Discurso metafísico sobre la muerte || Poema de Emilio Paz

Sobre la esperanza de los muertos

La muerte no asesina,
la muerte guarda lo que ama.

Una rosa, a los pies del mausoleo, es evidencia
de algún ser humano que sobrevivió a la guerra.
Entre los tejidos y las pieles,
entre los pétalos y las grietas de las columnas,
se esconde algún poema
que buscará vencer a la muerte.

Pero la muerte es hermana,
es un parto que viene desde las entrañas
y que nos va consumiendo, lentamente,
así como el tiempo consume
las luces del sol, de la luna, de los astros azules.

Dios omnipotente,
que todo lo ve, que todo lo oye,
que todo ama a la muerte que todo lo guarda.

Un niño, en medio de una balacera,
la calle oscura se llena de rosas rojas
y un gato maúlla, acompañando al pequeño
en ese largo peregrinaje que nos lleva a los Elíseos.

Campo de batallas, campo de plumas,
campo que se esconde entre los genitales
de los amantes que se entregan al olvido.

Eternidad / báscula que pesa las penas humanas
cuando se acabaron los nombres para los pecados.

Una madre con su hijo en brazos / sin nombre /
comiendo de lo que sobra de la gente,
como una canción de protesta,
mirando al gentío en esa trinchera armada
con cartones, llantas e ilusiones.

La muerte ronda
en forma de bala.

¿Y Dios? Observando desde palacio
mientras se contempla el infortunio,
pero la muerte no es la mala,
solo guarda los deseos de los caídos,
la buena nueva de los olvidados.

En Verdún aún quedan sombras sin padres,
pequeños tallos de huesos grises
que dan de beber a las plantas.

En Hiroshima hay una sombra pegada al suelo,
hay una ilusión que quedó pisoteada,
pero la muerte verifica que aún no estén olvidas
las penas de los ancianos.

“El mar es salado por la lágrima de los muertos”
y los peces son los gusanos carroñeros
que sobreviven por algún inmigrante que jamás llegó
                                               a buen puerto.

Lilith protege a los suyos
mientras Eva se martiriza en olvidar a Adán
y Adán sigue buscando el sacrificio ideal
para escapar de las garras huesudas.

¡Ay la muerte! Siempre presente
como el aire que se respira,
como el latido que viene y va,
como la lágrima de un corazón roto.

La muerte no asesina,
la muerte guarda lo que ama
y la muerte ama
todo lo que posee la vida.

La vida está prisionera del tiempo.

La muerte está prisionera de lo eterno.

***

Autor: Emilio Paz Panana (San Martín de Porres, Lima, 1990). Egresado de la carrera de educación, especialidad de Filosofía y Religión, por la Universidad Católica Sedes Sapientiae. Autor de “Septiembre en el silencio” (Club de Lectura Poética, 2016), “Laberinto de versos” (La Tortuga Ecuestre N° 384, 2018) y “La balada de los desterrados” (Ángeles del Papel Editores, 2019), así como también de la Antología Virtual “Discursos Estéticos” (Liberoamérica, 2019). Poemas y cuentos suyos aparecen en diversas antologías y publicaciones en medios impresos y electrónicos de Perú, México, Costa Rica, Ecuador, Chile, Argentina, Estados Unidos, India, Brasil, Venezuela, Rumania y España, siendo traducidos al inglés, portugués, rumano y tamil. Obtuvo el IX Premio Internacional de Cuento y Poesía “El Parnaso del Nuevo Mundo” 2019 en la categoría de cuento, así como el Mes de las Letras 2017 por su poema “¿Qué es la poesía?” otorgado por la Fundación Marco Antonio Corcuera. Ha publicado ensayos académicos en torno a la relación entre estética, educación y poesía. Actualmente dirige el blog “El Edén de la poesía” (https://edenpoetico.wordpress.com) y ayuda a coorganizar los recitales benéficos Las voces del colibrí y la revista Kametsa.

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