Soy chilango, hijo de padres chilangos y abuelos chilangos. La ciudad corre en nuestra sangre y también por nuestros ojos. Comencé a conocer a la capital mexicana en viajes de fin de semana: mis tíos y mi madre crearon una simbiosis veraniega, así que pasábamos el estío en Puebla y el resto del año salíamos cada sábado por la inmensa metrópoli. Los lugares eran diversos: Coyoacán, la Villa de Guadalupe, el espacio escultórico universitario, el Centro Cultural de la UNAM, el jardín botánico, el centro histórico, Reforma, etc. Poco a poco me volví adicto a sus edificios, sus avenidas, sus parques. Nací aquí, en la noble y leal ciudad de los encuentros.

