Ramón || Cuento de Ana Torres

Sam se me presentó con el adorado cotorro de mi abuela en el hocico. El cuerpo verde de Ramón estaba lleno de baba de perro y tierra, pero sin vida. Vi a Ramón como nunca pensé verlo: muerto.

Ramón llegó a la casa de mis abuelos cuando mi papá tenía unos meses de nacido; hoy tiene 45. A veces se me imaginaba que Ramón era como un hermano de mi papá, una especie de tío con demencia que hablaba solamente cuando se le daba la gana, como esos familiares que ocultan las familias porque padecen de algo. Nadie supo nunca cuántos años tenía Ramón; los suficientes para andar volando y llegar a estrellarse en el jardín de mi abuela. A lo mejor Ramón escapaba de otra familia, o tal vez quería ser libre y acabó preso de nuevo en esta casa donde lo adoraron, donde tuvo una jerarquía importante y donde acabó sus días lleno de baba dentro del hocico de un pinche perro, porque Sam, aunque tenga nombre de persona, no tiene status y nadie se imagina que él es mi hermano. Sam sólo es un perro sin jerarquía en la familia y para mi abuela siempre ha sido “tu pinche perro”. No sé cómo pasaron las cosas que llevaron a Sam a meterse a Ramón en la boca, pero espero que esto no fuera una venganza en el reino animal.

Mi abuela lo bautizo como Ramón porque quería que mi papá se llamara así, pero a mi abuelo le gustaba Ernesto. Mi abuela dice que en unas cosas hay que ceder y que hay que elegir nuestras batallas, por lo que a mi abuelo ni si quiera se le ocurrió sugerirle un nombre para el cotorro. Ramón es tan parte de mi abuela, tan parte de esta casa, tan parte de esta familia, que desde que tengo uso de razón a mi abuela la llamo “Abuelita Perica”. A partir de ese momento perdió el Perica. Yo le di el nombre y se lo arrebaté.

Mi abuela vive a dos casas de la mía. Por las tardes paso a visitarla porque a mí y a Sam nos gusta su jardín, ese jardín donde caen pericos que viven por años. Mi abuela tiene una fuente y a Sam le gusta chapotear ahí. Ella siempre termina diciéndome: “No sé como aguantas a ese perro”. Creo que no le tiene cariño porque ya sabía que en algún momento Sam se podía echar a Ramón.

Sam soltó el cadáver de Ramón y lo dejó a mis pies como si fuera la pelota con la que jugamos por las tardes.

Tomé a Ramón. Estaba tieso. Me sentí triste, pues era una parte importante de la familia. Tenía mas años en esta casa que yo. ¿Cómo iba a decirle a mi abuela lo que había pasado? ¿Con qué cara le mostraría el cuerpecito verde y contarle el indigno final para tan digno ser? Me sentía capaz de confesar cualquier otro crimen, incluso que yo fui la que le prendió fuego al terreno baldío de la esquina, por el que tuvieron que desalojar a Carmela, la de la tiendita, por una horas, pero no la muerte de Ramón. La culpa me pesaba menos si la cargaba en secreto. Si los demás lo sabían, la culpa no se iría jamás y por cada persona que lo supiera, la culpa aumentaría de peso como una báscula a la que cada uno le va a agregando el peso que considera justo. No les iba a dar el gusto a mis tías. Soy muy joven para cargar con tanto.

“¿Y si dejo a Ramón nuevamente dentro de su jaula?” Total nadie podía evitar que el perico muriera, digo, de mínimo tenia 45 años. Supongo que ya se habían hecho a la idea que este día llegaría y capaz que hasta pensarían que se había muerto pacíficamente y sólo se había quedado dormidito, que hasta en su carita se le veía la paz, que se había ido cuando nos vio a todos realizados, que había muerto con dignidad y que le habían dado calidad de vida y también calidad de muerte. Lo limpié lo mejor que pude, le quité la tierra cuidadosamente y lo dejé dentro de su jaula otra vez. Que mi abuela perdiera a Ramón era algo que pasaría en algún momento, pero que yo fuera la culpable le traería doble tristeza. Mientras mi abuela estaba en la cocina, porque siempre tenía algo que hacer ahí, no me atreví a verla a la cara y sólo grité: “Abuelita Perica, me voy porque tengo que terminar mi tarea”. Entré a mi casa y esperé que el teléfono sonara y que mi mamá me dijera “tu tío Ramón ha muerto”. Por alguna extraña razón, eso no pasó. Era como si Ramón, el perico inmortal, en verdad fuera inmortal, o había resucitado o yo qué sé.

