La belleza hoy y… simplemente,la Belleza

Sólo los superficiales no juzgan por las apariencias.

OSCAR WILDE

Mucho tiempo me quejé de la superficialidad de los millenials. Si no me hacían caso era, seguramente, porque no soy alto, atlético, guapo, ni rico. No me daba cuenta que el superficial era yo: la sociedad que así se comporta es tan profunda y se toma las cosas tan en serio como los fanáticos religiosos o los seguidores de la ética kantiana.

Su discurso es engañoso: alentados a la estupidez por el discurso de nuestro tiempo, se avergüenzan de su profundo compromiso con la ideología. Según ellos son libres, espontáneos: el amor tradicional es una forma de atarse, de limitar su placer, y a este mundo venimos, a fin de cuentas, a no quedarnos con las ganas de nada, a hacer  todo lo que queramos. Se vuelcan, pues, al placer inmediato y efímero: rinden culto a la imagen, a la riqueza. En este culto radica su profundidad: elevan los grandes senos, los cuadritos en el abdomen, la ropa de marca, a una dignidad metafísica. Ya lo dijo Marx en su análisis de la mercancía: no es el producto en sí lo que deseamos… la mercancía tiene un halo mágico, misterioso, como si se tratara de la famosa escalera de Platón al mundo de las ideas. A través de su consumo superficial de cuerpos y de marcas, buscan acercarse al mundo ideal de la felicidad, el comfort, la omnipotencia y, por supuesto, el placer, elevado a Dios. No son superficiales: no se fijan en la apariencia, sino en la concordancia de la apariencia con los imperativos de nuestra sociedad supuestamente “postideológica”.

Los que somos más simples, buscamos aún la belleza. ¡Qué lejos está su hueco esteticismo de la belleza! Cuando alguien se enamora de un individuo considerado feo, lo contempla hermoso. Pero, aún cuando se enamora de la portada de una revista, ve al modelo como más hermoso de lo que es. La belleza no está en el exterior ni en el interior… la belleza es la percepción física que tenemos de la esencia total de una persona; es el terreno donde el alma y el cuerpo se hacen uno. Puede hallarse en la manera de mover las caderas de una supermodelo o en la manera de bizquear de una chica “impopular”.

Para la psicología, el enamoramiento es el estadio previo al amor y, como tal, lo que impide el amor: hay que romper el enamoramiento para amar, porque enamorarse es colocar los ideales en una persona, es ver lo que no hay. Yo quiero proponer otra definición: el enamoramiento es la capacidad que tenemos para descubrir la Belleza de otro ser. Por supuesto que no vemos lo que el resto ve; vemos más, pero no es una ilusión, es lo que está oculto, y que para el ojo enamorado es visible en cada centímetro de la piel del otro. Enamorarse es abrir la puerta que conduce a esa escalera, la verdadera escalera al cielo, que conduce a la contemplación de la Belleza, que es la llave de la Verdad y del Bien… de manera que el enamorado quiere explorar ese mar desconocido, desnudarlo en cuerpo y alma, saber siempre más y al mismo tiempo, conocerse él mismo… él, que también es un mar, que busca desembocar en el otro, para crear un nuevo mundo, donde reina la curiosidad, que busca siempre más Belleza.

Gran paradoja de nuestro tiempo, obsesionado con la imagen: hemos perdido la capacidad de apreciar la Belleza. Nada le importa menos a esta generación que el encuentro con lo Bello; quizás a esto se debe el vuelco que ha dado el arte contemporáneo, donde las obras, para conmovernos (¡si lo consiguen!) necesitan ser explicadas por un curador. Y así que caemos en la trampa de Dorian Gray: deseando protegerse del dolor, de las huellas que la vida deja en el cuerpo (porque somos, ante todo, cuerpos hablantes, cuerpos deseantes), pierde para siempre su belleza. “Yo no he buscado la felicidad, sino el placer”, declara hacia el final de la novela, y comprendemos su tragedia, y la tragedia de nuestra era.

Este placer de nuestro tiempo, capturado en la imagen, cuya belleza depende de lo que nos han enseñado a desear, es incapaz de transformar al sujeto: el patetismo del puberto que se masturba para después sentirse culpable, ansioso por destruir la evidencia de su acto, que ensucia su cuerpo, se repite tras estos placeres efímeros. La Belleza, por otro lado, nos conduce al amor, y en la dialéctica del amor, el encuentro con el otro, se produce el cambio: en presencia del ser amado, del ser bello, el individuo no tiene miedo de ser él mismo, de dejar de comportarse como se lo dicta la ideología. Quiere conocer al otro y quiere que el otro lo conozca, y de esta mutua curiosidad, nacen constantes revelaciones: el sujeto se encuentra frente a lo que no sabía de sí mismo, y frente  lo que anhelaba descubrir en el otro. La Belleza siempre está en movimiento, siempre es cambiante; como decía Lope de Vega, el deleite está en la variedad.

Así que renuncio a los vanos ideales sexuales de mi época y vuelvo a mi primitiva superficialidad, a la ingenuidad del artista que ante un cuadro no exclama ¡qué triste! o ¡que revolucionario! o ¡qué compromiso social! sino, simplemente, ¡qué bello!, y a la pregunta incontestable de por qué me enamoré de ti, simplemente respondo: ¡porque eres hermosa!

Ángel Antonio de LeónAutor: Ángel Antonio de León Actor, director, dramaturgo. Escritor aficionado, amante de la belleza y el psicoanálisis; freudiano convencido y apasionado. Estudiante de la carrera en Literatura Dramática y Teatro en la UNAM.
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