Creación Literaria, Literatura

Masa negra || Cuento de Itzel García

Ilustración de Aimeé Cervantes Flores

Nubarrones fríos y gélidas lluvias se reunían aquel día para formar un fango pestilente y una penumbra estremecedora. Las gotas, no tan abundantes por ese entonces, pero afiladas, alcanzaban ya a roer las bases de los troncos para dejar adivinar sus raíces tortuosas. La gente común estaba en sombras.

En esa situación apareció una cosa negra, justo en medio. El ramaje y las frondas pegajosas cubrían buena parte de su área, como si hubiera pertenecido desde siempre al panorama. Sin embargo, no había una sola memoria que se atreviera a negar su repentino surgimiento. 

La primera vez que la divisaron, aunado a la estatura relativamente baja de estas personas, les pareció grande como un titán, y los aterrorizó. Acostumbradas a los termiteros de más de diez cabezas que solían encontrarse entre las bisagras de los árboles, pensaron que se trataba de una entidad de la misma naturaleza, aunque increíblemente mayor. No obstante, al acercarse más se vieron forzados a aceptar que no tenía nada de similar, con lo que se quedaron por un momento sin ideas.

Éste es el orden en que surgieron: aventureros, científicos, conspiracionistas, apocalípticos, pragmáticos, indiferentes, luego cucarachas y algunos coleópteros. Los jóvenes se dedicaron a rodear el objeto; algunos se trepaban a las ramas próximas para alcanzar la cara superior y las partes altas de las laterales, y así, juntos, retirando con pies y manos el velo vegetal y el mantillo que se le había formado, fueron descubriendo su superficie a las miradas expectantes de los demás.

Al parecer tenía ocho esquinas y por lo menos cinco caras. Ninguna de éstas o aquéllas lucía perfectamente definida, ni se les veía algún patrón o muesca. Por más que se expusiera su cuerpo inánime a la luz solar, y ello era lo más extraño, la negrura abismal que aparentaba surgirle de las entrañas no disminuía ni un ápice. Después de la primera revisión superficial, algunos se atrevieron a intentar arrancar algún trozo, ya mínimo un poco de polvo, con las uñas y más tarde con hachas y piquetas, hasta que concluyeron que debía de estar compuesto de un material sólo autodestructible como el diamante.

Hombres menos mozos comenzaron la búsqueda de un origen. Cada centímetro del terreno pasó bajo sus ojos baquianos que intentaron cazar árboles abatidos y terminaron conformándose con tierra removida o cogollos quebrados. Tras el examen pudieron alimentar aún más la inquietud al afirmar la imposibilidad de que hubiera sido arrastrado hasta ahí o incluso traído desde los cielos, pues no había una sola huella delatora del modo de arribo, que para el caso debía ser inmensa.

Tras cierto tiempo, el arbitrariamente decidido como frente de la masa se convirtió en asiduo escenario de debates. El variado grupo tenía un nuevo pasatiempo. Agotadas las investigaciones empíricas, lo que les quedaba era dilucidar en un plano frecuentemente cercano a inquisiciones ontológicas, iniciativa por parte de sus miembros más ancianos, con respecto a la identidad monstruosa que allanaba su cotidianeidad. Las posturas relacionadas con proyectos extraoficiales gubernamentales llegaron con el alzamiento de una especie de orador sedicioso, quien desde lo alto de un mogote se dio a hablar sobre seres de otros planetas y secretos implantados en el interior de lo que parecía una caja fuerte, fortísima, pero cuya apertura se escondía tras un código o tecnología de identificación. Varios se dejaban llevar por el fervor e insistían en no cejar hasta que la masa negra se abriera o resquebrajara, otros se oponían con idéntica pasión airada proveniente del temor a que algo terrible surgiera del fondo. Otros más creían en una bomba de tiempo, en un mecanismo sensible a cierto mandato a distancia; los mismos que inventaron la mentira para ahuyentar a los incautos.

