Reinicios – Prosa poética de Rosa Martínez Guarinos

I

En el refugio se respira un aire viciado de carencias. La expectación va abriendo grietas en el muro. Hay filtraciones también o flujo de fantasmas. Escuálidos principios medran entre sombras y las linternas abren boquetes de insoportable luz. Tenemos preparado el cloro, los alimentos envasados con tripa de centuria y hambre encapsulada en ampollas de vidrio. Uno de nosotros gime algo y los gemidos tienen resonancia más allá de los cuerpos. El nuestro es un refugio donde no llega el sol, una especie de cárcel sin salida; tú bajas a su fondo, saltas las horas como un atleta del peligro, del miedo que apetece, del placer que se acaba.

Los aliados equivocan el objetivo y bombardean sus defensas. 
El jugador de fútbol mete un gol en su propia portería.
Un cuerpo ensaya la conquista y queda a merced del cuerpo que pretendía doblegar.

Una densa humareda se instala entre nosotros en el instante mismo de ACCEDER AL OLVIDO.
Es preciso REINICIAR el sistema.

II

Aceptando la nada como punto de partida, siento el crujir de la tierra bajo mis pies, las recientes cenizas de los cuerpos deshechos…
Aún escucho la frase: “Fuego, camina conmigo”.
Y estremece la torpe genuflexión del mal ante la muerte.
Se abre la brecha de una mirada en la penumbra. Ya no somos extraños. Ya ni siquiera somos los que fuimos. No hablo del recuerdo, ni de los nombres con que pudimos sobrevivir como sombras que navegan en el Ciberespacio. 

El moribundo alcanzó por fin la no existencia, se despidió anhelante. Nos escupió al hundirse. 
Negra, como lengua de muerte, la última palabra era el olvido.

Aceptando ese olvido como punto de partida regresamos al restaurante donde unos belgas hornean codornices, aplacamos nuestro apetito como caníbales amables que bendicen la mesa antes del bocado y reímos, reímos sin complejos, porque no hay muertos en las cunetas ni misiles surcando el cielo, porque la gravedad no tira de nosotros hacia abajo, hacia el centro del dolor, del miedo a perecer por nada. 
Y alguien que no eres tú espera en el refugio con un lienzo blanco sobre el rostro, atravesando el tiempo en su propia extinción.

No hay terror que no pueda apagarse con un grito, una palada de perdón, un verbo exacto.

Mensajes llegarán que no serán leídos. 

En el refugio aprendo estrategias, voy dejando más huellas que borrarán las huellas de otros nombres. 
Han pasado mil años, o tal vez un segundo. 
Ya no abro el correo por miedo a que aparezcas en la bandeja de entrada. Soy apenas diez dedos tecleando las interminables combinaciones que el azar me dispensa. Ya no hay recuerdo en mí que no se haya destilado. 
El silencio también llegó a esta prisión/refugio y tengo en la despensa provisiones para resistir otra devastación, un último desastre. Tan sólo me acompaña el OLVIDO.

III

REINICIAR.
El cálculo aprendido de la especie.
Sin lisonjas, sin duelos, sin nostalgia.
Son los ojos más negros que jamás haya visto. Con la cámara a cuestas como un reportero de guerra, acudes a fotografiar las escenas de espanto. Hay lienzos recostados cubriendo la pared, insomnios germinados en cuencos biodegradables, estampitas, collages, ceniceros rebosantes, paletas embadurnadas con todos los colores. Hueles a Máximo Dutti, un nombre evocador como de mártir revolucionario o bróker en La City. Todo es sustancia anestesiada y maleable, marejada de anhelo. 
A veces te comportas como si jugáramos a perseguirnos en un metro cuadrado de ficción. No, ya nunca nada entre los intersticios blandos del deseo. Sólo somos personajes de serie.
Todavía con la cámara al hombro, te sientas a fumar y escuchas mis preguntas: 
¿Cómo interpretas el ondeante rojo en los cortinajes oníricos de Twin Peaks?
¿En qué plano del café y la tarta de cereza se involucra la angustia del agente Cooper?
¿Qué espanto encubierto esconde la sonrisa escindida de Laura Palmer? 
Me miras con el rictus desplazado de la ironía en tu rostro, luego dices despacio, con voz distorsionada de meta realidad:
Creo que la mujer del leño es un abismo.

En el refugio hay una soga de cáñamo y unos alicates oxidados. Hay también máscaras y una caja llena de objetos tan dispares como esponjas y pinzas de la ropa. 

El moribundo había dejado abierta la ventana que daba al universo, pero antes de yacer encadenado a la sonda se olvidó de cerrar la espita del butano. Él supo antes que nadie que yo no estaría presente, que nadie lo está en el instante mismo de… 
Os aseguro que ese instante llegó y yo no estaba, aunque ahora pueda deletrear los verbos y describir la flor tan negra que salió de su boca. 
Más abajo, partiendo de su cuello hasta la mano yerta, una tela de araña se extendía finamente tejida con la sustancia de los fluidos humanos. En el centro, atrapada e inmóvil, la niña diminuta me miraba con sus ojos eternos.
Era el momento de APAGAR,
REINICIANDO el sistema.

IV

Y de nuevo el crujir de la tierra, de los cuerpos deshechos, de los pájaros desplomados con prisa. De nuevo los misiles del hombre, el desamor del hombre, un cuerpo improvisando un escenario ardido: esa taza vacía de café, las sábanas tendidas sin su dueño. Todo de nuevo intermitente: la fiebre y el menú del restaurante, la salsa derramada entre los platos, las metáforas como sucias servilletas esparcidas. El no. El cómo. Lo tal vez. Y yo, Laura Palmer susurrando en tu oído la historia que empieza cada noche, las infinitas noches olvidadas en el bucle interminable del tiempo.
Finalmente, lo que queda es el acto del REINICIO absoluto.

(¿La bolita dorada o el anillo verde de la Cueva del Búho?) 


Autora: Rosa Martínez Guarinos (Alicante, España, 1953). Estudió en la escuela de Artes y Oficios y en 1981 participó en exposiciones colectivas, hasta que en 1982 inauguró la primera individual en Cau D’Art, en Elche. Tras esta primera exposición siguieron otras, en Galería 11, MUP, Galería Casar, etc. También fue seleccionada en distintas bienales y concursos de artes plásticas. En 1988 decidió participar en un concurso de poesía. A partir de ese año comenzó a publicar. En 1989 fue seleccionada para la antología de poesía erótica Breviario del deseo (1991), obtuvo el primer Premio de Poesía Carmen Conde con el poemario Un instante infinito. En 1995 la editorial Aguaclara editó una recopilación de relatos breves La estrategia del miedo y, en el mismo año, la colección Indicios del Instituto de Cultura Juan Gil-Albert publicó el poemario Constanza. En 1996 obtuvo su primer Premio de poesía Paco Mollá con el poemario Noctumbra. Seleccionada para el Arca de relatos del Juan Gil-Albert, en el ciclo de Narrativa Breve, así como también en la Antología de poesía Alimentando lluvias de la Diputación y en el 2010 finalista con el segundo Premio del V Concurso de Relato Breve de Galería Diorama. En febrero de 2022 se publica la novela Los veranos rotos en la editorial Alamar.