Etiqueta: Creación literaria

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Soledad - Aimeé Cervantes

Voces al otro lado de la puerta || Cuento de Javier Garrido

Ilustración de Aimeé Cervantes Flores

Al otro lado de la puerta hay voces.

Termino de despertar de un sueño líquido, sofocante, oblicuo, prodigo en hecatombes y risas desmesuradas, en arrastrar de muchos pies, en muchedumbres sin cara que caminan incansables en círculos cada vez más estrechos. Apenas se borran estas imágenes me agrede la luz sesgada de la luna que penetra a través de un resquicio de la cortina. Esta luz fija acaba por aturdirme y no logro recordar donde estoy.

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Naranja - Aimeé Cervantes

Two poems / Dos poemas || Gouthama Siddarthan

Ilustración de Aimeé Cervantes Flores

Yellow flower

I come out of office for a cup of tea

Summer beats down on my skull

I walk along the shadows of skyscrapers

The shadow of a worker hanging precariously

From the dome of a building passes over me

His body odour akin to that of ploughed land in scorching sun

Wafts and kisses into my skull

Then, the shadows of the concrete jungle vanishing,

A yellow flower in an instant bursts out.

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Dos maldiciones || Cuento de María Luisa Delfín

Senovia Expósito se arremangó la falda para airearse y profirió dos maldiciones al hilo antes de azotar la puerta. Era un jueves de agosto embadurnado de hastío. Juan Froilán la miró estupefacto. Nunca la había escuchado articular vocablos tan altisonantes y groseros, ni siquiera cuando estuvo a punto de morir arrollada por el camión escolar que había perdido la ruta.

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Despertar - Aimeé Cervantes

Deleite || Cuento de Nieves Pascual Soler

Ilustración de Aimeé Cervantes Flores

“¿Después que he envejecido tendré deleite, siendo también mi señor ya viejo?”

(Génesis 18.12)

“Ay, Alfonso, perdóname”, se recrimina Doña Augusta para sí misma en la puerta de la tienda de electrodomésticos. Alfonso, su marido, murió hace tres años, a los setenta y ocho. No es que Doña Augusta no sienta profunda su pérdida, pero siente deseos de deleite que crecen en la primavera y en el verano. Respira a fondo una vez, yergue la espalda hasta donde le permite la desviación de la columna y entra con paso decidido.

El aire acondicionado alivia el calor hirviente de agosto a las cinco de la tarde. La tienda está llena de merodeadores que se benefician del fresco gratis.

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Noctámbulis - Aimeé Cervantes

Noctambulis || Ganador del concurso “Escribe tu primera página”

Ilustración de Aimeé Cervantes Flores

En medio de un silencio desierto…

Al final solamente se encontró el débil y monótono martillar de las manecillas. Levanté la cara y entre la penumbra apenas alcancé a distinguir el reloj: había pasado ya la medianoche. Cautelosamente me quité el sombrero para asomarme al vacío imponente que se erguía sobre mí. Entonces la ansiedad comenzó a apoderarse de mis movimientos. El sonido cada vez más acelerado de mis zapatos contra los charcos del asfalto resonaba en las paredes de la calle vacía. Mientras más me alejaba de la avenida principal, la oscuridad se imponía, devorando vallas, ventanales y puertas. Ni una sola luz que surgiera de entre las sombras para revelar un lugar en donde aferrar la mirada.

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Noctámbulo || Cuento de Mayret Montiel

—Hemos pasado una tarde agradable—, dijo, dedicándole una galante sonrisa. Desde su punto de vista, todo había sido casi perfecto; habían salido a comer a un pequeño restaurante gourmet, y cabe mencionar que las viandas fueron lo menos interesante de aquella experiencia. En verdad se había sentido el hombre más afortunado sobre la tierra cuando la vio tomar su cuchara con tal delicadeza que parecía que al acercarla a su boca no estuviese probando el bisque de langosta, sino dibujando aquella pequeña curva que, dulcemente, se pintaba granate sobre su rostro. Cada pequeño gesto de coquetería hacía que su corazón saltara de gozo, olvidando así toda pena.

Después fueron a una galería de arte cercana: ella repasó todos los cuadros, se daba tiempo para admirar cada trazo, cada colorido punto con una minuciosidad demencialmente cautivadora; a él le fascinaban los comentarios elocuentes que ella solía hacer. No sabía describir la sencillez con la que soltaba una a una las frases más ingeniosas, ni tampoco podía reprimir ese leve suspiro cuando la notaba tan ensimismada en sus pensamientos. Lo cierto es que su inteligencia era incluso más atractiva que el lunar que podía verse en su cuello cuando ella se acomodaba el pelo de manera discreta, y vaya que ese diminuto lunar era toda una obra de arte. Logró convencerla de ir a tomar una copa en su terraza. No fue difícil en realidad. Él leía las ansias que había en sus manos de encontrarse por fin con las suyas.

Mientras charlaban sobre la terrible inmensidad del universo, la botella de vino se quedó poco a poco vacía y, con ello, la intensidad de sus miradas aumentó hasta que, sintiéndose confiado, la tomó de la mano, se acercó lentamente a su rostro y la besó con dulzura. En ese húmedo recóndito, encontró al fin el remedio para todo aquello que ensombrecía su alma; deslizó hábilmente una mano por su espalda. Estaba seguro de que ella cedería al fin después de pretenderla, como si se tratase de una dama: sin besos ni caricias, sin insinuaciones de ningún tipo. La había conseguido de una vez por todas, o al menos eso creía hasta que ella apartó su rostro, dejándole en la boca una especie de silbido sordo.

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Escribir poesía - Aimeé Cervantes

El poema || Por Charlientus

Ilustración de Aimeé Cervantes Flores

Los perros quieren subir

a jugar a la creación.

Hacía calor y faltó la cerveza.

La canción era,

a pesar del ladrido presente,

el cielo de mi pasado.

Creo que los versos nacen

tras la cena,

aunque gruñan en las bardas

los mastines;

creo que un verso es…

algo que arde en los labios

y que sólo puede apagar un beso.

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El fin de las crisálidas || Cuento de Edgar Loredo

¡Maldito creador! ¿Por qué me hiciste vivir? ¿Por qué no perdí en aquel momento

la llama de la existencia que tan imprudentemente encendiste?

SHELLEY

Decide ir al sótano y concluir el proceso. Después de semanas de planeación, sabe que debe mantener la cordura, pues una acción precipitada arruinaría todo.

Recuerda cómo, en distintos lugares de la ciudad, colocó trampas y tras esperar noches enteras, por fin consiguió capturar a sus «orugas», mismas que han de transformarse ahora en algo hermoso. Asimismo recuerda cómo en sigilo las trasladó a su casa y adecuó el sitio para que disfrutasen de una estancia apacible. Es consciente de poder truncar su objetivo en esta última etapa, por ello, se concentra al máximo. Desciende apoyándose en el barandal; la luz mortecina, verdosa, surge del improvisado invernadero y parece cautivarlo. Dos hileras de focos aumentan la temperatura del lugar al encenderse. A pesar de ello, apaga los ventiladores y enciende la calefacción. Su propio sudor le incomoda y asquea.