Autor: Primera Página

Primera Página es una plataforma digital y cultural dedicada la difusión, la crítica y el fomento a la creación artística a través de distintas manifestaciones. Las opiniones aquí vertidas son responsabilidad directa de los autores que las emiten, y no del sitio como tal.​
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Cuántas nubes (o encara persisteixen els núvols baixos) – Cuento de Gabriela Almanzar

Para Sam

Encara no ha arribat l’estiu, decía la Laia porque no, aún no llegaba el verano, se encogía de hombros y se enrollaba la bufanda en el cuello una vez más. La bufanda que se extendía hasta la cintura y el cuello que soportaba al menos dos vueltas adicionales. L’estiu no ha arribat, repetía la Laia mientras se calzaba las botas hasta la rodilla y miraba por encima del hombro para asegurarse de que Emilia la escuchaba, de que Emilia no dormía. No, no cal portar impermeable, decía la Laia mientras elegía el abrigo del día, mientras lanzaba todos los que no lo serían sobre la cama, sobre la alfombra, sobre las medias sobre la alfombra. I tu què faràs avui has de hacer algo hoy, preguntaba afirmando la Laia y collons, deberías moverte hoy, buscarte algo, alguna coseta, decía la Laia mientras los labios rojos y las pestañas largas y un giro rápido frente al espejo. Me voy, fins després y la puerta se cerraba tras ella. Y se abría de nuevo. T’estimo, Emilia, muchísimo. Y de nuevo el golpe de la puerta y el eco de las botas que se apresuraban a bajar las escaleras de dos en dos y nada más. Entonces Emilia se sabía sola, enterraba la cabeza en la almohada y gritaba. Entre plumas, entre hilos, entre blanco. Luego miraba al techo y extendía los brazos. Parpadeaba. Sólo parpadeaba. Por qué siempre le hablaba en catalán. Estiraba las piernas y movía los dedos de los pies, dedos independientes que movía uno a uno, para que la sangre fluyera. Todo olía a la Laia. A la Laia y su perfume ácido y astringente que se pegaba a la tráquea y la obligaba a retrasar el desayuno. La Laia que sólo le respondía en catalán pero que, a los demás, castellano. Y ella queriendo aferrarse a su español, no queriendo perder eso último que le quedaba de quien había sido.

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Convergencia entre Gayatri Chakravorty Spivak y Donna Haraway: ningún conocimiento es objetivo

La producción de conocimiento científico y filosófico occidental ha presumido de ser objetiva. De ahí que se hayan creado unidades mistificadas y universales presentadas como categorías analíticas supuestamente ajenas a las relaciones de poder. Esto influye en aquello que identificamos como la verdad, en nuestras maneras de conocer el mundo y de relacionarnos con las personas. En este sentido, la propuesta de la filósofa estadounidense Donna Haraway sobre el conocimiento situado deconstruye la noción de objetividad y permite estimar que el conocimiento es localizado y contingente. Esta perspectiva también guía el ensayo ¿Puede hablar el subalterno? de la crítica literaria y filósofa Gayatri Chakravorty Spivak. 

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El Torso – Cuento de Seth Nahúm Contreras

“It’s gruesome.
That someone so handsome should care”

Johnny Marr – Steven Morrissey

“En la escuela, guapo?” 

El Torso me envía mensajes desde la mañana. Imagino que lo hace cuando va de camino al trabajo, con su clásica camisa blanca cubriendo su oscura mirada; su nariz definida y alargada; sus líneas marcadas; su boca pequeña, oscura y un poco abierta; y su barba que apunta a lugares misteriosos.

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Fragmentos de Entomemas – Daniel Vega Tavares

[Apunte][1]

Pienso demasiado insistentemente y con frecuencia asqueado en insectos, pero aun así salgo a caminar para encontrarlos y vuelvo hecho un manojo de nervios. Me lleno de valor para fotografiarlos y los dibujo piloerecto con una irritación terrible en la mejilla que rasco como si tuviera ácaros rojos recorriéndola en círculos, círculos rojos y pequeños circulando.