Al día siguiente fui a la prepa, por la tarde pasé al jardín de mi abuela y fui a la jaula de Ramón. Tenía miedo de encontrarlo vivo o reemplazado por otro perico idéntico, pero no, la jaula estaba vacía, sin Ramón. Bueno, sin su cadáver que limpié y puse tan delicadamente ahí. ¿Cómo es que no estaba pasando nada? ¿Cómo es que no se estaba preparando un funeral en ese momento? ¿Mi abuela sabía que Ramon había muerto? ¿Dónde estaba el cadáver y por qué todo sigue igual que ayer ?

Fui a la cocina y mi abuelita Perica tenía algo en el horno.

—Hija, ¿te esperas a que salga el pastel de piña?

—¡Mmmmm, qué rico! Sí, claro. Mientras te lavo estos trastes.

Mientras yo lavaba los trastes, mi abuela estaba callada. No se estaba quejando de nada, cuando normalmente se queja de todo. No me estaba hablando de nadie, ni de mis tías, las que juraban que Ramón iba ser el heredero de la casa cuando mi abuela muriera. Yo no sabía cómo dirigir la plática hacia el perico. Ya no tenía más trastes que lavar y mi abuela estaba sólo mirando fijamente el interior del horno. Ramón tenía el don de saber con precisión cuándo lo que estaba en el horno estaba listo. Silbaba y mi abuela sabía que lo que fuera que se estuviera horneándose, estaría en su punto.

Terminé de lavar los trastes y me senté a lado de mi abuela para contemplar junto con ella el interior del horno. Tenía ganas de abrazarla, de pedirle perdón, pero cada minuto que pasaba hacía que todo se hiciera más grande y peor.

De pronto, mi abuela se paró y sacó el pastel de piña del horno. Ella sabía que Ramón no silbaría más, pero ¿por qué hacía como si no pasara nada?

—Ese Ramón ya está chocheando. No silbó para avisarnos que estaba listo el pastel —le dije para parecer graciosa. Sí, otra mala decisión. ¿Por qué quería ser graciosa en ese momento?

—Murió —me lo confesó como queriendo cambiar de tema.

Dejó el molde del pastel en la rejilla donde solía enfriarlos, se quitó los guantes floreados con los que tomaba las cosas calientes y se puso a hacer un glaseado de limón.

—Abue, pero ¿de qué murió?

—No lo sé. Pásame el azúcar glas, por favor —dijo tajante.

Entendí que no hablaríamos más del perico en ese momento. La notaba triste, pero de una forma rara, o eso me parecía a mí, porque yo juraba que el día que Ramón muriera, mi abuela se moriría con él. Y en lugar de triste, estaba más bien preocupada.

Regresé a mi casa y le pregunté a mi mamá:

—¿Tú sabes qué le pasó a Ramón?

—Pos’ dice tu abuela que sólo se murió, que fue la edad, que este día llegaría y que no queda de otra más que seguir adelante. ¿Tú cómo la viste ? ¿La notaste triste?

—Pues no sé si triste, pero sí la sentí rara conmigo.

—Hija, cómo va a estar rara contigo si tú eres su consentida. De seguro andaba pensando en qué mas podría ponerse a limpiar, porque nunca se cansa. Yo creo que por eso pasa tanto tiempo en la cocina. Más que cocinar, le gusta ensuciar para poder limpiar.

Pasaron un par de días más y mi abuela seguía en otro planeta, cada vez más distante y encerrada en sus pensamientos. No la vi llorar ni una vez por la falta de Ramón. A veces quería confesarle a mi abuela la verdad, pero eso era imposible, porque ahora no sólo sería la culpable de la muerte de Ramón, también me habría de convertir en la persona que sádicamente limpió el cadáver verde y, con toda la saña y malicia del mundo, lo volvió a dejar en la jaula. Que Sam matara a Ramón fue un accidente, pero que yo sembrara el cadáver en la jaula era malévolo. Un golpe directo hacia mi abuelita. La imagen que yo tenía de mí misma después de hacer todo lo que había hecho era la de una persona desquiciada. Cuando me contaba la historia, me parecía atroz. Quería hablar con mi abuela, pero no podía y ella hacia muchos esfuerzos por parecer normal. Hablaba conmigo unos minutos y luego volvía a estar dispersa.

Le pedí a mi abuela que hiciéramos empanadas. Le dije que la veía triste, que le haría bien para olvidarse por un rato de la ausencia de Ramón. En realidad yo quería hablar con ella, saber qué sentía, qué había pasado después de mi genial idea de acomodar el cadáver de un ser querido. A veces pienso que habría sido mejor desaparecerlo y que todos creyeran que Ramón había volado desde de donde había venido para morir.

