La historia del hombre que empujaba una piedra por una pendiente

El ascenso

Mi papá contaba cada mañana la misma historia. Despertaba tarde, cuando ya todos habíamos desayunado y mientras se preparaba el café y freía los huevos, hablaba al aire para que todo mundo lo escuchara. Era la cocina de la infancia como un ágora y mi papá como un profeta ciego y desgraciado.

Contaba la historia de un hombre que empujaba una piedra por una pendiente. Cada mañana empezaba el día con la roca al pie del monte y cada día, con la primera luz, puntualmente comenzaba a empujar. Con gran dificultad llevaba la piedra hasta la cima de éste, pero siempre que llegaba a su destino, una fuerza divina empujaba la piedra hacia el acantilado. Entonces el hombre tenía que volver sobre sus pasos, recorrer el mismo camino y emprender de nuevo el ascenso día tras día, una y otra vez.

Ésta era su versión resumida y ligeramente dramatizada del mito de Sísifo y la piedra. Había debajo del relato una intención oculta, un aprendizaje pendiente o un legado que él nos obsequiaba cada mañana, pero a fuerza de repeticiones esa intención original se había borrado bastante rápido. Con el tiempo la voz de mi papá se fue confundiendo con el resto de los sonidos de la mañana. Ya conocíamos el relato de memoria y habíamos dejado de seguirlo con atención, aun así le permitíamos terminar antes de retomar el ánimo de la conversación previa. Habíamos hecho del sermón un ritual cotidiano, luego una amigable rutina y finalmente un gesto vacío; la voz de mi papá se había vuelto una interferencia de radio. La convivencia se reducía a los espacios de silencio que nos concedíamos mutuamente y a una escucha vaga e intermitente. De pronto se volvió común, en breves momentos de lucidez, fuera del letargo, preguntarnos entre nosotros “¿esto pasó realmente o fue un sueño?”, las cosas las veíamos a través de una cortina opaca.

En la acción de narrar siempre la misma historia, existía también un ánimo de nostalgia; como si con cada repetición, papá tratara de recuperar algo que se perdió irremediablemente en el tiempo; paradójicamente, la insistencia no hacía más que desvanecer la imagen original del relato. La nostalgia es el rechazo por la vida que se tiene; el nostálgico prefiere, en el mejor de los casos, la posibilidad de recuperar una vida ya antigua, muerta y sepultada y, en el peor de los casos, una que jamás se tuvo. Papá buscaba en nuestros rostros el brillo de la primera escucha, pero yo no sé si realmente hubo una primera escucha, me parece que nacimos en el afán de las repeticiones sin conocer nunca las primeras veces de nada.

La contemplación

Camus utiliza la misma raíz mitológica que mi papá, para hablarnos del hombre absurdo. Un hombre que vive la vida alejado de todas las morales posibles y observa las cosas en la justa medida de su propia mortalidad. El hombre absurdo es el hombre que ha rechazado la esperanza, pero para llegar a este punto es necesario un instante que dura apenas nada. Cuando Sísifo llega a la cumbre del monte, y padece la caída de la piedra, tiene un momento de lucidez justo en el momento de dar media vuelta y emprender la bajada. En esa media vuelta su panorama es claro, observa los límites del valle, sabe dónde empieza y dónde acaba y sólo en ese momento, teniendo un vistazo del todo, puede darle a la vida el justo valor. Del mismo modo, José Alfredo Jiménez dice: “la vida no vale nada, comienza siempre llorando y así llorando se acaba”, así dibuja la trayectoria completa de una vida vivida o una vida por vivir, que para el caso valen lo mismo. Distingue los bordes que la rodean y confiesa, una vez apreciada la parábola completa, que no existe recompensa por ella. La vida como moneda vieja y sin valor. Esta vida de la que habla José Alfredo es la del hombre absurdo, quien logra separar la experiencia compleja del existir de todo espectro moral. Es importante vislumbrar la trayectoria completa de la vida para tomar distancia de ella. La vida que está siendo vivida abruma porque permanece en el terreno de la posibilidad y la incertidumbre, pero una vez que la muerte aparece en el horizonte como único destino real es imposible evadirla y todo intento por hacerlo resultará en una muy dolorosa desilusión.

