Sesgos y perspectivas: “Feminismos descoloniales latinoamericanos para principiantes”, de Karina Ochoa Muñoz

Resulta abrumador pensar en las consecuencias vigentes de un hecho acaecido hace quinientos años, como lo fue el arribo de embarcaciones europeas a costas americanas. El proceso de colonización del sur global ha dejado heridas abiertas en todxs nosotrxs, queramos verlas o no. Lo bello, lo que valoramos, nuestras formas de cooperación y nuestra idea de poder, así como el modo en el que están constituidas la política y la sociedad tiene una relación directa con los sistemas coloniales instalados de una manera violenta, especialmente en los cuerpos de mujeres racializadas. Por ello, Karina Ochoa Muñoz, en el Material de Lectura número uno de la serie Vindictas. Pensadoras feministas latinoamericanas, se da a la tarea de explicar la relevancia de un feminismo descolonial y de la categoría “colonialidad de género” propuesta por María Lugones.

Sin embargo, para poder llegar a ese punto, resulta menester asentar una reflexión común en torno a por qué el pensamiento descolonial es necesario, pero también cuáles son los hechos históricos que motivaron esta epistemología contrahegemónica. Pareciera que dicha introducción al feminismo descolonial vale no sólo para el libro en sí mismo, sino para todas la series publicadas en el marco del proyecto Vindictas, ya que uno de sus objetivos principales es visibilizar la labor teórica y artística de mujeres latinoamericanas para poder descolonizar nuestras lecturas e interpretaciones. 

La labor de Karina Ochoa es en verdad loable, pues resumir en menos de cuarenta páginas el surgimiento del pensamiento descolonial en América Latina, hacer un breve repaso por la historia colonial y finalmente plantear el concepto de la “colonialidad del género” es una labor de una lucidez y de un compromiso ético y político extraordinario. Entre líneas podemos vislumbrar su intención de poner a nuestra disposición, con un lenguaje accesible, pero sin perder su rigor crítico, una síntesis de las investigaciones realizadas durante toda una vida, tanto la suya, como la de María Lugones. No obstante, también retoma los análisis planteados por otras pensadoras que han puesto su energía vital en estudiar un hecho tan intrincado y encarnado en nuestros cuerpos como la colonización y el colonialismo. Ellas, a través de sus teorías y prácticas cotidianas, han generado propuestas para cauterizar nuestras heridas. De esta forma, no sólo su trabajo, en muchas ocasiones no tan difundido, sino nuestra propia vida termina por ser reivindicada desde la experiencia y resistencia colonial. 

En un primer momento, nos encontramos ante una invitación: adentrarse en un debate capaz de interpelar a los pueblos excolonizados, recuperar aquellos saberes convenientemente invisibilizados, proponer otras genealogías en donde el núcleo no sea la reproducción de discursos coloniales y participar de manera activa en un diálogo feminista descolonial impulsado por María Lugones —en nuestros pensamientos desde su fallecimiento en 2020— en donde se pone de manifiesto la estrecha relación entre las categorías de raza y género como sistemas de opresión. 

Para hablar de la profusión del pensamiento descolonial, Karina Ochoa nos sitúa en coordenadas espaciotemporales específicas. El fin de la Guerra Fría supuso un reordenamiento geopolítico mundial y el enaltecimiento de la ideología capitalista. Esto último tuvo efectos tangibles en Latinoamérica, pues la mayoría de los países fueron utilizados como experimentos para indagar en las posibilidades del neoliberalismo. Sin embargo, la maldición puede ser una virtud: América Latina se volvió un laboratorio, pero también tierra fértil para articular movimientos que, mediante una imaginación radical, propusieran alternativas ante la ferocidad de los sistemas de dominación. 

Al enfrentarnos a la pregunta de qué hacer con lo que tenemos, debemos pensar cómo llegamos hasta donde estamos. Para proponer otras opciones de futuro fue necesario recurrir al pasado y a las implicaciones de la “empresa civilizatoria colonial moderna”. El llamado “giro descolonial” se volvió una fuente vasta de pensamiento, de donde abrevamos la identificación de jerarquías establecidas en la colonización, la teorización en torno al colonialismo interno que configura subjetividades e imaginarios y la imposición colonial de género. 

El apartado sobre la historia colonial revela el lado oculto de las narrativas eurocentristas, lo cual deriva en una experiencia lectora pasmosa. Y quizá originada desde el dolor. Karina Ochoa comienza criticando la enseñanza de la historia “universal”, que sólo se centra en Europa y en el colonialismo, negando así las historias de otras culturas y civilizaciones desarrolladas en diferentes coordenadas del mundo. Todo ello es producto de dispositivos de invisibilización hacia las aportaciones de Asia y Medio Oriente al mundo, así como la manipulación de narrativas para que Europa se viera representada como el único grupo “civilizado” y referente de la modernidad. Dichas operaciones, más que ingratas, son absolutamente cínicas, pues, en palabras de Hobson citadas por Karina Ochoa: “el ascenso de Occidente dependió por completo de lo que les había ofrecido el no Occidente”.

