Cuarenta – Cuento de Diego Alexander Alvarado Pacheco

Al levantar la cabeza descubrió la cara rejuvenecida de su padre. Limpió nuevamente el espejo y escupió una amarga saliva. Es usted señor, escuchó a su conciencia. Dejó el cepillo junto a la crema dental, ambos sobre el lavadero. Quiso verse mejor en el espejo, pero se preocupaba de que su mujer pudiera importunarlo. Segundos después, acercó su rostro envejecido muy próximo al cristal y no quiso ver nada más que su mirada cansina. Retornó a su postura inicial, aunque sintió que su dignidad estaba siendo socavada por su reflejo. Ahora notó una mancha blanca sobre el cuello de su piyama. Inclinó su cabeza hacia el lavadero y dudó. Recogió delicadamente la mancha con su dedo índice. La palpó: era liviana y pegajosa. Miró hacia la puerta del baño: no había testigos. Su dedo fue engullido por su boca; saboreó, con incredulidad, aquel rastro dulce de rebeldía.  

 *

Recostado en su cama sin alcanzar el sueño, pensó en música para dormir, una inversión estúpida considerando que su insomnio tenía un oído rítmico. Las sábanas parecían enrollar sus piernas y brazos, dio tres vueltas sobre la almohada sin poder atrapar con su mejilla aquella nulidad de los sentidos. Antes le pareció que sus pies se enfriaban, pero ahora eran su pecho y todo el anillo de su cuello los que transpiraban ansiedad. No imaginaba que su cuerpo pudiera estar en dos estados distintos de temperatura. Quizá no sabía nada del cuerpo humano, ni siquiera de su cuerpo. ¿Qué más no sabía? La fecha en que no sentiría más. Un día su barriga se calmaría y su cuerpo al fin tendría una temperatura homogénea. Echado como se hallaba, junto a su esposa, que nada sentía junto a sus miembros palpitantes. Necesitaba hablarle. Si le contara aquella vez que casi le pegan. Claro, tenía trece años y afuera del colegio se disputaba una riña de locos. Su amigo se iba al suelo sobre otro que respondía con puñetazos en la oreja. ¡Qué mierda pegarle a tu oponente en la oreja! Es una cobardía, casi tan perversa como sujetarle los huevos. Qué pelea para recordar hasta el último de los días. Todos expulsados. Tan fácil perder el Paraíso. ¿Quién cree en el Paraíso? Tu barriga cree…, Isabel.

El hombre durmió.

*

Al despertar, sintió la aspereza en sus mejillas y manos. Quiso alejarse de esta sensación como si estuviera solo en una parte de su almohada. Su lomo tropezó con un brazo rígido, y esta vez la textura despertó su agudeza. No era el brazo de su esposa. Luego otra carencia: su rostro no estaba sobre ninguna almohada. Abrió los ojos y se encontró en un cuarto de piedra, con una luz anaranjada que envolvía las paredes que antes de tener aristas perfectas mostraban curvas primitivas. Se incorporó asustado al reconocer que era de día. Junto a él, el cuerpo de un joven envuelto en una sábana yacía boca arriba. Estaba en un cuarto precario, sobre una cama tan baja que casi rozaba el suelo, encima suyo se encontraba un tragaluz amplio que iluminaba lo que era un cuarto mortuorio. Jarrones rotos y cuchillos filudos rodeaban el lecho. El hombre vivo se levantó aterrado y verificó que sus miembros estuvieran sanos, como si la muerte pudiera pegarse. Miró hacia arriba y vio un cielo sin nubes, con el radiante sol de Medio Oriente. Una puerta diminuta hecha con despojos de troncos y cuerdas impedía que no saliera corriendo. Abrió la puerta y llegó hasta la mitad de la casa. La oscuridad se interrumpía por los ventanales que arrojaban luz. Escuchó voces alejándose por la puerta trasera. Al dar un paso, una anciana vestida con túnica oscura se inclinó ante él, tomó sus manos y le suplicó, en una lengua que jamás había oído, que no se fuera. El hombre vivo le repetía que él no debía estar allí, igual que todos. Su sueño era más real de lo que alguien podía creer. La anciana, débil y sufriente, le ganó en fuerza y lo introdujo nuevamente a ese cuarto donde reposaba el joven muerto. Pensó que luchar contra lo que significaba ella en su cabeza era mejor que salir. La anciana cerró la puerta, pero antes le dejó en un jarrón grande un puñado de harina y en un jarrón pequeño un poco de aceite. El hombre vivo tocó el aceite, lo olió y sintió que su cuerpo ardía por una fiebre repentina. Su cuerpo tambaleó hasta que cayó a los pies de la cama. La enajenación de su mente le hizo renegar de su suerte y maldijo lo que tenía delante de él. Arrodillado y con la cabeza hundida sobre el lecho, empezó a rezar el padrenuestro. Sus manos se aferraban a la manta que ocultaba las piernas del joven muerto. El cuerpo inerte reaccionó, como si el roce con las manos convulsas le despertaran naturalmente, se desperezó y se sentó en su cama. Vio con piedad al hombre vivo. Se acercó a él, se arrodilló sobre la cama y hundió su cabeza debajo de esta. Ahora el hombre vivo tenía el cuerpo en el suelo y la cabeza sobre la cama, y el joven resucitado tenía el cuerpo sobre la cama y la cabeza en el suelo. Juntos rezaban, uno, para que terminara todo, y el otro, para que el profeta partiera a donde debía llegar.

*

El hombre abrió los ojos y se sintió extasiado en la oscuridad de su cuarto. Tenía la cabeza al otro extremo de la cama, colgando, y las piernas recogidas. Lloró por dos horas, con lapsus para recuperar el aliento y calmar a su corazón dichoso.

Como un cocodrilo que retorna al agua, llegó a su cabecera. Suspiró y limpió sus ojos de toda lágrima restante. Sin pensarlo, abrazó a su esposa. Ella sintió su cuerpo, y reconoció un deseo indómito. Cuando el hombre quiso decir su primera palabra tras el hecho más extraordinario de su vida, ella lo interrumpió: ¡No jodas, Elías, ya pasó tu cumpleaños!  


Autor: Diego Alexander Alvarado Pacheco (Lima, 1995). Escritor, guionista y docente. Bachiller de Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha publicado poemas y relatos en diversas antologías digitales e impresas. Prepara su primer libro de cuentos sci-fi titulado Lima, ciudad abierta.

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