Dice Nancy Sinatra, contradiciendo el mentado YOLO: “you only live twice, or so it seems, one life for yourself and one for your dreams”,[1] habla de la vida como el preparativo para una segunda vida; la primera se está viviendo sin mucho interés, y la segunda permanece inmóvil y a la espera en el terreno del porvenir. La vida futura es mejor que la vida que corre. Nancy habla del vivir en la esperanza del futuro mejor, como si la piedra un día permaneciera en la cima; como si los dioses perdonaran. Lo patente en la frase es que la vida corriente es dolorosa e incómoda, y sólo vale la pena ser vivida, porque a cambio de ella hay una vida de ensueño. La frase de Nancy no es más que una ironía y la contradicción intrínseca en la misma, una afrenta. Nancy no hace un llamado a la inmovilidad y a la espera de esa vida soñada, sino a vivir esta vida porque es la única. En la ironía esconde una terrible pulsión de vida, y pareciera fácil aceptar el reto, pero afrontar la vida sin flotadores es una verdadera hazaña. Esta vida única, finita e irrepetible, requiere valor. Nancy y José Alfredo nos invitan a vivir la vida dentro del absurdo del que habla Camus.

¿Qué sentido tiene entonces vivir en una diaria repetición de uno mismo, alimentado por la nostalgia de algo que quizá nunca fue tan bueno y en la espera de una recompensa que, ya se sabe, no existe?, ¿por qué papá gasta su aliento contando siempre la misma historia?, y ¿cuál es la enseñanza oculta detrás del relato?

El descenso

Eventualmente me fui de casa y pasó mucho tiempo para que volviera a pasar una temporada con mi familia, pero cuando volví, noté que papá seguía contando el mismo relato; hacía los mismos ademanes con las manos, usaba las mismas entonaciones, observaba los mismos rincones para enfatizar momentos del cuentito; podía cronometrarse el monologo un día y al día siguiente comprobar que había durado exactamente lo mismo, sin embargo no era la misma experiencia de los años anteriores, algo había cambiado: papá era mucho más viejo. Las palabras empezaban mezclarse entre ellas; el relato era un balbuceo constante; su cuerpo también había empezado a ceder a la gravedad, los huesos le eran más pesados y el pellejo apenas tenía la flexibilidad necesaria para mantener todo junto.

Mamá seguía ocupando el mismo sitio de la mesa, y cada mañana, cuando papá contaba la historia, mamá interrumpía su café, lo miraba fijamente y le brindaba el silencio que papá requería para su performance. No importaba que mamá ya no le prestara atención, importaba el hueco que le obsequiaba día a día para su puesta en escena. Entonces noté que ella tenía también una partitura de movimiento muy específica; hacía los gestos necesarios para representarse a sí misma poniendo atención; incluso tenía ademanes ensayados de sorpresa e indignación. Pequeños movimientos de cejas, mínimos suspiros, falsas miradas desorbitadas. Todo muy discreto. Para mamá la vida siempre ha requerido de innecesarias cortesías.

¿Cuándo mi madre notó que mi papá estaba envejeciendo?, ¿en qué momento mi papá se dio cuenta de que se había vuelto invisible para ella? Ruido blanco para conciliar el sueño; acompañamiento de soledades.

Era un espectáculo de dos actores para ningún espectador; un simulacro de la vida. Pienso en los relojes cucú con figuritas que aparecen cada cierto tiempo para anunciar la hora; monigotes de madera o porcelana que simulan sonrisas y miman movimientos casi orgánicos. Pienso en el vacío de las casas abandonadas y en cómo estos relojes, olvidados también, permanecen cierto tiempo funcionando en soledad; palpitando como un corazón agónico dentro de un organismo ya resignado; marcando el cambio de hora para la rutina de nadie. Quizá esos relojes son el último bastión de la vida como promesa e ilusión de un porvenir; un monumento al fracaso.

Entonces la repetición, siendo sólo la copia y re-presentación del acontecimiento vivo, pero careciendo de vitalidad, está cargada de una terrible y caníbal pulsión de vida. Existe la necesidad de vivir todo dos veces para tener la certeza de que se ha vivido. Vivir en el recuerdo o en la representación del recuerdo. Pero esta pulsión está destinada a la nada. No hay impulso suficiente que dote de sentido a la vida. No hay consuelo suficiente contra la incomodidad de pertenecer a un cuerpo que envejece.