La autora recupera algunos hechos desconocidos para la mayoría a manera de ejemplos, como el vínculo entre la caída del imperio musulmán y la posibilidad de colonizar América debido a una cuestión geopolítica (el aprovechamiento de rutas marítimas en el mar Atlántico), y a que el “acceso a la producción de los clásicos griegos […] sólo fue posible a través de las traducciones que en el Al-Ándalus y en el mundo árabe se hicieron”, entre otros. 

Nuevamente, sale a la luz la necesidad de un pensamiento descolonial que demarque otros ritmos y cronologías a los impuestos desde Europa. Al negar el nacimiento de la modernidad en el siglo XVIII y proponer sus albores en 1492 —cuando inició la empresa colonial—, abrazamos la idea de que Europa no es el único sujeto histórico del mundo. Además, podemos visibilizar que, de ese suceso mal llamado “descubrimiento de América”, se desprende una nueva estratificación: la “raza”, como principio organizativo, de sumisión y división del trabajo. En este nuevo sistema coercitivo, la racialización se vivió a manera de proceso y ejercicio constante. Las personas fueron “destinadas a tratos inhumanos” y además “se les asignó el lugar de bestialidad y barbarie, de no-humanidad”. Lo que resulta francamente aterrador es que estos patrones de mandatos, nos dice la autora, “siguen siendo vigentes hasta nuestros días”. 

Ante la constante actualización y metamorfosis del colonialismo, que jamás pierde su norte, se debe considerar tanto el problema racial, como la imposición del género. El término “colonialidad de género” es imprescindible para comprender la doble violencia padecida por los cuerpos racializados y feminizados. Su aportación es también valiosa, pues cuestionó las ausencias analíticas dentro del primer círculo de pensadorxs descoloniales latinoamericanxs “en torno a la violencia patriarcal de sus teorizaciones”. Más concretamente, evidenció algunos sesgos de Aníbal Quijano —uno de los pensadores latinoamericanos clave para comprender la colonialidad y la modernidad—, ya que pasó por alto las diferencias fisionómicas y el heterosexualismo como patrones de dominación, además de que no interrogó al género como imposición colonial, dando por hecho que eran dimensiones existentes antes de los procesos de conquista, cuando fueron y son construcciones coloniales y eurocentradas. 

Considerar nuestra sociedad fuera de binomios sexo-genéricos es una tarea ardua, pero es una de las más apremiantes que tenemos. Si logramos pensar en un tipo de organización y socialización no basado en el género como un principio ordenador del poder, tal vez nos acercaremos un poco más a la libertad. Para poder concebirnos “fuera de la caja”, María Lugones retoma las reflexiones de la indígena cherokee Paula Gunn Allen y la feminista nigeriana Oyeronke Oyewumi, quienes evidencian, en palabras de Breny Mendoza “cómo en etapas de pre-intrusión colonial, algunas sociedades habían desarrollado sistemas de género muy distintos a los de Occidente”. Aquellas cosas que damos por sentado —como las categorías “hombre” y “mujer—, así como la operación de volver el cuerpo físico un cuerpo social, no lo están y son pilares pertenecientes a la imposición colonial. En el caso de las sociedades yorubas, por ejemplo, era más importante la diferenciación por edades que el género en cuanto a la organización social. Se menciona también cómo la población nativoamericana yuma tenía la tradición de designar el género de una persona a través de sus sueños, sin determinantes biológicos; asimismo, Paula Gunn refiere otras comunidades nativas americanas donde la homosexualidad era el tercer “género” y no existían jerarquías de ningún tipo. 

A nivel de vínculos, el patriarcado no sólo ha limitado nuestras subjetividades, sino que la imposición de género ha cancelado otras posibilidades y sistemas de reciprocidad. Y esto resulta lamentable. Pero reflexionar sobre esto, nos mueve a cuestionarnos, incomodarnos e imaginar de qué otras formas podemos generar vínculos, considerando sujetos distintos a los acostumbrados y otras formas de crear comunidad basadas en la horizontalidad. 

La última reflexión que la autora recupera de María Lugones es el sesgo desde el pensamiento, incluso feminista, en torno a la categoría “mujer”, debido a que presenta una brecha racista: siempre se ha seleccionado como representación de las mujeres a aquellas que son burguesas, blancas y heterosexuales. Abrir la mirada y considerar las experiencias vitales de mujeres no privilegiadas y/o racializadas es el inicio de un camino que busca sacudirnos el régimen colonial tan enraizado en nuestros cuerpos y la no-cooperación dentro de las lógicas del poder impuestas por un régimen colonial, patriarcal y racista. Por ello, Karina Ochoa pone a nuestro alcance una lista de autoras para poder profundizar en el tema como un gesto de que el debate no se agota en las páginas del cuadernillo, sino que es conocimiento vivo, capaz de crearse y reproducirse desde los saberes colectivos. Tiempos desafiantes claman otras apuestas reflexivas y perspectivas distintas, complejas y afectuosas. 

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