A mi abuela
Temes no ser tú
con la luna en tu cabello
y el pequeño cuerpo
con cicatrices de tiempo;
le temes al otoño, al tuyo.
Veo cómo te mueves
entre las hojas
senescentes
y me angustio.
Cuando llegue el invierno,
¿qué haré sin ti?
A mi abuela
Temes no ser tú
con la luna en tu cabello
y el pequeño cuerpo
con cicatrices de tiempo;
le temes al otoño, al tuyo.
Veo cómo te mueves
entre las hojas
senescentes
y me angustio.
Cuando llegue el invierno,
¿qué haré sin ti?
Todos tendemos a hacer que la representación del mundo que nos rodea sea la más cercana a nuestros deseos, necesidades e ideas.
Giorgio Nardone
A veces un lugar olvidado,
a veces un baúl de juegos,
a veces un refugio soleado,
a veces un ataúd de egos.
Hay pasos marcados y caídas
abruptas e intencionadas
sobre el concreto resquebrajado,
ayeres raspados de las rodillas.
Hay recuerdos rojo escarlata,
núbiles gallinas degolladas,
corriendo desesperadas
por vivir, por impulso, por inercia.
Aproximarse al tema de la vejez, no solamente como objeto de estudio sino como parte de nuestra vida, no siempre es sencillo. El miedo a envejecer es latente, pero desde las políticas públicas hasta los estudios feministas, desde la poesía hasta los testimonios, la teoría y la práctica, se han presentado planteamientos e inspiraciones para explicar e interpretar esa etapa de la vida. Por eso, les invito a un recorrido sobre reflexiones, planteamientos y relatos que cuatro mujeres mexicanas han realizado en torno al tema de la vejez.
En un alma vieja
sólo emerge la ausencia,
decía papá señor.
Ahora yo soy el abuelo,
o abuelito,
en los cada vez más frecuentes
días de parqués,
acaloradas tardes de dados musicales
con arepa y guarapo
como cuando era pobreza,
porque le cuento,
ahora soy rico,
ya no hay tanta guerra,
puedo comer
bien fritico
y con buena salecita
la papita en paz.
Tus manos, abuela, llenas de pecas
y pliegues
Tibias y envueltas de tiempo
tus manos de abuela,
que no de madre,
con sus dedos saltarines
de pianista perdido
que no controla el ritmo
Teófilo Buenaventura esperaba la señal del semáforo para cruzar la calle. Se dirigía al almacén de don Mario, distante a dos cuadras de su casa, en la esquina de calle Latadía y Américo Vespucio.