Ilustración por Aimeé Cervantes Flores
Como un colibrí derribado
por un rayo en pleno vuelo,
me derrumbé desde el punto
más alto del empíreo.
Ciego, ahora levanto
mi cuerpo roto de la tierra.
Creación literaria. Narrativa, poesía, minificción y otros híbridos.
Ilustración por Aimeé Cervantes Flores
Como un colibrí derribado
por un rayo en pleno vuelo,
me derrumbé desde el punto
más alto del empíreo.
Ciego, ahora levanto
mi cuerpo roto de la tierra.
Déjame darte un encuentro blanco como la nieve,
Como este mundo blanco como la nieve,
Te está esperando allá,
Eres silente.
Esbozo dibujado
Contra el fondo de mi
Para ti
En la nieve blanca luz y sombras, soy tentado.
Tu calor
Derrite la más leve distancia,
En minutos los corazones se exaltan
Amo tu onda serena.
Hay una quietud
en el centro
encuéntrala
y encuentra la claridad
Hay una quietud
en el centro
encuéntrala
es tu destino
Hay una quietud
en el centro
si la encuentras
serás libre
Hay una quietud
en el centro
si la encuentras
encontrarás
paz.
Ilustración de Aimeé Cervantes Flores
Nubarrones fríos y gélidas lluvias se reunían aquel día para formar un fango pestilente y una penumbra estremecedora. Las gotas, no tan abundantes por ese entonces, pero afiladas, alcanzaban ya a roer las bases de los troncos para dejar adivinar sus raíces tortuosas. La gente común estaba en sombras.
En esa situación apareció una cosa negra, justo en medio. El ramaje y las frondas pegajosas cubrían buena parte de su área, como si hubiera pertenecido desde siempre al panorama. Sin embargo, no había una sola memoria que se atreviera a negar su repentino surgimiento.
Ilustración de Aimeé Cervantes Flores
La
extenuación es un tiempo que no pasa,
sé paciente y deja, que esto sea así
volverás a saborear paraísos naturales,
eres extinguido por las oraciones mortales, que se apresuran
para convertirse en ríos,
tus ojos, nunca tocados
son suficientes para los campos,
con o sin agua
para incubar y ofrecer a los cielos rojos brillantes
o, llamas, que evaporan pensamientos heréticos
pintados en un cuerpo,
sólo tú, das a luz a la pureza
idéntica
a la de una carne nueva,
novum y spiritum novum tribuam en carnem
potest,
cada
nacimiento es un nuevo sendero para Pensar
ora pro nobis,
todo artesano, santo y sabio,
cada obispo de exorcismos,
cada payaso celestial y cada mago
erige dolor blanco en la nieve de Blancanieves,
ora pro nobis peccatoribus,
y las verdades deberán seguir siendo una.
Este momento no es más que polvo
que voló de la historia, lanzado hacia el cenit,
Las proporciones de tu rostro reúnen todo el cosmos
como una elección de compañía,
un granulo de noche roja en la arena de la ciudad
se sumerge a través de las pupilas hacia la mente, donde portas una strella,
la bolsa está repleta de libertad,
el vino y el pintalabios son amigos serenos
del alba que sonríe,
bienvenida por abrazadas voces de hogueras,
con instinto incontrolable
por conocer.
Ilustración de Aimeé Cervantes
A mi abuela Ana Teresa Borges Paz
Miro el abrazo
del humo que danza por la casa
como llevando mis pensamientos a todo
lo que anudo con íntima mirada
mientras el sol
cae sobre mi espalda
gira el repaso
un silencio redondo entra por los huesos
pienso en los de afuera
los que están lejos y aún tocan la puerta
del frío café
sobre la mesa preñada de velas
roza mis labios
continúa su bailoteo hasta volverse
reflejo entre mis dedos
la niebla de tu montaña
ceniza que no abraza
el
cerrojo de dios
La timbrada destrozó la perfecta calma de la noche después del amor, el silencio construido a voluntad, el sueño plácido que no habría de recordar. Restregándose los ojos buscó torpemente el celular tanteando sobre la mesita al lado de la cama: faltaban catorce minutos para las tres de la madrugada. Número desconocido. Extendió el brazo y le tranquilizó comprobar que ella no se había ido, y dormía respirando sosegadamente. Sintió deseos de orinar y se dirigió al baño caminando con los pies desnudos sobre el frío piso del departamento neoyorquino. Mientras se sacudía vigorosamente el colgajo semiendurecido, el celular volvió a timbrar.
Cuando termine de escribir, se habrá roto el vidrio de contención y todo habrá terminado. De todos los escenarios que imagino, preferiría ser convertido en ceniza, pero temo que, de todas las muertes que hubo, aquella bruma fúnebre del otro lado del vidrio se amoldará a mi ser para que padezca una agonía meticulosa. Ya siento arena reptando entre los hemisferios cerebrales, cómo se zarandea mi mente de un lado a otro, cómo se desecan los pliegues de la percepción y la memoria. Ya veo cómo, del muñón donde debería estar mi mano izquierda, sobresale un bolígrafo plateado con el que garabateo estas líneas…
Estas visiones se intensifican; hace unos minutos, bastaba con cerrar los ojos y mis cuatro extremidades tenían forma de brazos y piernas; ahora, pestañeo y brotan raíces de árbol debajo de mi cintura y un ala de quiróptero, unidad a mi cuerpo, aletea. Para que mi mente no salga expulsada de mi cráneo, me apoltrono adonde estoy sentado y tenso la espalda.
Cuando se fue, no sólo lanzó los libros por la ventana y rompió su tetera favorita, sino que me dejó con todo deseando que me hubiese quedado sin nada. Se fue empapada en libertad salvaje y plumas artificiales; lo único que se llevó fue el color azul de su vestido y mis próximos atardeceres.
Doña José, como los marchantes del mercado llamaban a María Josefa de Jesús, hizo sus compras en menos de quince minutos. Evitó, contra toda su voluntad, escuchar los chismes que su comadre, Doña Viri, la de la cremería, quiso contarle. Iba diciendo a todos los que querían detenerla con la plática que no podía quedarse, que su hijo finalmente iría a visitarla. Quienes le prestaban atención sonreían para sí al ver caminar tan rápido a una señora de piernas tan cortas, mandil perpetuo y cabellera de falso rubio y falsos rulos.