muchas veces me equivoco y me entierro en una sombra,
debajo de tus sabanas la sangre puede vomitarse como un arcoíris
y algunas fotos que te hice el año pasado
Creación literaria. Narrativa, poesía, minificción y otros híbridos.
muchas veces me equivoco y me entierro en una sombra,
debajo de tus sabanas la sangre puede vomitarse como un arcoíris
y algunas fotos que te hice el año pasado
A Max Aub
El muy pendejo se subió al bus y, pistola en mano, dijo cáiganle con todo hijos de su putamadre, así que lo amagué, le quité el arma y pum, le di justito en la cabeza. ¿Quién es culpable? ¿Él por haber tenido en verdad la intención de matar o yo por haberlo hecho?
La muerte no asesina,
la muerte guarda lo que ama.
Una rosa, a los pies del mausoleo, es evidencia
de algún ser humano que sobrevivió a la guerra.
Entre los tejidos y las pieles,
entre los pétalos y las grietas de las columnas,
se esconde algún poema
que buscará vencer a la muerte.
Pintura: Muerte de Alfonso XII de Juan Antonio Benlliure
“Yo no quiero que al escuchar la tierra
Joaquín Prada
preguntes quiénes son los muertos”
Traigo
las flores que prometí
y no hay abeja capaz de extraer
cada lágrima con las que crie su pétalo,
no hay abeja capaz de fecundar
con este polen estéril otra rosa marchita.
Traigo mi peor sonrisa
cada diente es un soldado
cada mancha en ellos una familia
que en la incertidumbre de una guerra
no sabe dónde quedará el cadáver de los recuerdos.
Ilustración de Aimeé Cervantes
Cuesta trabajo abrir los párpados al amanecer después de otra noche intentando dormir. La mirada pesa, los ojos duelen. Siento que floto, como si mi cuerpo estuviera inflado con helio. De un momento a otro levitaré. Humecto mis ojos con un gotero que lo mismo podría contener fuego. En el espejo observo que las ojeras se levantan bajo mis ojos como un muro infranqueable que prohíbe entrar al sueño. Mis ojos se tornan más negros, más pronunciados mis gestos. Llamo al trabajo para pedir otro día de descanso. El jefe me otorga el permiso y me recomienda un psiquiatra, el tercero en lo que va del año. “Claro que sí, Julio. Tómate el tiempo que quieras a cuenta de tus vacaciones”. Cuelgo. Mi casa fría, blanca, vacía, es una perfecta analogía de mi corazón roto, duro, estéril. Por la falta de sueño agrego sal a la leche, azúcar a la carne, miel a la pasta. Si existe la vida después de la muerte debe comenzar así.
Los pajarillos cantan inadvertidamente altísimos atropellan la noche en su ambición lopusca El tecolote ulula todavía lambiscando los cráneos de la eternidad los cardenales —la mano se vuelve lepra al escribir esta palabra— regurgitan su […]
Cuando era pequeño mi madre pensaba que la arruinaba a teléfono cuando pasaba por mi habitación y me oía hablar con mis yoes en diferentes idiomas. En función del día, empleaba una lengua u otra, […]
Al principio fuimos aire, ligeros y fluidos
sin esperar nada ni ofrecer más que un respiro. Un soplo.
Luego fuimos agua, intensos, profundos
juntos un caudal: destrozamos piedras, abrimos caminos.
Fuimos materia constante, sin forma. Vastos.
Ilustración de Aimeé Cervantes Mientras me miraba en el espejonegué haberme conocido.Quien sea o lo que sea que soynunca estuvo de acuerdo en reflejar la verdad. * Los collares de coral,los rubíes, las perlas y […]
Ilustración de Aimeé Cervantes
Eran las tres de la mañana cuando los policías se juntaron debajo del puente, donde vivía el Puntas y la Negra, donde por lo menos una vez a la semana atropellan a un güey, y donde hacía dos minutos habían atropellado a un cabrón. El cuerpo del infeliz había ido a dar al colchón improvisado de la Negra. Ella estaba tan empedrada que apenas notó un poco de humedad en los periódicos que usaba como sábanas. Pensó, incluso, que otra vez se había meado. Cuando te criqueas no te aguantas, pinche viciosa, le decía el Puntas. La mera neta, a lo único a lo que le hacía el Puntas era al activo y a la chela, hasta eso no era tan drogo. Había logrado dejar el foco con los madrazos que le pusieron en el anexo a los 19. Le sufría en el pinche anexo, ahí lo metieron sus tías que disque lo querían un chingo. Logró escaparse en uno de esos días que salían a vender dulces a las micros. No le dio la vuelta a la ruta como debía y se bajó en Viaducto. Ahí mero estaba el puente en el que haría su casa. Hogar, dulce hogar, decía cuando venía de la tlapalería de comprar su correspondiente estopa. Ahí mero conoció a la Negra, que un día llegó vagando con un niño en brazos. Al principio, en su alucín, el Puntas creyó que era un muñeco porque el pinche chamaco ni lloraba ni se movía. El cabrón, el pinche mojón negro, estaba muerto y el Puntas tuvo que arrebatárselo para tirarlo a la basura. Desde ese día, hay veces que el Puntas escucha llorar un morro antes de dormir, pero entre más activado esté, más fácil lo ignora. Ahí mero se quedó la Negra un buen tiempo.