Ilustración de Carlos Gaytán
Nota introductoria: esta cartografía sobre el Cuerpo sin órganos me vino a la mente en un sueño febril, por lo que su exactitud es cuestionable. Yo tampoco sé a qué se refería Deleuze.
Un panorama de amplio espectro en torno al fenómeno de la palabra escrita
Ilustración de Carlos Gaytán
Nota introductoria: esta cartografía sobre el Cuerpo sin órganos me vino a la mente en un sueño febril, por lo que su exactitud es cuestionable. Yo tampoco sé a qué se refería Deleuze.
La ficción suele pensarse desde su vínculo con lo meramente imaginativo, irreal y fantástico. Se asocia, casi por inercia, con naves espaciales, robots, viajes en el tiempo o monstruos fuera de serie; y aunque, en efecto, guarda cierto vínculo con estos, lo extraordinario también se revela en las ensoñaciones cotidianas, las historias de personas comunes y aquello a lo cual no le encontramos nombre ni explicación, pero de cuya existencia tenemos certeza. Lo fantástico es, entonces, una parte más de la realidad —una quizás imprescindible— y no su simple oposición.
Además, la ficción tiene el valor de mostrarse como una suerte de vía de acceso a otras perspectivas. En ella, los límites físicos y cognitivos se rompen para dar lugar a posibilidades que van de lo utópico a lo catastrófico, de lo absurdo a lo terrorífico, de lo paradisiaco a lo enloquecedor. En ese sentido, la ficción supone inevitablemente la creación y, con ella, la capacidad de inquirir, experimentar y soñar. Todo ello, profundamente cercano al acto mismo de escribir. En Exploraciones quiméricas, primera antología de cuentos publicada por Lectio, se abordan, desde la narrativa, las múltiples aristas de la ficción. Indagación detectivesca, humor, ciencia, amor —ya se ha dicho que tal vez sea éste el estado más cercano a la locura— y horror se conjuntan en las historias de doce autorxs hispanohablantes.
y no es presencia;
los animales muertos
recuerdan a flores de plástico que he ido dejando
en forma de mensaje
en la orilla,
y recuerdan a todas las conchas que no recogimos, allá en el mar
las calles por las que no habitamos,
las casas de paso en las que nos quedamos
para siempre.
Esta maldita circunstancia
de echar raíces en tierra yerma,
de reconocer en sus grietas
los surcos de las manos.
La desoladora certeza
de que los laberintos
no contienen el cosmos.
La fe en la simetría,
como si se escucharan pasos
al otro lado de los muros,
como si tras los pisos
manara el filo de los clavos,
como si nuestros rastros
deambularan en el arriba
de otra parte fantasma.
¿Acaso somos transparencias
monstruosas dentro del ropero,
los hologramas espectrales
de una dimensión superpuesta?
Se apasionó tanto de escribir narrativa breve en segunda persona, que al finalizar ésta, descubriste que ya no necesitabas lectores, y quedé para siempre complacido conmigo mismo.
A Mariel, Brenda, Ana Rosa, Marisol, Iliana, Deni y Mike, por enseñarme a investigar con amor y diversión.
Hoy quiero comenzar escribiendo de dos temas de los que odio hablar, o más bien, de uno que me causa desagrado y de otro que de tanto odiar me apasiona: el COVID y las redes sociales. Escribo también sin poder poner bien en palabras el enojo, el insomnio y la tristeza que me produjo enterarme de la negligencia que derivó en el colapso del metro en la estación Olivos la noche del lunes 3 de mayo. Siento como si tuviera un perdigón atorado en la boca del estómago y no puedo más que rezar por los familiares de la gente fallecida y herida. Esto es ante todo una breve invitación para darle seguimiento a la noticia más allá del primer impacto y de la frustración de estos días. Para dolernos y para exigirle a la basura de la clase política que dejen de matar gente inocente entre fuegos cruzados. Dicho lo anterior, creo que no hay nada más que pueda o deba agregar.
El arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza.
André Maurois
El paso del tiempo deja su huella en cada centímetro de la piel. El ser humano nace, madura y envejece irremediablemente. El andar de los años conlleva experiencia y sabiduría, pero también una constante pugna entre el pasado que conocimos y el futuro que nos depara. Enfrentar la vejez implica encarar el cambio y la ruptura. ¿De qué manera afrontamos cotidianamente el paso del tiempo? ¿Cómo convivimos con la vejez? ¿Cuál es la relación que guardamos con el deterioro de nuestros propios cuerpos? ¿Cómo nos situamos entre el pasado y el presente?
En la superficie ondula
el nombre de la claridad que se nos niega,
la pureza del reflejo antes de hundirnos
(un espejo virgen,
vacío de rumor y movimiento,
de toda imagen, cielo o cuerpo).
Cuando entré a estudiar Literatura inglesa hace casi cuatro años, era una carátula de la persona que soy hoy: leía primordialmente literatura clásica escrita por varones blancos, creía que había una manera correcta de hablar y escribir en inglés, y que existía una forma aceptable de amar. A mis entonces diecinueve años, esperaba que la facultad fuera un lugar donde conociera a más gente como yo, pero cuando lo hice, no me gustó lo que encontré. El reflejo me hizo darme cuenta de que mi perspectiva estaba nublada y basada en estereotipos y que mucho de ello respondía a la clase de persona que creía debía ser. En ese sentido, la Universidad y las personas a quienes tuve el gusto o la tortura de conocer durante estos años me llevaron a formar lo que hoy me define e identifica.
Ilustración de Carlos Gaytán
El panóptico de Bentham reinterpretado por Foucault es una de las estructuras más simples y más complejas a la vez. La idea de que pueda existir una estructura penitenciaria capaz de vigilar sin vigilar, de castigar sin castigar, de controlar sin controlar, es, por lo menos, tenebrosa. No es una mazmorra ni un calabozo maloliente cuyo carácter es el olvido al que condenaron a Edmundo Dantés. No es, tampoco, una simple prisión-universidad del crimen con celdas separadas y deprimentes como en The Green Mile. Es, de hecho, una proeza arquitectónica y estructural distintiva del poder. En ella, los prisioneros no pueden saber si están siendo vigilados o no, si su comportamiento será susceptible de castigo o si sus captores están planeando algo. El elemento más reconocible del panóptico es que actúa sobre el cuerpo, encerrándolo, pero también sobre todos los estados mentales que permitirían la rebelión en primer lugar. La disciplina no tiene límites.