hecho para bailarse “de cachetito” y para cantarse con un susurro al oído. Pues bien, el libro de Diana Ramírez Luna es justo eso: un bolero literario, un conjunto de “quince relatos y una poesía inesperada”, que se van acercando despacito con el aire inconfundible de un punteo de guitarra y la armonía delicada que entretejen las voces de un trío.

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Un libro para la impureza: Los peces de la amargura

Escúchanos, Señor, protégenos de la maldad
y líbranos de toda mancha del alma

La impureza es, según la segunda acepción de la RAE, la “materia que, en una sustancia, deteriora alguna o algunas de sus cualidades”. Mísera contaminación que irrumpe un estado de perfección. Mezcla, degradación, deterioro. Sustancia indeseable.

Los peces de la amargura, libro de Fernando Aramburu, abre justamente con una emblemática dedicatoria dirigida a la impureza, una frase demoledora que planta cara a una de esas palabras desgastadas por el tiempo, que cargan a cuestas la historia de una cultura y una ideología creyente de las esencias puras y perfectas.

Dedico este libro a la impureza

Fernando aramburu
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Soledad - Aimeé Cervantes

Voces al otro lado de la puerta || Cuento de Javier Garrido

Ilustración de Aimeé Cervantes Flores

Al otro lado de la puerta hay voces.

Termino de despertar de un sueño líquido, sofocante, oblicuo, prodigo en hecatombes y risas desmesuradas, en arrastrar de muchos pies, en muchedumbres sin cara que caminan incansables en círculos cada vez más estrechos. Apenas se borran estas imágenes me agrede la luz sesgada de la luna que penetra a través de un resquicio de la cortina. Esta luz fija acaba por aturdirme y no logro recordar donde estoy.

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Dos maldiciones || Cuento de María Luisa Delfín

Senovia Expósito se arremangó la falda para airearse y profirió dos maldiciones al hilo antes de azotar la puerta. Era un jueves de agosto embadurnado de hastío. Juan Froilán la miró estupefacto. Nunca la había escuchado articular vocablos tan altisonantes y groseros, ni siquiera cuando estuvo a punto de morir arrollada por el camión escolar que había perdido la ruta.