Categoría: Dosier

Dosier trimestral de creación y crítica

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Ukiyo (la magia del instante) – Poema de Rosa Martínez Guarinos

Cuentan que las flores blancas de sakura
se tiñeron con sangre
en incontables primaveras,
que a orillas del Kamo los amantes
compiten en la dulce crueldad del seppuku
y que de sus labios nacen
hebras de seda y miel.
Cuentan que en yozakura
los espíritus del amor
escapan de sus conchas oceánicas
y acuden a lugares remotos,
llevando en sus brazos de viento
los ecos del origen.

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Otherness

Fast food Magi(K). Magia en tres frentes: Arte, sociedad y tecnología – Ensayo de Iván Méndez

Ilustración de Iván Méndez

Otherness
Dibujo vectorial
2018

Cuando se piensa en la palabra magia los referentes actuales son un trío de mocosos haciendo levitar objetos, transformándose en otros seres con una poción multijugos o cruzando los cielos ingleses al lomo de un hipogrifo. La cruel industria del entretenimiento se ha apoderado del concepto, en consecuencia, nuestra idea de magia hoy es equivalente a la lógica de la comida rápida, lista para abrir y consumir, despojada de su significado relevante gracias a la era industrializada y el kitsch emanado de la cultura pop.

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El niño interior – Cuento de Edis Namar

Did you exchange
a walk-on in the war
for a leading role in a cage?

R.Waters y D. Gilmour

Prólogo

Era el remanente de un sueño de los últimos días: como de seis años, enclenque, con sus manitas de ventrílocuo, de estatura más baja que todos los niños, parado frente a una mesa con una jaula cubierta de un retazo de tela negra; una concurrencia expectante en un jardín iluminado por un sol cálido; una vocecita que dice: “Abracadabra, que aparezca un pájaro”. Silencio. Por algún motivo, no descubre la jaula. Un hombre grita desde el público: “Navarro, eres un imbécil; eso ni siquiera rima; por eso, no te salió el truco”. Y aunque él y su nariz afilada lo exasperaba, eso era lo de menos. El niño hubiera despojado la tela de no ser por el pavor que, de súbito, se esparció por su cuerpo. Sin una secuencia intermedia, como si hubiera desunido sus átomos hasta aparecerse enfrente de la mesa en sus contornos de Nosferatu, el hombre empujó al niño y quitó el retazo de la jaula: una cabeza se encontraba tras las rejas. “Te dije, Navarro, eres un tarado; apareciste otra cosa”. Mientras que el niño reconocía de quién era la cabeza, de ésta salía expulsado el ojo izquierdo.

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A la orilla de la muerte – Cuento de Fernanda Andablo

La perdí una vez y para siempre. No pude rescatarla. Todavía veo su rostro al cerrar los ojos: su sonrisa parecía aceptar su destino sin remordimiento alguno, pero sus ojos eran una súplica. Yo, más que nadie más, había ignorado todas las señales. O no. No las había ignorado, sino confundido. Nadie sabía el dolor de verla desaparecer en las profundidades. ¡Un suicidio! Qué idea tan más descabellada. Ella no se había suicidado. Luchó hasta el último segundo.

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Relatos de una bruja – Celeste Orozco

Aroma

El aroma a bruja es siempre reconocible entre brujas. Una siempre sabe si hay otras en la cercanía, ya sea por el aroma o por la energía que cargan. El aroma a bruja consiste en el humo que desprenden los inciensos o los sahumerios, hierbas, especias y, a veces, comida. Aunque la combinación de todos estos aspectos parezca común y ordinaria, la verdad es que hay otro algo detrás de todos estos olores. Debajo del incienso y las hierbas, está presente el aroma crujiente y eléctrico de la brujería. Entiéndase “brujería” como el conocimiento del balance de la energía, una forma de espiritualidad y el conjunto de las raíces ancestrales que han trabajado con estos poderes durante décadas, entre muchas otras cosas que engloba.

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¿Tiene el Tarot todas las respuestas? – Ensayo de Mar Alaffita Castillo

Lest even my dreams should conspire
to fill my heart with unrest

Cecil French

“Toma el mazo y barájalo siete veces” es la frase con la cual suelo iniciar la ceremonia ritual de Tarot, misma que utilizo para dar respuesta a preguntas que alguna vez todas y todos hemos albergado: ¿aún piensa en mí?, ¿encontraré trabajo pronto?, ¿cuándo dejaré de sentirme tan sola/o?, ¿qué me depara el futuro?

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La pócima – Cuento de Eduardo Viladés