—Abue, ¿extrañas a Ramón? —le dije mientras amasábamos.

—Sí, hija. Fueron 45 años, los mismos años que tiene tu padre, sólo que a Ramón fue más fácil educarlo —fingió reír de su propio chiste.

—¿De qué murió y por qué no hablas de eso?

Mi abuela se quedó callada, tomó aire, dejó de amasar, se limpió la harina de la frente y me hizo una seña con el dedo que me indicaba que la siguiera. La seguí, entramos a su habitación, me pidió que cerrara la puerta, subí con miedo, pensaba que a lo mejor mi abuela tenía embalsamado a Ramón de contrabando por algún lugar de su habitación o que me enseñaría el ticket del taxidermista al que había llevado su cuerpo para heredármelo, porque yo tenía que cargar por siempre con el muerto, literalmente, pero mi abuela comenzó a hablar en voz baja para que nadie la escuchara.

—No había hablado con nadie de Ramón porque no quería que se preocuparan por mí. Te voy a decir, porque creo que eres la única que no va a juzgarme. Júrame, mijita, que no les vas a decir a nadie lo que vas a escuchar. A lo mejor si te cuento el muertito me pesa menos.

—Dime —le susurré mientras nos sentábamos en la cama y nos tomábamos la mano como señal de que estábamos juntas en eso. Mi abuela no podía saber que ya la había embarrado en ese desmadre desde cuándo.

—Yo sentía que Ramón iba a irse pronto. Lo veía cansado, comía muy poquito. Una mañana bajé a revisarlo porque hacia frío y lo vi ahí tendido en medio de su jaula. Murió de viejo mientras dormía. Se veía tranquilo y en paz y yo me sentí igual. Ramón fue un inesperado compañero de vida. Era muy temprano, no amanecía todavía. Decidí enterrarlo en el jardín. No le dije a nadie porque no quería que se preocuparan por mí o que comenzaran a ponerme excesiva atención, o que tus tías comenzaran a burlarse de que ahora a quién le iba a dejar esta casa si ya se había muerto mi heredero. Ese día siguió como de costumbre. Tú viniste a alegrarme la tarde y pasé la primera noche sin Ramón. Al despertar quise deshacerme de todas sus cosas: su jaula, su plato de comida, sus juguetes. Cuando me acerqué a la jaula, descubrí que Ramón estaba otra vez ahí, en la misma posición que lo había encontrado un día antes. ¿Cómo, si yo lo había enterrado? Yo misma vi cómo iba muriendo, yo misma cavé el hoyito donde puse el cuerpo de quien conocía desde hace 45 años, yo misma le agradecí su compañía y le dije: “Vuela, Ramón. Eres libre”. Pero tengo miedo, Pau. Miedo de mí, de que yo fuera a sacarlo de la tumba sin darme cuenta. Miedo de que yo haya inventado todo. Miedo de que la primera muerte de Ramón haya sido una premonición, o de que tal vez viviera yo dos veces el mismo día en el que Ramón murió. Miedo de que Ramón no quiera irse. Miedo de que regrese y que vuelva a regresar, porque a lo mejor ni muerto quiere ser libre. O a lo mejor no se ha dado cuenta de que está muerto. No tengo a quién contarle lo que me pasó, porque si antes quería evitar que se preocuparan por mí, ahora quiero evitar que me metan a un manicomio, porque yo amé al Ramon vivo, pero el Ramon muerto no me gusta.

Mientras mi abuela me contaba su angustia yo sentía que ya no importaba nada, que daba lo mismo confesar o tratar de repararlo. El peso del cadáver de Ramón de pronto tenía un peso que no podía cargar. Me sentía como Atlas intentando cargar mi mundo por una pendejada. Si confesaba, podría ser que mi abuela no me creyera y que pensara que sólo lo decía para que se sintiera mejor, porque cómo su nieta iba a ser capaz de profanar un cuerpo. Lo único que se me ocurría era aprender a cargar el peso que yo solita me había echado encima y dedicarme, a partir de ese momento, a que mi abuela no perdiera la cabeza. Siempre creímos que eso pasaría cuando Ramón muriera, pero nunca de la forma en la que pasó por mi culpa, porque Sam nunca mató a Ramón, nomás’ lo desenterró.

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Autora: Ana Torres (Celaya, 1982). Es lincenciada en Administración Turística. Creó una tienda en línea de accesorios para bebés. Escribe narrativa desde sus experiencias.