Autor: Julia Bravo

Julia Bravo Varela (1996) no es hermana de Hernán: la concordancia de apellidos y el amor por escribir es mera coincidencia. Egresada de Letras Hispánicas en la UNAM, ha participado como becaria en Elipsis (2018), San Miguel Writer´s Conference (2019) y en el Onceavo curso de creación literaria/ Xalapa (2019) de la Fundación para las Letras Mexicanas. Fue compiladora del libro Ää: manifiestos sobre la diversidad lingüística de Yásnaya Elena A. Gil (Almadía/Bookmate, 2020).
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Sesgos y perspectivas: “Feminismos descoloniales latinoamericanos para principiantes”, de Karina Ochoa Muñoz

Resulta abrumador pensar en las consecuencias vigentes de un hecho acaecido hace quinientos años, como lo fue el arribo de embarcaciones europeas a costas americanas. El proceso de colonización del sur global ha dejado heridas abiertas en todxs nosotrxs, queramos verlas o no. Lo bello, lo que valoramos, nuestras formas de cooperación y nuestra idea de poder, así como el modo en el que están constituidas la política y la sociedad tiene una relación directa con los sistemas coloniales instalados de una manera violenta, especialmente en los cuerpos de mujeres racializadas. Por ello, Karina Ochoa Muñoz, en el Material de Lectura número uno de la serie Vindictas. Pensadoras feministas latinoamericanas, se da a la tarea de explicar la relevancia de un feminismo descolonial y de la categoría “colonialidad de género” propuesta por María Lugones.

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Bailar con

Collage de EpicAris

A María Ayala, Ana Aguilar, Manyanga y Yaceli

Para George Balanchine, el baile es la música hecha visible. Agregaría, también, que hay variaciones de esa visibilización de la música, puesto que en una canción puramente melódica puedes darle distintos grados de intensidad a los movimientos sin una clave que los implique necesariamente, o cuando hay varias bases de percusiones, puedes decidir atender a una o a otra con el cuerpo. El baile es lo más parecido y accesible a volar, en esa conjunción, ya que el patinaje artístico, el lanzamiento de paracaídas, el clavadismo o la gimnasia, son mágicos a los ojos del espectador, pero restrictivos para un gran número de personas que no pueden participar de esas actividades.

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Un ticket y un amor (o la urgencia de poesía en nueve libros)

A Rebe, por las tortugas y las tangentes

Sonará algo pretencioso, pero aproximadamente cada diez días tengo la necesidad de pasar algunas horas en una o varias librerías. Me estimula estar rodeada de libros, observar las novedades, los descuentos, corroborar que ese-libro-que-quiero-pero-nunca-podré-costear sigue ahí o, simplemente, observar a la gente que llega determinada por un título en específico.

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Dolores compartidos

Ilustración de Ylia Bravo Varela

En los pocos momentos de tregua que nos brindó esta infinita pandemia, descubrí un método infalible para socializar en reuniones: hablar sobre mis enfermedades, dolores, condiciones corporales y experiencias médicas. Si tienes más de veinticinco años, sufres de ansiedad pospandemia y ya no quieres hacer small talk, pruébalo: introduce de forma casual en la conversación algún padecimiento que te aceche en ese presente o del pasado reciente. Por cada una de ellas habrá alguien que empatice o tenga un pesar parecido; también puede que no sepa lo que es pasar por algo así, pero conoce a alguien que sí. Las probabilidades son altas. No sólo generará lazos más interesantes que los que se darían por hablar con alguien de la vida de conocidos en común o el tema del momento, sino que habrá un beneficio para ambas partes: intercambio de vivencias con especialistas. Porque sí, a los veinticinco queda atrás el pasado infantil de intercambiar estampas del álbum del mundial o de la nueva película de Harry Potter.

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Ilustración

Abecedarium Magiae

Ilustración de Sofía Elvira Tello Moscarella

Acabo de doblarme el tobillo. Sé que no es un esguince porque mi familia es de tendones fuertes, pero igual me duele. Tengo miedo de que mi lesión afecte el marcador y, por ende, el torneo. Sin darme cuenta, A ya está a mi lado, y me pregunta si estoy bien. Le digo que sí —aunque casi siempre es mentira porque no quiero que piensen que soy débil— y me levanto rápido. Me vuelvo a caer, entonces me llevan entre él y alguien más a una banca. A se dirige a la covacha por un botiquín, vuelve y me hace la plática. Jamás había hablado con él, aunque seamos del mismo equipo.

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Una autofuna

Parte I: Exorcismo inicial

—No sé si soy un buen hombre.
—Entonces lo eres.

Eliseo Alberto

La última vez que viajé en avión antes de la pandemia fue a finales de 2019 a Puerto Escondido, para pasar Año Nuevo. Había algo en la contundencia del 20/20, una total claridad con visaje impecable, que nos hacía tener esperanzas por lo que vendría. Ya sabemos que no fue como pensábamos.

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Una carta de amor y denuncia

A María Ayala, la que baila en el paraíso
A Pedro y Vale, porque me hubiera gustado ser su estudiante

En mi primer día de la carrera, un profesor hizo que quienes eran o querían ser escritores se levantaran. Algunos con timidez, otros con orgullo, se pararon, intentando reconocerse entre sí. Esas miradas cómplices se volverían ojos vidriosos cuando el profesor, con un tono burlón, dijo que en la carrera de Letras no se formaban escritores. Que lo único que se aprenderíamos era a ser lectores profesionales y nada más.

Pensé que había sido muy grosero el gesto de pedir que se pararan, pero no cuestioné lo que acababa de decir. Al fin y al cabo, el maestro era él y no yo. Me sentí aliviada por no haberme parado. Yo no quería ser escritora. Entré a Letras porque quería ser maestra. Siempre quise ser maestra, o por lo menos desde los quince años.

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Torneo de lamer el asfalto cuando nos pongan la vacuna

Un alegato a favor de los eventos falsos en Facebook

A Mariel, Brenda, Ana Rosa, Marisol, Iliana, Deni y Mike, por enseñarme a investigar con amor y diversión.

Hoy quiero comenzar escribiendo de dos temas de los que odio hablar, o más bien, de uno que me causa desagrado y de otro que de tanto odiar me apasiona: el COVID y las redes sociales. Escribo también sin poder poner bien en palabras el enojo, el insomnio y la tristeza que me produjo enterarme de la negligencia que derivó en el colapso del metro en la estación Olivos la noche del lunes 3 de mayo. Siento como si tuviera un perdigón atorado en la boca del estómago y no puedo más que rezar por los familiares de la gente fallecida y herida. Esto es ante todo una breve invitación para darle seguimiento a la noticia más allá del primer impacto y de la frustración de estos días. Para dolernos y para exigirle a la basura de la clase política que dejen de matar gente inocente entre fuegos cruzados. Dicho lo anterior, creo que no hay nada más que pueda o deba agregar.

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Suspendida entre dos ruedas

Ilustración de Ximena Brócoli

Parte I: La vida y mis bicicletas

que pedaleo y me alejo de los problemas…

Mariano Blatt

Tomo el dobladillo de mi pantalón y con mis dos manos lo enrollo hasta que ya no da más de sí y queda a la mitad de mi pantorrilla derecha. Es precaución, pero también un lenguaje secreto y compartido que porto con alegría. Corroboro si todo está en orden, me ajusto el casco, me incorporo y dejo de tocar el suelo. Sólo vuelvo a pisar el asfalto cuando mi pie derecho se posa en la banqueta de un semáforo que interrumpe mi marcha. Así es más fácil frenar, pero, sobre todo, agarrar el impulso para continuar.