Categoría: Otredades

El concepto de otro es inherente al ser humano. Pero la otredad no viene sólo limitada por las fronteras; quien se sale del normativo universal es susceptible de convertirse en otro, con todo lo que esto conlleva. Ahora bien, ¿qué ocurriría si intercambiáramos los conceptos? ¿Acaso los otros no nos ven a nosotros también como distintos?

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“Un barquito en la pared”: teatro y feminismo

Fotografías de Tomás Santos

La violencia y la discriminación han formado parte de la realidad de las mujeres desde que se ejercieron las primeras relaciones de poder para conformar sociedades en cualquier parte del mundo. En consecuencia, desde el feminismo se han intentado entablar diálogos, discusiones o debates acerca de nuestras necesidades de acuerdo con nuestra posición en el sistema. Así, además del género como forma de opresión, se han efectuado otros mecanismos de exclusión como la clase, la raza y la religión.

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Cauces – Poemas de Dante Vázquez M.

Sala

Conduce el río al caimán. Es cierto, pero corriente arriba, 
sería peor; conduciría a los dioses que crearon al caimán. 

Eduardo Lizalde

I

A mediodía el sol reposa sonriente
en el sofá arlequín.
El invierno también trae consigo calor: 
uno a uno van llegando, 
en silencio o a carcajadas, 
los monosílabos de la familia. 
Un yo es un tú en un él,
que se multiplica en un ellas, 
y en un nosotros y en un ustedes, 
en el centro cristalino de la mesa 
sobre la alfombra avellana.

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Mártires de guerra – Rusvelt Nivia Castellanos

Sin salvación

Lo conocí en la vereda del Darién. Felipe era joven como yo. Tenía unos quince años cuando aceptó contarme su anécdota. Ese día estábamos sentados en la cama de su cuarto. Yo lo escuchaba con afección. Bebíamos juntos el café. Me hablaba sobre la guerra y la paz de nuestro país. Mientras, las balas tronaban allá afuera en los campos. En lo íntimo, claro que tuve miedo por mi vida. El combate percibido parecía ser aterrador. Eso, el traqueteo de metrallas, no paraba de sonar escandalosamente a lo rayano. Ambos sufríamos la angustia. Menos mal; logré respirar hondo, me controlé con la mente y proseguí en atención con el testimonio de Carlos Felipe.

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Las vueltas de la felicidad – Cuento de Marcelo “Colo” Pascale

La felicidad estaba ahí, la tenía muy cerca. Palpable, pero inalcanzable. Para él siempre era lejana, ajena. Intocable. La música lo ensordecía, sabía que nunca la bailaría. Le retumbaban sus acordes graves, viejos, gastados, repetidos, mezclados con las risas de los niños, estridentes, agudas, chillonas. Era el tren de la vida que pasaba delante de él y no permitía que se suba, él sabía que jamás conseguirá ese boleto que lo lleve a dibujar una sonrisa.

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Apuntes preliminares sobre la otredad – Ensayo de Jorge Etcheverry

El otro está allá, al otro lado. Se me enfrenta como lo opuesto, pero en la edad moderna también nos otorga y nos garantiza la existencia como seres conscientes, pero además concretos, materiales: “La autoconciencia es en y para sí, en cuanto que y porque es en sí y para sí para otra autoconciencia», afirma Hegel en la Fenomenología del Espíritu. En pleno modernismo, Sartre ve a al otro como la mirada que nos enfrenta y nos da consistencia, nos hace existir, pero es a la vez un inevitable testigo que nos condiciona, nos fija en su juicio y se adueña de la imagen que nos define. Ya tan sólo no es el otro el bárbaro étnico y cultural, nómada, que se instala en las plazas de la ciudad y para alimentarse arranca bocados de los animales vivos ante la consternación de los vecinos, según el cuento de Kafka. Las posibilidades del otro se despliegan desde el doppelgänger que es una emanación vaga, el reverso, la sombra de uno mismo, que puede ser la sombra que te niega e invierte, desde tu misma hasta entonces inviolable e irrepetible identidad, hasta el ente satánico que se posesiona de tu cuerpo y vulnera lo más sagrado del yo, que puede perder la unicidad, ya que el invasor puede ser toda una legión. La otredad también nos puede invadir desde fuera, desde un mundo alternativo, pero quizás inverso, reflejo y donde quizás haya una contraparte tuya, la que se refleja en el espejo.

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Apocalipsis sónico – Poema de María Nebura

Custodiado entre los oídos
incapacitado para salir ordenadamente por la boca
el caos de gritos,
abarrotado
se hace materia
estruja
estruja
¡rompe!
roto el cráneo
cae al suelo del mundo de los sordos
hace del estrépito de un apocalipsis sónico,
poseída en esta avalancha
seguiré a los cuerdos que aterrados huyen de mi demencia.

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Cuántas nubes (o encara persisteixen els núvols baixos) – Cuento de Gabriela Almanzar

Para Sam

Encara no ha arribat l’estiu, decía la Laia porque no, aún no llegaba el verano, se encogía de hombros y se enrollaba la bufanda en el cuello una vez más. La bufanda que se extendía hasta la cintura y el cuello que soportaba al menos dos vueltas adicionales. L’estiu no ha arribat, repetía la Laia mientras se calzaba las botas hasta la rodilla y miraba por encima del hombro para asegurarse de que Emilia la escuchaba, de que Emilia no dormía. No, no cal portar impermeable, decía la Laia mientras elegía el abrigo del día, mientras lanzaba todos los que no lo serían sobre la cama, sobre la alfombra, sobre las medias sobre la alfombra. I tu què faràs avui has de hacer algo hoy, preguntaba afirmando la Laia y collons, deberías moverte hoy, buscarte algo, alguna coseta, decía la Laia mientras los labios rojos y las pestañas largas y un giro rápido frente al espejo. Me voy, fins després y la puerta se cerraba tras ella. Y se abría de nuevo. T’estimo, Emilia, muchísimo. Y de nuevo el golpe de la puerta y el eco de las botas que se apresuraban a bajar las escaleras de dos en dos y nada más. Entonces Emilia se sabía sola, enterraba la cabeza en la almohada y gritaba. Entre plumas, entre hilos, entre blanco. Luego miraba al techo y extendía los brazos. Parpadeaba. Sólo parpadeaba. Por qué siempre le hablaba en catalán. Estiraba las piernas y movía los dedos de los pies, dedos independientes que movía uno a uno, para que la sangre fluyera. Todo olía a la Laia. A la Laia y su perfume ácido y astringente que se pegaba a la tráquea y la obligaba a retrasar el desayuno. La Laia que sólo le respondía en catalán pero que, a los demás, castellano. Y ella queriendo aferrarse a su español, no queriendo perder eso último que le quedaba de quien había sido.

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Convergencia entre Gayatri Chakravorty Spivak y Donna Haraway: ningún conocimiento es objetivo

La producción de conocimiento científico y filosófico occidental ha presumido de ser objetiva. De ahí que se hayan creado unidades mistificadas y universales presentadas como categorías analíticas supuestamente ajenas a las relaciones de poder. Esto influye en aquello que identificamos como la verdad, en nuestras maneras de conocer el mundo y de relacionarnos con las personas. En este sentido, la propuesta de la filósofa estadounidense Donna Haraway sobre el conocimiento situado deconstruye la noción de objetividad y permite estimar que el conocimiento es localizado y contingente. Esta perspectiva también guía el ensayo ¿Puede hablar el subalterno? de la crítica literaria y filósofa Gayatri Chakravorty Spivak.