Papá nos hablaba de Sísifo como una invitación para vivir la vida fuera de las ilusiones del porvenir. Cada que el Sísifo representado daba la media vuelta en la cima del monte, preparando la bajada, había un brevísimo momento de lucidez, era un instante en donde el personaje observaba el valle, el inicio y el final de la luz a los extremos y comprendía que no había nada más allá de los limites. La vida cobraba sentido en ese momento de locura. La lección de papá detrás de la historia de Sísifo era un elogio al instante; no a la vida, sino a la pulsión de vida. El momento de la media vuelta en la cima del monte era para papá una declaración de estar viviendo una vida propia e irrepetible. Sin embargo, papá, tratando de evadir el tedio de la vida que se repite sin sentido, recordando diariamente a Sísifo, había caído en su propio loop cotidiano, como si las advertencias y los presagios alguna vez hubieran servido de algo. Era la vida como un monte y la irrelevancia como una piedra.

El presagio nunca es claro, la advertencia queda oculta detrás del balbuceo que se vuelve cotidiano ruido blanco; interferencia de radio, acompañamiento de soledades. Si la pulsión de vida es el golpe inestable de los relojes abandonados, la pulsión de muerte es ese ruido indefinido, casi sordo, pero constante.

En respuesta a mi papá

La vida es esto: reunirse con personas, contar planes para el futuro, asistir diariamente a la representación de la propia vida. El trabajo como rutina y repetición de la misma dignifica la vida. Vivir para trabajar o trabajar para vivir; vivir y trabajar. En contraposición propongo: vivir y no hacer nada; oposición, rebeldía, insurgencia. La nada como postura política y postura ante la vida; un estar en contra; estar, pero en representación del desacuerdo. La vida como renuncia. Vivir una vida en silencio y ser un observador silencioso.

Pienso que las cosas tienen que aparentar otra naturaleza a la propia “Esto debe parecer esto otro, lo que se ve debe ser mejor y más brillante que lo que se es”. No se puede ser todo el tiempo lo que uno es. Hay que fingir, hay que fingir mucho y casi siempre. Porque la existencia es dolorosa y el mundo es excesivo, pienso que las cosas hay que dejar de hacerlas con el paso del tiempo. Hay que dejar de bailar así: moviendo la cadera de lado a lado y levantando las palmas al frente. Ciertas palabras también hay que dejar de decirlas, hay que escoger algunas para que cuidadosa y constantemente empiecen a desvanecerse. Debe ser una continua renuncia. “Absoluto”, por ejemplo, es una palabra que hay que ir dejando de decir; “inefable”, “inabarcable”, “invisible” también hay que dejarlas; empezaremos por las palabras y las cosas que son inabarcables o inaprehensibles, después con las cosas hermosas y finalmente con los detalles. Hay que ir renunciando a todo paulatinamente. La música de la adolescencia hay que dejarla de escuchar. Hay que dejar de creerle a ciertas personas, hay que dejar de ver a algunos familiares, empezando por los abuelos más próximos a la muerte, luego los tíos más amargos, después al padre y finalmente a la madre. Hay que dejar de esperar que sucedan ciertas cosas: la llegada del ser amado, la puesta de sol, el amanecer, la justicia, la primavera. Hay que dejar de dormir de esta manera; hay que dejar de escribir con estas palabras. La higiene personal, la salud bucal, el itinerario de las pastillas, las citas para tomar café. Las posiciones para pensar mejor, las posiciones para dormir y las posiciones para hacer el amor. El amor hay que dejar de hacerlo poco a poco. Todo lo que se ha hecho una vez hay que dejarlo. Si la vida es espontánea y bella, que no se repita.


[1] Sólo vives dos veces, o eso parece, una vida para ti y otra para tus sueños (traducción del editor).

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Autor: Misael Garrido (Quito, Ecuador, 1993). Dramaturgo egresado de CasAzul, Artes Escénicas Argos. Como dramaturgo, ha escrito las obras Una cosa descaradamente buenaJautulib indierd, Vol. 2Algo sobre el marPersonas haciendo cosas, entre otras. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas (FLM) en la generación 2019-2020.