El Torso – Cuento de Seth Nahúm Contreras

“It’s gruesome.
That someone so handsome should care”

Johnny Marr – Steven Morrissey

“En la escuela, guapo?” 

El Torso me envía mensajes desde la mañana. Imagino que lo hace cuando va de camino al trabajo, con su clásica camisa blanca cubriendo su oscura mirada; su nariz definida y alargada; sus líneas marcadas; su boca pequeña, oscura y un poco abierta; y su barba que apunta a lugares misteriosos.

“Claro, galán. Necesito estudiar para entrar en la universidad».

Le contesto mientras estoy en clase. Desde niño, me encanta ver cuerpos desnudos. Comencé descubriendo mis propias formas, cuando me estaba bañando. Disfrutaba verme en el largo espejo del baño, y que mis dedos recorrieran y reconocieran cada parte de mí, de arriba hacia abajo. Luego, mientras iba con mi familia de compras, me quedaba viendo a los maniquíes masculinos decapitados de las tiendas de ropa, perdido en mi contemplación primitiva y espiritual. Deseaba verme así cuando fuera mayor.

“Eso es todo! Ojalá hubiera dicho lo mismo a tu edad. Y qué vas a hacer cuando salgas?” 

Como mi padre murió poco después de que nací, aprendí con mi madre sobre las partes de mi cuerpo. Sin embargo, fue hasta la escuela cuando me di cuenta de que sabía muy poco. Me gustó saber que no sólo podía identificar lo que veía por fuera, sino también lo que se encontraba en el interior. Cuando podía, iba a la biblioteca escolar para pedir libros de biología, medicina, historia del arte, fotografías del mundo… Todo lo que me permitiera seguir contemplando pieles, músculos, vellos, senos, pezones, cicatrices, marcas, lunares, ojos, narices, orejas,  bocas, dientes, cabellos, manos, pies, brazos, piernas, uñas, penes, vulvas… Todas las maravillas de la reproducción celular. 

“No sé. Creo que iré a comer fuera y andaré vagando por un rato. No llegará nadie a casa hasta muy tarde”. 

Cuando llegué a la secundaria, comenzaron los cambios corporales y la preocupación por mi apariencia. Comencé a salir al parque para hacer ejercicio y con ello descubrí cosas nuevas sobre mi identidad. Hace unos años, cuando pasaba por los aparatos de calistenia, encontré a un hombre musculoso sin playera haciendo barras, subiendo y bajando su cuerpo al ritmo de su sonora respiración. En cuanto lo vi, me detuve y decidí quedarme a contemplarlo en una banca cercana. Nunca había visto a un espécimen masculino semidesnudo de carne y hueso. Admiré su belleza física y también sus imperfecciones: su cabello despeinado y mojado, sus gestos de esfuerzo y cansancio, sus pechos velludo disparejo, sus brazos con cicatrices, y sus piernas sin mucho trabajo muscular. Desde ese momento, reconocí que los hombres me atraían más que las mujeres. 

“Qué bueno! Casa sola por un tiempo. Por cierto, me gustaron las fotos que me mandaste la otra vez. Se nota que tienes tiempo de hacer ejercicio. Me encanta ver tu abdomen. Te voy a mandar una mía en cuanto pueda ir al baño”.

Uno de los libros que me gustaba ver cuando era niño era una Biblia ilustrada que estaba en la casa de mis abuelos. Me quedaba contemplando una pintura de la creación, con Adán y Eva en el Paraíso, pero me intrigaba lo que escondían debajo de sus cinturas. Me preguntaba si Adán también habría tenido lo mismo que yo. Un día, fue tanta mi curiosidad que fui a preguntarle a mi abuela al respecto, pero el regaño y los manazos me dejaron en claro que no debía hacerlo. “¡Chamaco indecente! No ande hablando de esas cosas. Qué no ve que Dios lo va a castigar. Deje esos libros, que no son para niños”. Mi madre se enteró de todo y no se volvió a hablar del tema en casa. Afortunadamente, con mis maestros de la escuela aprendí sobre penes, testículos, glandes, uretras, anos, próstatas y demás, y sobre masturbación, caricias, estimulaciones y toqueteos con mis compañeros del salón. Más adelante, yendo solo al cibercafé de la colonia, pude indagar acerca de mi orientación y adentrarme al amplio universo de la sexualidad humana. 

