De este lado || Cuento de Alan Rolon

Acá la frontera quedó marcada por el río que cortaba en dos a La Boca, según la firma de unos tipos que no vinieron sino hasta mucho tiempo después de que dispusieron tal orden. Amanecimos un día con la noticia, y al principio no nos significó nada, sólo nos sorprendió ver un montón de gente llegando en camionetas enormes e impecables. Después, cuando algunos de nosotros quisimos cruzar el puente como de costumbre, nos dijeron que no se podía. Ahí empezaron los problemas y los malentendidos. Ellos no comprendieron nuestras razones, y mucho menos nosotros las suyas. Los comuneros aparecieron y dialogaron toda la tarde con esas gentes que decían venir de la capital, que mencionaron que la jurisdicción sería por ahora federal, pues nos habíamos convertido en frontera.

No nos quedaba claro porqué se había decidido así, pues a ambos lados crecían pinos, mangos e higueras, y hasta las garzas pasaban volando de un margen a otro sin problemas. Es decir, el rio nos unía, era parte del pueblo como cualquier casa o patio. Pero pusieron patrulleros a rondar en las orillas y levantaron torresillas desde donde vigilaban el terreno, apoderándose así del lugar, y nosotros obedeciéndoles cuando nos decían que al rio no nos podíamos meter.

Dijeron que las fronteras son para dividir culturas e ideologías, pero eso nos lo dicen personas que no tienen ni idea de cuántos parientes viven repartidos a un lado y al otro del río. Esas aguas nunca fueron vistas por nosotros, ni por los abuelos, ni por los abuelos de estos, como una barrera. Muy por el contrario, de hecho, construyeron balsas para cruzar, aunque no sabemos desde qué lado cruzaron primero. Pero como dice mi tío, eso es lo de menos, el río es, ―no «era», como pretenden que digamos a partir de ahora― parte importante de nuestra comunidad. Un pilar fundamental de la cultura y de quienes vivimos en La Boca, pues por décadas los pescadores salían al alba y lanzaban sus redes, en una danza que a decir de mi padre, recordaba los cortejos de las garzas que en la ribera anidan.

He visto gente que dice que viene desde muy lejos de nuestro territorio, enviados por el gobierno para poblar las zonas fronterizas. Por nosotros está bien, más personas con quienes comerciar y para conocerlos. No obstante, hay un hecho evidente. Según los documentos, son nuestros paisanos, pero no veo en ellos nada parecido a nosotros. Nuestras costumbres les parecen extrañas y viceversa, hablan raro y con palabras que nos resultan desconocidas, y hasta su color de piel es más claro que el nuestro. En mi opinión, pareciera que los han traído del otro lado del océano, no como los que están cruzando el río, a quienes nos une un legado generacional. Podría decirse que somos la misma cosa. Para mi tía, tenemos más en común con los extranjeros, que con nuestros compatriotas.

Una vez el hijo del carpintero, que se había quedado del otro lado, burló la vigilancia de la patrulla y llegó todo mojado al umbral de la casa. Mi madre encendió la chimenea y fue por ropa limpia, mientras mi padre traía una toalla y el café. Nos dijo que todo seguía igual por allá, sólo habían llegado unos cuantos soldados a imponer orden, cosa innecesaria a decir verdad, pues nunca hubo gran tumulto hasta el día en que llegó la comitiva gubernamental con la extraña y en apariencia inútil nueva de un cambio de fronteras. Mi mamá preguntó que entonces para qué tanto drama para escabullirse, si no estaba huyendo, a lo que el hombre dijo que nomás quería saber cómo estábamos acá. Es que no sé nada, ni siquiera sé decir si la frontera cruzó de allá para acá, o de acá para allá. Mis padres se miraron en silencio. Tampoco ellos supieron contestarle.

