Seis habitaciones del librero – Microrrelatos de Krishna Naranjo

Alimentar el desierto

El librero, en su primer ciclo, albergaba algunos ejemplares de literatura clásica. Tenía alguna idea de lo que eso significaba. Era una adolescente. Reservé, para el mueble, un sitial consagrado, el de cueva dentro de la selva del hogar. Como era un ente masculino cuyo semblante sobrio contrastaba con mi expectativa de cosmonave, lo poblé de águilas, cactáceas, hongos alucinógenos, piedras mágicas, silencios, cuencos sagrados y los libros de Carlos Castaneda, algunos de Krishnamurti, entre otros. Me prometí no tomarlos como parte de una tonta cultura libresca, pero fue justo lo que sucedió. En aquel entonces, no tenía interés para cuestiones racionales, sólo deseaba extender las alas del águila que habrían de pronunciarse en el vuelo infinito de la libertad.  

*

Del vuelo deseado

¿Mi águila? debe estar volando por ahí, en la noche en que me verá morir. El dramatismo es un auto obsequio. ¿En qué momento de los días ordinarios es posible atisbar el vuelo? Sólo en la mente-papel o en la hoja-pantalla: del lenguaje fluyen los mejores silencios que nos desautomatizan.

Mi librero abrazó la teoría literaria, diccionarios, novelas contemporáneas, libros de poesía. Un poco de todo eso. A veces siento que no quiero el librero, ni siquiera los libros, sólo la cueva. La mía: follaje lujuriante en las querencias de la tierra. 

*

Lápiz a tierra 

¿Por qué se escribe sobre el papel 
en vez de escribir sobre la tierra?
Víctor de la Cruz 

Conservo algunos cuadernos, desde los apuntes con fines académicos hasta los personales. El que uso hoy representa un desafío al lápiz como si este fuera extensión de mi pulso: desnudez que tatúa su melancolía tímida. Mi mano es el deseo por la experiencia, entonces aparece el papel o la tierra.

*

El cuaderno amarillo

Entre mis cuadernos hay uno que me provoca tristeza y dulzura. Su pasta amarilla apenas puede considerarse de cartón. Hace unos diez años, mi tía Lucy, quien vivió en estado casi vegetativo, me obsequió ese cuaderno envuelto junto a tres jabones decorativos. Una combinación rara, pero inolvidable. 

Me sorprendió su gesto porque reflejaba una aguda observación. Sería fácil decir que ella no tenía de otra por su condición inmóvil, sus fuerzas apenas le permitían masticar o mover las extremidades de la manera más básica que se pueda concebir. Pese a que la silla de ruedas fue su hogar durante casi treinta años —cayó en una extraña enfermedad paralizante a los dieciséis— y tenía todo el día para mirar, ella eligió ver

Antes de ese obsequio no había recibido una muestra de cuánto alguien conocía de mí. Fue Lucy con algo tan efectivo, un cuaderno. El más simple. Me dio un sí a la escritura. Las páginas serían tierras fértiles para levantar jardines de palabras a las que ella estaba imposibilitada. Un obsequio precioso que traza las líneas de la gratitud eterna. 

*

Mujeres de grafito 

El lápiz es un ser que para hacer se deshace.
Antonio Deltoro

Cuando asistía al taller de escritura el lápiz jugaba con mis manos frías, nerviosas. Era una maniática de la caligrafía preciosista. La memoria de mi ser, el corazón de todo cuanto soy —pensaba— debía resguardarse en un cuaderno cuyo valor recaería en su complicidad con mi silencio. Años más tarde, regresé a la hoja con el cuerpo enardecido. A veces, con el lápiz, me deshago de las intimidades. No porque estorben, sino que, llevándolas al papel, resisten. Cobran vida, erigiéndose en mujeres de grafito, bailarinas deleitándose con el espasmo de su noche: ellas me conocen a profundidad. 

*

El librero blanco y la copa roja

En mi casa había libros de pasta dura, todos eran de mi padre, pero no tenían su espacio en alguna repisa o mueble. Se encontraban dispersos en el vórtice del hogar. Luego hallaron asiento en un librero blanco que mantuvo su color original durante mi infancia, adolescencia y juventud. Las grietas familiares fueron secando, poco a poco, las paredes, las plantas, todo aquello que prometió conservar buena salud. 

Cuando salí del núcleo familiar se me heredó ese armatoste reducido a contenedor de objetos intrascendentes: libros, papeles, cachivaches. Sacudí la memoria de sus polvos y lo mandé a reparar. A mis treinta y tantos años el librero continúa a mi lado, es de color chocolate; testigo de encantamientos, señor de madera memoriosa. Por los trabajos de carpintería se eliminó una puertecita con cerradura que siempre acogió una joya paternal: la copa roja. 

Sólo mi padre sabe si ese objeto, de similar estilo modernista, tuvo algún uso ritual. En realidad, supieron más las telarañas cuyos silencios anidados reconocían mi rostro cuando, siendo una adolescente, buscaba páginas que me hicieran filtrar las emociones en la escritura. Siempre me pregunté por qué él, antes de elegir la alacena o un cajón, seleccionó esa minúscula compuerta para guardar aquella rareza. Asume que tal objeto se encuentra en buenas manos, supongo que piensa en las mías; parece ya no darle importancia. 

El librero tiene un sitio especial en mi casa, goza de mejor apariencia, lo sacudo constantemente, pero siento su vacío. Flota entre sus compartimentos el fantasma de la copa roja y todo aquello, inexplicable, que significa ahora. Tal vez la memoria, tal vez el misterio cristalizado.


Autora: Krishna Naranjo (Colima, México). Es profesora de tiempo completo en la Facultad de Letras y Comunicación de la Universidad de Colima. Ha publicado narrativa, poesía, entrevista, ensayo y artículos académicos. En marzo de 2021 recibió la Presea “Griselda Álvarez Ponce de León” que le otorgó el H. Congreso del Estado de Colima por su trayectoria en el ámbito literario. En noviembre del 2021 resultó ganadora del L Concurso Latinoamericano de Cuento “Edmundo Valadés”. Públicó los libros de poesía: Tierra de cada día, Batalla de la aurora, Principio de los árboles y del cuadernillo infantil, Beto, su secreto. Actualmente dirige la revista Interpretextos publicación semestral de creación y de divulgación de las humanidades.