“Gracias. La estaré esperando. Hago lo que puedo. Espero que durante el prope pueda seguir haciendo ejercicio para mandarte más fotos. Tú sigues estando muy sexy”.

Nunca me sentí atraído por mis compañeros, pero sí por algunos maestros y hombres mayores que veía por la calle. Me imaginaba cómo podrían ser sus cuerpos y deseaba tener visión de rayos X para poder admirarlos. En cuanto descubrí en redes sociales los grupos de hombres gay que compartían fotos, me emocioné y no tardé mucho tiempo en unirme a ellos. Sin embargo, que las imágenes fueran para todos no me gustó del todo. Quería compartir mi cuerpo sólo con alguien especial y que esa persona hiciera lo mismo, así que decidí salirme y cambiar de estrategia. Fue cuando me uní a las apps de ligue, que para mí han sido lo ideal. Me gusta ver el menú de recuadros disponibles: hombres con cara y descabezados; de frente y de espaldas; velludos y depilados; con y sin piernas; con ropa y sin ella; con tatuajes y sin ellos; con cicatrices y con Photoshop… Tuve miedo de que alguien me descubriera en su galería, así que comencé con fotos sin mi cara, pero con el tiempo fui rompiendo mis propias barreras. Hasta el momento, he preferido a los hombres que no muestran su cara, pues es lo que menos llama mi atención. De esta manera, ignoro quiénes son, y si me los encuentro en la calle, no pasa nada, puesto que no podría reconocerlos. Por el momento estoy probando; no estoy buscando sexo, sólo a alguien que me muestre quién es de verdad, sin trucos fotográficos, para hacer lo mismo y que ambos disfrutemos de nuestros cuerpos. En cuanto me piden vernos, les dejo de escribir.

“Gracias por el comentario. Bueno, en un momento verás un poco más de mí.”

Conozco a El Torso desde hace unos meses. Es con el que me he escrito por más tiempo. Platicamos sólo lo esencial. Casi no le hago preguntas, para continuar con mis ilusiones. Él tampoco me cuestiona mucho; supongo que también tiene fantasías conmigo. Me gusta ver cómo su cuerpo está comenzando a envejecer, a pesar de que sigue yendo al gimnasio. Me fascina que me envíe fotos cada semana y poder admirar sus huesos, venas, músculos, vellos y estrías. Yo me tomo fotos cuando mi madre no está. Aprovecho para encontrar los lugares más iluminados, con el fin de que El Torso pueda verme en mis mejores ángulos. Al principio le mandé fotos con algo de vergüenza, pero ahora que sé que le gusta mi cuerpo, me siento más cómodo y con ganas de experimentar. 

“Te estaré esperando, vaquero”.

Le dije a El Torso, mientras cruzaba la puerta de la prepa. A veces, nos escribimos mensajes eróticos. Imagino cómo podría ser el sexo entre nosotros, pero aún no me siento listo para eso. Él tampoco me lo ha pedido, pero suelo pensar en ello. No sé si en el futuro pueda darse algo con él, pero por el momento, estoy abierto a que pueda pasar. 

“Te mando un beso”, escribió Gerardo, mientras bajaba del carro para comer con su familia. 


Autor: Seth Nahúm Contreras Sánchez (Guanajuato, México, 1987). Profesor de Español, escritor, astrológo y tarotista. Fanático de las estrellas, los juegos, las cartas y las historias en cualquiera de sus formatos.