Lo que menos me gusta de la gente es que siempre tengo la sensación de que debo justificarme en su presencia, encontrar una socapa que me permita afrontar la angustia que me causan los demás. Con el transcurrir del tiempo no tengo miedo a la soledad porque las personas son infinitamente más peligrosas. Creo que a mi edad estoy en mi derecho de pensar así. Tengo 200 años. 200 años y dos meses. Desde que era pequeña he sido diferente a las demás niñas. No tengo término medio, algunas personas me adoran y me veneran como si fuese el vellocino de oro y otras me detestan porque no soportan mi rapidez mental ni mi desparpajo. Así que tengo que lidiar entre quienes me llevarían a un museo para ser admirada como una obra de arte o los que me encerrarían en una mazmorra de una prisión del extrarradio con un bozal bien prieto. Mi abuelo era un mago muy poderoso que elaboró un elixir de la eterna juventud. Físicamente era el horror, su rostro parecía un cataclismo, una mezcla entre Juan Tamariz y Torrebruno. Mentalmente era muy inteligente. Había heredado las enseñanzas de Merlín el Encantador, a quien conoció en el siglo XIV en sus andanzas persiguiendo doncellas por los bosques de Nottingham. De Inglaterra se asentó en la zona de los Pinares de Rodeno, en Albarracín. Teruel le parecía un reducto abandonado del Sur de Europa, pero tenía alma misionera y quería dar una oportunidad a esa parte del mapa, en especial porque había oído que los niños no eran felices y no asimilaban el tránsito como algo natural. Dado que su rostro era difícil de ver, y a pesar de que las inglesas de aquel siglo no se caracterizaban precisamente por el recato, no prosperó en el terreno amatorio, pero sí en el campo de la magia y la clarividencia. Con perejil de Monterde de Albarracín, diente de serpiente del Kilimanjaro y sudor de jirafa de Tramacastilla elaboró una pócima que detenía el envejecimiento. Un día que llegaba del colegio, hasta arriba de barro y con la mente en el cocido que me prepararía mi madre, se empeñó en que la bebiese. Yo era muy tonta y no sabía decir que no. El abuelo llevaba semanas intentando convencer a mis padres y el resto de miembros de la familia para que probasen el elixir, pero le daban largas o le decían que tenían un pollo en el horno. Recuerdo que el pobre hombre se pasaba todo el día yendo de lado a lado de la casa con el bote de cristal en la mano, como si fuese un entrevistador de los que te encuentras en la calle Preciados intentando venderte una conexión de dieciséis gigas. Me he adelantado de siglo, pero prefiero contextualizar lo que cuento que después no se me entiende y me pongo neurasténica si tengo que empezar a dar explicaciones. Desde que tomé el elixir me gano la vida dando charlas improvisadas acerca del pasado. Suelen ser lecturas dramatizadas por la zona de la Torre del Andador. La gente alucina al ver a una muchacha hablando de la desamortización de Mendizábal y el reinado de Fernando VII. Mi abuelo tuvo la deferencia de explicarme el secreto del elixir cuando yo accedí a tomarlo. Sabía a rayos y me quedé medio traspuesta tras ingerirlo, pero fue cuestión de cinco minutos, aquello que notas un súbito retortijón en la boca del estómago como cuando te excedes con el curry en una cena de empresa. Mi trabajo no me mata, pero con la crisis no me queda otra. Ahora, con el corona pululando, no te quiero ni contar. He hecho de todo, que dos siglos dan para mucho, y reconozco que añoro los tiempos en los que trabajaba como ejecutiva de una empresa de alta cosmética o la etapa en la que fui concubina de un marqués. Lo bueno de pasar media vida en parques y a la intemperie es que no tengo horarios y que gozo de un color de piel envidiable, una especie de moreno albañil que me sienta de maravilla. Y eso que vivo en Albarracín, no en las Seychelles, pero el sol turolense es de otro cariz. Hoy quiero que pruebe el elixir Eduardo, un niño que está sentado aquí con el resto de chavales y que se hace el loco para que no le saque al escenario. Cuando lo pruebas, el envejecimiento se detiene. Mis padres decidieron que yo lo tomase cuando tenía dieciséis años y me quedé anclada en esa edad. Afortunadamente ya me había desarrollado lo suficiente y tenía apariencia de mujer hecha y derecha, con curvas de escándalo, buenos pechos y mirada felina. No me quiero imaginar lo terrible que hubiera sido pararme en los doce años, en plena tierra de nadie. Aunque en un primer momento pensé que mi familia no estaba interesada en los sortilegios de mi abuelo, con el pasó del tiempo descubrí que habían sido mis padres quienes le habían convencido para que fuese yo quien probase el elixir. Era la inteligente de la familia y querían que mi legado se perpetuase para siempre. Digo yo que deberían habérmelo consultado pero, en fin, ya se sabe cómo son las madres. Me hace gracia porque mi madre también lo probó y sigue a mi vera desde entonces. Hay un pequeño problema que a ella no suelo contarle. Y es que todo cansa en abundancia, hasta la vida… 

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Musa – Cuento de Tania Yareli Rocha Hernández

Voy por un sendero añoso y polvoriento que da a la catedral. Está a un par de kilómetros de mi casa. Me agrada ir a tocar por las tardes porque la acústica es buena y, como está abandonada, me siento a mis anchas. Un rato después termino en el antiguo recinto de ladrillos grisáceos. Me gustan las siluetas angelicales esculpidas en sus muros.

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Ilustración

Abecedarium Magiae

Ilustración de Sofía Elvira Tello Moscarella

Acabo de doblarme el tobillo. Sé que no es un esguince porque mi familia es de tendones fuertes, pero igual me duele. Tengo miedo de que mi lesión afecte el marcador y, por ende, el torneo. Sin darme cuenta, A ya está a mi lado, y me pregunta si estoy bien. Le digo que sí —aunque casi siempre es mentira porque no quiero que piensen que soy débil— y me levanto rápido. Me vuelvo a caer, entonces me llevan entre él y alguien más a una banca. A se dirige a la covacha por un botiquín, vuelve y me hace la plática. Jamás había hablado con él, aunque seamos del mismo equipo.