Luego estaba otro tipo de viejos, rigurosas mujeres en su mayoría, quienes rumoraban acerca de una fuente a veces divina a veces diabólica, las cuales terminaron implantando dudas en el resto sobre el correcto seguimiento de su religión y las culpas colectivas que pudieran estar acarreando por generaciones. Las discusiones para ese momento habían abandonado por completo el terreno material y se habían asentado en una curiosa tela de abstracciones, donde las metáforas y prosopopeyas, cuyo uso retórico se conocía en un principio, tomaron el lugar de la realidad más ostensible. En el auge de las disputas se gritaban más de cuatro versiones de conclusiones catastróficas, dos de las cuales argüían sucesos trágicos ya acontecidos en los rededores de la masa negra. Ciertamente, ninguno de ellos había tenido lugar en el plano físico, mas en la red virtual implantada sobre éste, donde las paradojas tienen efabilidad y lo irreal se vuelve real por verosímil, claro que los infantes volvían con la sombra pesada y los ojos apagados tras pasear cerca del cuerpo, y por supuesto éste ejercía su influencia magnética sobre el karma polarizado de los flacos de alma.  

Con frecuencia se sentían observados, acosados por la entidad maligna que jugaba con sus huesillos débiles haciéndolos zozobrar por la duda estéril e incansable. Tenían la sensación de que luchaban contra algo, sin saber qué. Quizá por ello terminaron peleándose entre ellos mismos, catapultando sus argumentos ingrávidos con una seguridad sorda y ensordecedora. Para el final de esta etapa, la más emocionante, sin duda, lo mismo se afirmaba el decaimiento progresivo de la humanidad como la revelación de una especie de misterio de fe infernal.

Entonces los ánimos para la elocuencia decayeron, ya que, como cabía esperar, con el transcurso de los días los litigios ante el grotesco titán negro se fueron agotando y llenando de tedio. Las madres ya no ponían el mismo ahínco en la parte espeluznante de las leyendas que contaban a sus crías para alejarlas de la masa. Los juicios confortantes empezaron a tomarse en serio y ya no a ser respondidos con ironía furibunda. La malla de creencias incongruentes seguía puesta, pero su tejido se suavizó, con lo que la vida volvió a sus clásicos quehaceres. Abrieron la boca quienes pensaban que tanta dilucidación sólo podía servir para extenuar la jornada, pues cuando se tiene un objeto en frente, lo que se hace es preguntarse para qué sirve o en qué afecta, y si no lo hace para nada, se debe ignorar y seguir adelante. Estos hombres afirmaban, esforzándose por pasar de largo sin siquiera volver la cabeza, que de no estar ahí daría exactamente lo mismo.  

Más o menos en este punto ocurrió algo tan azaroso que ni el hombre de más genio habría tenido la menor sospecha al respecto. Se podría revelar aquí la identidad del grupo en las discusiones con la noción evidentemente más acertada; sin embargo, ello podría llevar a jactancias innecesarias y, por lógica, absurdas, además de que, dentro de la casualidad que suele ser tener razón, este mérito imaginario les resultó desafortunado. Tras la recesión evolutiva, efecto congruente con la catástrofe, los sobrevivientes no superaban los cuatro centímetros y hacían un zumbido como de plegaria. Importante es que la tarde de la hecatombe llovía a mares. Los vientos ululaban y la tierra se encenagó; el cielo, quebrado, lanzaba sus esquirlas sobre las copas victimadas de los árboles. Entre la blandura del lodo flotó la única pista que tendrían alguna vez sobre las consecuencias de la masa negra y que nadie vio.

***

Autor: Itzel G. García (Morelia, Michoacán, 1998). Estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y seguidora de asuntos de física, astronomía y diseño digital.

Aimeé Cervantes Flores (Oaxaca, 1995). Egresada de la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Profundizó sus estudios en la ilustración, la cual considera su pasión después del cine, la literatura y la música. Entre sus logros se encuentran: Exposición colectiva en el Museo Franz Mayer con motivo de “El mundo de Tim Burton”; participación en un mural colectivo de su facultad y como directora de fotografía en el cortometraje “Otro Muerto” del Rally universitario del GIFF.

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