La vida siguió con pretendida normalidad, extrañando a los primos y amigos atrapados en la otra orilla. El hijo del carpintero consiguió volver a su hogar, alegando que había estado de viaje por los poblados de la ciénaga y no se había enterado de ningún tema concerniente a la frontera hasta ahora. Los comuneros de ambos márgenes se reunían en un cuartel construido de aquel lado, cerca del río. Mi padre no iba con ellos, no le gustaba discutir de política. Mientras el cobre con el que seguía fundiendo cazuelas y ollas nos llegara todavía de este lado, prefería no inmiscuirse en esos asuntos. Semanas después nos juntaron en el puente, y un militar canoso anunció que tenían buenas noticias para nosotros y demás tantos pueblos que quedaron en la frontera. Entre los murmullos escuché resoluciones tan prácticas como descabelladas. Para fortuna de todos, fue del primer tipo. Después de hacerle una extraña encuesta general a cada familia en sus domicilios, nos entregaron individualmente una tarjetita con nuestro nombre, foto y otras cosas que confirmaban que quien la mostrara era el dueño. Ahora podíamos ir y venir por el río sin ningún inconveniente. Cuando me encontré con un par de amigos míos en el primer cruce que hice, nos percatamos de que mi tarjeta era azul, y las de ellos negras. Se ve más bonita así, como el río, dijo uno de ellos. En la noche se ve como las de ustedes, respondí. Hicieron un puente más amplio unas calles más allá, de concreto y con faros. Las huestes que cambiaban de ribera por unas cuantas horas chocaban, se saludaban y se mentaban madres, como habrían hecho en cualquier rincón del pueblo unos meses atrás. Como ahora todos podíamos caminar de un lado a otro de la frontera, en algún momento nos cuestionamos para qué carajo servía esta. Tanta faramalla indescifrable de un gobierno u otro.

Como no nos poníamos de acuerdo en la función de aquella línea, lo vimos como un adorno burocrático, aunque apenas estábamos conociendo el término, que se lo escuchamos decir a un comunero al referirse al tipo que mandaron desde una ciudad cercana para que fungiera como regidor. Y cierto era que lo único que había cambiado era un registro que había de hacerse cada que cruzabas el puente. Después me enteré, por un conocido, que a los pescadores se les había hecho tramitar, aparte de la tarjeta con su foto, un permiso para pescar, no fuera que alguno de ellos se cambiara sin previo aviso de orilla y desembarcara tan cómodo como se venía haciendo desde hace años. De manera que concluí que la diferencia radicaba en la proliferación de papeles con los nombres de cada habitante en ambos márgenes del río.

Una vez jugábamos billar en la terraza de un botanero, con el calorón del mediodía apenas mitigado por la brisa del río, cuando vimos a la distancia, a unos cien metros de la casa más alejada del pueblo, que de unos camiones bajaron metros y metros de valla metálica. Me pregunté a quiénes les estaban evitando el cruce, y hacia cuál de los dos lados. De nosotros, a ninguno, ya que todos teníamos nuestras tarjetas, y hasta los que llegaron a poblar con sus palabras raras traían ya las suyas. Me voy a cruzar cuando las pongan, dijo un primo mío, nada más queriendo hacer la maldad. Uno de con quienes íbamos dijo que mejor se fuera en lancha hasta el mar, que no estaba tan lejos, y que de ahí le diera para el otro lado, a ver qué le hacían a pesar de tener su tarjetita.

Sin embargo, después de la colocación de la valla, supe para qué servía la frontera, ignorando si esto último vino con lo primero. Iba cruzando el río después de anotar mi nombre en el registro, cuando noté que al final del puente se erguía muy firme y soberbio, un letrero que casi me provocó un vuelco de lo inaudito de su aparición e incómoda existencia. Su caligrafía a palo seco me daba, casi con una sonrisa que aún sigo odiando, la bienvenida a «Nuevo La Boca». Giré mi cabeza y vi otro letrero, allá en la orilla de donde yo venía, igual de reluciente y ostentoso, con un sencillo «La Boca». Desde aquel momento sentí la ruptura. En el momento en el que me adentré en ese otro pueblo que ya no era el mío, el aire fue diferente. El semblante de aquellos habitantes que tantas veces vi aquí y allá, figuraba enajenación, y los percibí extraños, tal como creía que ellos me miraban, con esos ojos lejanos. Que una de las dos partes cambiara de nombre indicaba de manera tajante que la división era real, y era algo que no pude soportar. Podían poner sus vallas, podían pedirme un registro cada que cruzaba, pero aquello que suponía la insignia imperturbable de nuestro La Boca quedaba sólo como mero trámite ausente de significado. Aunque quise asir en mí la sensación de pasear por mi pueblo y andar en ya recorridos senderos, evitando percibirme como un simple forastero, pisar Nuevo La Boca me retorció el estómago, y corrí de nuevo a mi lado del río.

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Autor: Alan Rolon (Colima, 1996). Ha publicado ensayos en semanarios y cuentos en suplementos literarios universitarios. Interesado en la literatura, la hermenéutica y los estudios respecto a la cultura.

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