Etiqueta: Literatura mexicana contemporánea

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Marcianitos – Microrrelato de Guillermo Paleta Pérez

Desde pequeña Dana toca el violín, instrumento que recibió como regalo del Día de Reyes Magos. Se inclina por la música clásica; en particular, le gusta interpretar «La última cuerda» de Paganini. Cuando lo hace usa su playera favorita de marcianitos que le funciona como amuleto para una ejecución precisa y casi virtuosa. 

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Astrotarot – Cuento de Seth Nahúm Contreras Sánchez

“Hola. Sé que habíamos acordado ya no hablarnos, pero no aguanto más. No me gustó la forma en que terminamos. Quisiera platicar contigo y aclarar las cosas. Acabo de llegar. Estoy en un hotel. Quiero verte mañana en el Parque Hidalgo a mediodía. No te preocupes, llevaré cubrebocas y me mantendré a distancia. Nos vemos más tarde. P.D. Si decides no ir, lo entiendo. Cuídate».

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El niño interior – Cuento de Edis Namar

Did you exchange
a walk-on in the war
for a leading role in a cage?

R.Waters y D. Gilmour

Prólogo

Era el remanente de un sueño de los últimos días: como de seis años, enclenque, con sus manitas de ventrílocuo, de estatura más baja que todos los niños, parado frente a una mesa con una jaula cubierta de un retazo de tela negra; una concurrencia expectante en un jardín iluminado por un sol cálido; una vocecita que dice: «Abracadabra, que aparezca un pájaro». Silencio. Por algún motivo, no descubre la jaula. Un hombre grita desde el público: «Navarro, eres un imbécil; eso ni siquiera rima; por eso, no te salió el truco». Y aunque él y su nariz afilada lo exasperaba, eso era lo de menos. El niño hubiera despojado la tela de no ser por el pavor que, de súbito, se esparció por su cuerpo. Sin una secuencia intermedia, como si hubiera desunido sus átomos hasta aparecerse enfrente de la mesa en sus contornos de Nosferatu, el hombre empujó al niño y quitó el retazo de la jaula: una cabeza se encontraba tras las rejas. «Te dije, Navarro, eres un tarado; apareciste otra cosa». Mientras que el niño reconocía de quién era la cabeza, de ésta salía expulsado el ojo izquierdo.

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A la orilla de la muerte – Cuento de Fernanda Andablo

La perdí una vez y para siempre. No pude rescatarla. Todavía veo su rostro al cerrar los ojos: su sonrisa parecía aceptar su destino sin remordimiento alguno, pero sus ojos eran una súplica. Yo, más que nadie más, había ignorado todas las señales. O no. No las había ignorado, sino confundido. Nadie sabía el dolor de verla desaparecer en las profundidades. ¡Un suicidio! Qué idea tan más descabellada. Ella no se había suicidado. Luchó hasta el último segundo.

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En el origen todo fue una pintura: reseña de «El jardín de las certezas», por Jesús Sánchez Moreno

En el principio de todo fue la luz. Tanto para las leyes de la física como para algunas religiones, todo caos de las tinieblas es sucedido siempre por la luz, llámese Big Bang o Génesis. Siempre el resplandor instaura el orden, un nuevo camino. A esto lo hemos llamado Dios, destino o inspiración.

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Ilustración

Abecedarium Magiae

Ilustración de Sofía Elvira Tello Moscarella

Acabo de doblarme el tobillo. Sé que no es un esguince porque mi familia es de tendones fuertes, pero igual me duele. Tengo miedo de que mi lesión afecte el marcador y, por ende, el torneo. Sin darme cuenta, A ya está a mi lado, y me pregunta si estoy bien. Le digo que sí —aunque casi siempre es mentira porque no quiero que piensen que soy débil— y me levanto rápido. Me vuelvo a caer, entonces me llevan entre él y alguien más a una banca. A se dirige a la covacha por un botiquín, vuelve y me hace la plática. Jamás había hablado con él, aunque seamos del mismo equipo.

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Nadia – Cuento de Adán Díaz Cárcamo

Nadia pone la tela en la máquina de coser. Se va derecho con una habilidad extraordinaria que hasta la permite hablar con sus compañeras de trabajo. Con ellas también platica y ríe a la hora de la salida. Cuando llega a su casa cena, enciende la tele y se acuesta. Piensa en su familia a la que le manda dinero cada semana, sin falta. A veces, cuando sale a trabajar por las mañanas, saluda y habla con sus vecinos con una sonrisa tan comprometedora que, aunque ellos no quieran, se ven forzados a detenerse en la escalera del edificio para escuchar trivialidades incómodas de dos minutos.