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Configuraciones del (tú)yo – Poema de Emilio Paz Panana

Frente al espejo, sólo soy un reflejo.
Frente a Dios, sólo soy una creatura.
Frente al otro, sólo soy un distinto.
Soy un tú, soy un yo,
soy la hegemonía / soy la decadencia
soy el triunfo / soy la derrota
soy el blanco / soy el negro.
El diablo me abraza y veo un reflejo
que se confunde con mi rostro.
Desvirtualizo mi propio reflejo
y no me veo, veo a otro.
Soy otro, soy un cuerpo, soy un alma,
soy una combinación diferente 
que se mezcla con el capítulo último
del Apocalipsis. Soy el cinturón
que se rompe durante la guerra.
¿Quién soy? ¿Por qué soy lo que soy?
No soy mi creador, pero me creo el día,
no soy mi verdugo, pero me aplico un corto
a un centímetro de velocidad al día.
El reflejo sobre el agua,
todos somos Narciso, 
todos somos un tú(yo) de alguien
o somos el (tú)yo de nuestro dolor. 
El cielo, la marea,
el festejo oculto de la luna,
que el misterio de la hegemonía se desprende
y la noche aconseja el misterio.
La diáfana pregunta de siempre: ¿quién soy?
Y sólo soy la ausencia del otro,
pero el otro, presente, es mi inexistencia.
Puedo sobrevivir en su memoria
o morir en su indiferencia.
¿Quién soy? El otro, mi madre,
me ha dado nombre, y yo, como creatura
le he dado nombre a más cosas.
Pero no soy Adán. 
Soy Eva desterrada,
soy los hijos perdidos,
soy Abel asesinado por Caín,
pero también soy Caín asesinando a mi padre.
Lilith, la única con fortuna,
es la otra que se pierde en la memoria. 
¿Quién soy? ¿Quién soy? 
Le imploro a Dios 
para encontrarme en el camino,
pero incluso, yo soy Dios,
soy mi propio creador.
Soy el tú-yo 
de una dicotomía necesaria.
El otro soy yo, 
yo soy el otro de un misterio.

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“¿Por qué el precio de la libertad no puede ser la libertad en sí misma?”: Valentina Sachetti – Entrevista de Juan Muciño

Hay viajes de los que, aunque se vuelva a casa, ya no se regresa. A veces no habías visto tanto verde en toda tu vida, o comiste el omelette más rico del mundo en un restaurancito de tres mesas o viviste Diario de una pasión en una piscina; a veces encuentras tu vocación y otras regresas decidido a dejar tu trabajo, tal vez subiste una montaña y te hallaste tan alto como hace mucho no lo habías estado, o reencontraste la vida en una tina de baño. En cualquiera de los casos, infinitos y al mismo tiempo cada uno particular, después de viajar no se vuelve siendo la misma persona.

De esto nos habla Pacífico Norte, el primer largometraje de Valetina Sachetti con el que nos invita a recorrer las carreteras del norte de nuestro país de la mano de sus protagonistas —casi tan literalmente de la mano como el cine nos lo puede permitir—.

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Síndrome – Cuento de Lizeth Jacqueline Gutiérrez Pérez

El cielo estaba despejado, no existía el cúmulo habitual que irremediablemente se mostraba en esa época del año; en consecuencia, el sol arrojaba sobre la ventana su fastidiosa luz. El viento ese día pudo haber sido amable, pero se ausentó totalmente, cansado de mi estado de ánimo que, sin explicación alguna, se encontraba nublado. Las sonrisas satisfactorias de mi familia encendían un fúrico sentimiento en mi pecho.

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Sopa de tomate – Cuento de Karla Paola Cabrera

Me desperté con ese sabor en la boca que me recordaba a mi infancia, la época más feliz y despreocupada de mi vida. Eso es justo lo que necesito, un alimento para el alma más que para el cuerpo. Eso terminará con mi mala racha, con mi mal genio y con el cansancio infinito que me tiene arrastrándome desde hace semanas. Busco la receta. Estoy seguro de que la he copiado. Se la había pedido a mi abuela, le había rogado que sea especialmente detallada para limitar la posibilidad de desastre, siempre presente. Eso de «una pizca de sal», «un poquito de pimienta»… No, señor. Dame medidas exactas. La cocina es química, ¿no? ¿Qué experimento se hace con una pizca de óxido de magnesio y un poquito de cloruro de potasio? Ni hablar. Receta para el desastre. Por eso, mi abuela, después de mucho renegar, me había hablado en cristiano y tenía las cantidades exactas para que sea perfecto. Y será perfecto cuando encuentre el condenado cuaderno donde la apunte. Carajo. ¿Lo habré perdido en la mudanza? Imposible. Estoy segurísimo de que… ¡Bingo! Veamos…

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Personificaciones – Poemas de Edwin Efraín Maldonado Díaz

Justificación de mi mala suerte

la suerte se sienta
con sus dos caras probables
fumando y murmurando uno que otro prejuicio
qué poco elegante el que va de tenis
ha de traer pisando también el corazón
no está de moda llevar la nostalgia en un collar
ni los gustos grises de la ropa
quiere disimular cuando la miro
jugar a que no me atraviesa
los huesos
a que no vislumbra 
en mí
una casa embrujada 
por la apatía
fuma y desvía la mirada
escupe [por escupir]
tremendas bocanadas de humo
con voz ronca dice nada
aunque intenta
[políticamente]
decir un perdón