Etiqueta: escritores mexicanos contemporáneos

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El Torso – Cuento de Seth Nahúm Contreras

“It’s gruesome.
That someone so handsome should care”

Johnny Marr – Steven Morrissey

“En la escuela, guapo?” 

El Torso me envía mensajes desde la mañana. Imagino que lo hace cuando va de camino al trabajo, con su clásica camisa blanca cubriendo su oscura mirada; su nariz definida y alargada; sus líneas marcadas; su boca pequeña, oscura y un poco abierta; y su barba que apunta a lugares misteriosos.

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Ríos – Microrrelatos de Joaquín Filio

Por traer flores a casa

Perdonadme, guerras lejanas (…)

W.S.

Mi madre murió bajo una guirnalda de flores poco antes de cumplir los cuarenta. En homenaje a la abuela dejó que las margaritas invadieran su cuerpo. Tomaron a los pulmones por pradera, entre espasmos de aire, haciendo de la radiografía última viñetas paisajistas. Durante los años finales mi padre ejerció la locura. Lo encerraron en un cuarto incierto, bajo el insomnio de los antidepresivos. Decía que encontró en las flores un camino  hacia su infancia y de tanto repetirlo se internó al jardín oscuro de la demencia. Yo muy joven sembré un ciprés en mi cabeza y no me atreví a bajar de nuevo. Ahora espero, marchito, a que el otoño vuelva infalible con sus ventiscas y escándalos y carnavales a la habitación  veintitrés del Hospital Santa Rosa pabellón de oncología, a presenciar el infértil pero bondadoso acto de la fotosíntesis.

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Frankie, no veas dentro del sombrero – Cuento de Alenka Ríos y Yair Hernández

Antes de conocer a Don David, yo tenía una vida normal. Me dicen Frankie y nunca me gustaron los trucos con cartas. Tampoco mi nombre, Francisco, por eso utilizaba el apodo que me puso mi mejor amiga. Era un mago callejero, aunque antes de eso trabajaba en fiestas, pero el primer día que hice trucos en la calle gané más dinero y me la pasé mejor que en una de esas jornadas frente a niños dispersos y groseros.

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Astrotarot – Cuento de Seth Nahúm Contreras Sánchez

“Hola. Sé que habíamos acordado ya no hablarnos, pero no aguanto más. No me gustó la forma en que terminamos. Quisiera platicar contigo y aclarar las cosas. Acabo de llegar. Estoy en un hotel. Quiero verte mañana en el Parque Hidalgo a mediodía. No te preocupes, llevaré cubrebocas y me mantendré a distancia. Nos vemos más tarde. P.D. Si decides no ir, lo entiendo. Cuídate».

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Cocina – Poemas de Dante Vázquez M.

Vivimos en un mundo material, y sólo somos capaces 
de comprender lo que se ofrece visiblemente a nuestros sentidos. 

Stefan Zweig

I

Sus letras 
simbolizan la nostalgia 
del café de olla 
que preparaba la abuela, 
la seguridad 
del plato de frijoles negros
en la mesa, 
la alegría de nuestra madre
al enseñarnos
a freír un huevo en el sartén. 

Condimentar la vida se aprende. 
Oler el paso del tiempo se hereda. 
Capear la tristeza se aprende.
Inventar la lista del yo se hereda.  
Nosotros sazonamos los días.  
Adobar la voz interior nutre el ser.

La chispa de los rituales aviva 
fuego del corazón de toda historia. 

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Bingo, el payaso – Cuento de Amado Salazar

—¡Daaaamas y caballeros! ¡Ésta es la primeeera llamadaaa! ¡Primeeeera llamadaaa! —resonó por las bocinas la voz afelpada del maestro de ceremonias.

En su remolque destartalado, Carlos oyó el anuncio y revisó su reloj: apenas le quedaba tiempo para arreglarse. Desganado, se levantó de su catre oxidado y buscó su rostro en el espejo. Su reflejo lo tomó desprevenido: no se reconoció a sí mismo, a esa maraña de arrugas que lo miraba al otro lado, como desaprobándolo, desde la severidad de sus ojeras.

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Campeón viejo – Cuento de Ismael Mendoza

Recuerdo bien al viejo. Sentado en su rincón, inmóvil, ausente. Estatua de cobre que respira. Nudillos hinchados, cicatrices abultadas y un ojo ciego. Reposaba entonces en su banquillo como tanto tiempo atrás, esperando el siguiente campanazo, con el cuerpo inclinado hacia adelante, como ansiando salir para poder saber si aún quedaba algo de lucha en sus cansadas piernas. Gruñía, refunfuñaba y se quejaba. Sobaba sus costillas maltrechas intentando sacarles un golpe que hace mucho dejó de estar ahí. Luego apretaba sus nudillos doloridos e hinchados, pasaba la mirada por las cicatrices de sus manos mientras hacía recuento de qué fractura llegó en qué pelea y cerraba sus puños con fuerza para hacer crujir sus articulaciones.