Etiqueta: cuentistas mexicanos

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No recuerdo cuántas fueron – Cuento de Ailton Téllez Campos

La señora Martínez, casera del edificio, había entrado a mi departamento, ya que el olor a carne echada a perder que salía por debajo de la puerta la obligó a reclamarme, aunque se llevó la sorpresa de que todo se encontraba en orden. Sin embargo, mi aparente ausencia y el penetrante olor que había alrededor no la detuvieron para ahondar por cada rincón de la sala.

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Pasados imaginarios: del dolor a la nostalgia en tres cuentos de Hernán Lara Zavala

Ensayista, académico, novelista y cuentista, Hernán Lara Zavala (México, 1946) es uno de los autores mexicanos con mayor trascendencia en nuestro presente. Su faceta cuentística —a propósito de la reciente edición hecha por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) para Material de Lectura— brinda el pretexto suficiente para acercarnos a su narrativa, rica en recursos y temas, además de versátil respecto a sus motivaciones.

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Nadia – Cuento de Adán Díaz Cárcamo

Nadia pone la tela en la máquina de coser. Se va derecho con una habilidad extraordinaria que hasta la permite hablar con sus compañeras de trabajo. Con ellas también platica y ríe a la hora de la salida. Cuando llega a su casa cena, enciende la tele y se acuesta. Piensa en su familia a la que le manda dinero cada semana, sin falta. A veces, cuando sale a trabajar por las mañanas, saluda y habla con sus vecinos con una sonrisa tan comprometedora que, aunque ellos no quieran, se ven forzados a detenerse en la escalera del edificio para escuchar trivialidades incómodas de dos minutos.  

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Cetácea – Microrrelato de Rodrigo López Romero

Al amanecer la playa estaba sitiada. Sobre la arena apenas lamida por las olas yacían cientos de ballenas varadas, inmóviles moles oscuras punteando kilómetros de arena. La noticia tardó poco en circular, los estremecidos pobladores acudieron a ver a los animales buscando en sus ojos un asomo de porvenir. Muchos se dieron a la tarea de rescatarlas y formaron largas hileras cuyo objetivo era rociarlas de agua marina; después intentaron devolverlas mar adentro ayudados por barcos pesqueros que dejaron el trabajo para la ocasión. Pero los cetáceos, que al ser llevados movían lentamente el abanico de su cola inmensa, regresaban a la costa donde sus compañeros se habían dado cita, invalidando así el esfuerzo de los hombres.

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La crudeza de la(s) realidad(es): “Canción de amor y nota roja”, de Arturo J. Flores

Como un slasher de los ochenta, una jaqueca, un crimen, o una enfermedad mental, aparece Canción de amor y nota roja (2021), escrito por Arturo J. Flores y publicado por editorial Lectio. El libro, compuesto por diez cuentos totalmente redondos, es un esfuerzo por cristalizar en la ficción realidades que se deshojan, mienten y sangran. Una realidad se plasma en la portada y hace referencia al primer cuento: “El cíclope de la Roma”, que comienza como una persecución y termina en una elucubración creativa cuyas implicaciones narrativas se extienden por las páginas paralelamente a la sangre en la escena del crimen.

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La muerte de Liquidámbar || Cuento de Baltasar Botavara

Cuentan quienes presenciaron la ejecución de la sentencia que la mañana del viernes veintiocho de agosto el parque del barrio Los Libertadores olía a ámbar gris mucho más que de costumbre. El cielo negro y el viento rabioso parecían protestar por lo que estaba a punto de suceder. Los notables de la Junta de Acción Comunal habían decidido que en el libro del destino de Liquidámbar estaba escrito que no vería el amanecer del veintinueve de agosto, que en este otoño sus hojas de cinco puntas no se colorarían de amarillo y granate.

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La soledad y sus arrugas || Cuento de Enrique Esparza Vázquez

Mi reloj de mano ya marcaba las diez de la mañana y Norma seguía sin tocar mi puerta. Llegué a creer que los comentarios de Clotilde la habían desanimado, pero Norma no es una mujer vulnerable y me es difícil creer que esa fuera la razón por la que no haya venido ni el jueves ni el sábado. Dejé pasar las horas hasta que todas mis amigas se fueran para salir a buscarla. Fue una mañana larga, pues mis ojos no dejaban de mirar la hora, me sentía desesperada, pues a cualquiera de nosotras, por nuestra edad, ya nos puede pasar de todo. Un día te duelen los pies, al otro día la cabeza, por la noche se te sube la presión, por el día se te baja… en fin, ya eran las dos de la tarde cuando pensé si primero recogía la terraza o me dirigía directo a casa de Norma, pero pensé que era ilógico quedarme a limpiar cuando toda la mañana esperé el momento para salir a buscarla. Tomé mi gabardina por si el viento era fuerte o por si en el transcurso del camino se soltaba la ventisca, salí de mi casa sin avisarle a mi marido y cerré con seguro la puerta.