Interruptus || Cuento de Marcos Josué Cueva

La timbrada destrozó la perfecta calma de la noche después del amor, el silencio construido a voluntad, el sueño plácido que no habría de recordar. Restregándose los ojos buscó torpemente el celular tanteando sobre la mesita al lado de la cama: faltaban catorce minutos para las tres de la madrugada. Número desconocido. Extendió el brazo y le tranquilizó comprobar que ella no se había ido, y dormía respirando sosegadamente. Sintió deseos de orinar y se dirigió al baño caminando con los pies desnudos sobre el frío piso del departamento neoyorquino. Mientras se sacudía vigorosamente el colgajo semiendurecido, el celular volvió a timbrar.

Seguía siendo un número desconocido. Decidió contestar, sin embargo, dominando el ramalazo de angustia que amenazaba con paralizarlo, procuró que su voz sonara firme:

—¿Quién?

Al otro lado de la línea unos sollozos le respondieron. Apretando el celular sobre su oído derecho, aguardó con resignación. Allí estaba, por fin. La llamada fatal desde Lima donde le dirían que un ser querido fue atropellado, cosido a balazo o vencido por un cáncer tremebundo, y él no podría llegar al funeral.

—Agustín, hijo, soy yo. Tu papá.

Entendió de pronto, y sus temores se redoblaron:

—Dímelo de una vez, viejo. ¿Se trata de mamá? ¿Del tío Jacinto? ¿De la abuela Lina?

Escuchó un profundo suspiro. Agustín adivinó a su padre envarando el cuerpo y frotándose la cara con la palma abierta de la mano, un gesto suyo que recordaba a menudo.

—Nada de eso, hijo. Todos están bien. Soy yo el jodido. Otilia está preñada.

¿Quién diablos era Otilia? Repasó mentalmente la parentela multitudinaria sin hallarla en su recuerdo.

—La empleada de la casa —aclaró por fin su papá—. Está con nosotros desde el verano pasado. No la conoces porque llegó después de tu última visita. Es de Pucallpa —precisó, como si fuera un detalle capital.

—¿Me llamas de madrugada para contarme que tu empleada charapa está embarazada? —inquirió Agustín, conteniendo la calma apenas.

—No lo entiendes, hijo. El padre de la criatura soy yo.

—Pues te felicito, viejo. A los sesenta todavía jalas.

—Me lo merezco por imbécil, hijo. Pero estamos a tiempo de reparar el error.

—¿Estamos? —Repitió Agustín, lamentando ahora en serio haber respondido la llamada. De pronto, la imagen de rectitud, orgullo y admiración empezaba a oscilar como un castillo de naipes. —No estarás pensando lo que creo.

—Ayúdame, Agustín, te lo suplico. Jamás te pedí nada, nunca, desde que te graduaste y escapaste del país. He dejado que vivas tu vida, que olvides a tu familia, que triunfes en tu carrera negando tu apellido, sin decirte nada. Continuamos sin ti. Piensa en tu madre. No me lo perdonará y hasta se puede morir del disgusto.

—¿Qué quieres que haga? —Silabeó Agustín, aturdido por la culpa y el asco, mientras la miraba rebullirse en el extremo de la cama, hipnotizado absurdamente en ese momento por la blancura de su espalda y la contundencia de sus nalgas bajo las sábanas.

—Dos mil soles. El doctor Vega se hará cargo, tú lo conoces. Todo limpio y rápido. Y una buena propina a la Otilia. Está todo conversado, solo te pido que me hagas el depósito.

El castillo de naipes se derrumbó por completo. “He dejado que vivas tu vida”, había dicho. Pensó en su madre, embarazada de él a los dieciséis. Pensó en Otilia, a quien no conocía, reproduciendo el mismo miedo. Miró una vez más a ella, navegando entre sueños. Y oyó de nuevo la voz llorosa de su padre, suplicando complicidad. Entonces respiró hondo, hizo la necesaria pausa dramática, y se sintió liviano, pletórico, antes de responder y volver a la cama:

—Vete a la mierda, papá.

***

Autor: Marcos Josué Cuevas Catasús, Lima, Perú (1964). Nativo de sagitario, tres hijos, dos gatas. Alguna vez estudiante de periodismo, y también de cine. Narrador por pura tozudez, lector a tiempo completo.Mientras espero paciente alguna señal inequívoca, pinto casas y departamentos con singular destreza.

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