Nunca más gritos ahogados

A la memoria doliente de las diez mujeres asesinadas el día de hoy.

Foto de portada: Lindsey LaMont on Unsplash

Cuando empecé a escribir en Primera Página, a mi columna la nombré ‘La ciudad de las damas’ por la utopía medieval de Christine de Pizane en la que se proponía un mundo completamente habitado y gobernado por mujeres. Pizane no fue la única que imaginó universos exclusivos para nosotras. En 1915, Charlotte Perkins escribió Herland, una novela en la que una sociedad alejada de mujeres que se reproducían por partogénesis se encuentra con unos viajeros varones que llegan accidentalmente a su isla.

En estos momentos, mi ciudad de las damas utópica ya no es aquella en la que hay únicamente mujeres en todos los espacios, sino simplemente en aquella en la que nacer mujer no signifique una eterna condena de supervivencia.

Vengo sentada en la zona indicada como exclusiva para mujeres del trolebús dirección Tasqueña. Son las ocho de la noche y no tomé esta ruta por su velocidad, precio o eficacia, sino porque me permite caminar sola en la oscuridad por menos tiempo. Para hacer más ameno el trayecto leo mi ejemplar de Women & Power de la clasicista británica Mary Beard que estuve a punto de perder en la mañana. En él, la académica busca trazar una línea del tiempo entre las personajes reales o ficticios que han sido silenciadas por varones.

El lugar en el que estoy era la única silla rosa disponible. A mi lado viene un hombre mayor durmiendo, de frente un padre y su hijo, que no aprenderá que la división del transporte existe para mantenernos seguras. Dentro de mí quiero decirles que no es su lugar, que no deben estar aquí, que de verdad puede que sean buenas personas pero las mujeres tenemos derecho a sentirnos seguras. Quiero decirles que este no es su espacio.

Lo que me pasa a mí le pasa muy seguido a las protestas feministas. De repente, el único lugar que tenemos para ocupar, para marchar, para gritar, no es solo nuestro. Nos encontramos con hombres sentados al lado y frente nuestro que pregonen que quieren ayudarnos y están dispuestos a salvarnos de cualquier crimen. Pero otra vez, como se ha dicho desde que se comenzó a pensar en la liberación de las mujeres: no queremos ser salvadas. Queremos un espacio para pensarnos entre nosotras porque antes no hemos podido hablar; queremos un lugar para hacer amigas, reconocernos y ayudarnos a sanar para poder empezar a hilar ideas que nos permitan hacer frente a la violencia desmedida, a la crueldad que no se acaba.

Después del terrible feminicidio de Ingrid Escamilla, muchas mujeres decidieron empezar a organizarse por medio de grupos de Facebook con el fin de realizar una manifestación en su domicilio. Tema aparte es cómo las mujeres que viven cerca de la zona rogaron a quienes venían de otros lares que se tratara de hacer la protesta lo más pacífica posible pues sus colonias ya eran lo suficiente inseguras y no querían sentir que estaban dando razones para provocar más violencia, asunto que nos lleva a tener que pensar el feminismo en cada situación y en cada contexto para eliminar los feministómetros y la centralización. Poco a poco en los grupos que iniciaron secretos y a los que se podía entrar solo por invitación, varones fueron colándose y empezaron a discutir el carácter separatista del evento. Incluso hubo mujeres que defendieron la presencia masculina pues decían, querían sentirse seguras con ellos presentes.

Con la propuesta del paro nacional de mujeres del nueve de marzo (del cual he decidido no participar pues no estoy dispuesta a formar parte de algo respaldado por partidos políticos y universidades, grandes actores de la violencia estructural hacia las mujeres), se sugirió un «Día sin Hombres» acusando que así sería válida la búsqueda de equidad. Mary Beard, mi lectura acompañante, dice que en la historia, las mujeres que hablan en público son pronto acalladas por hombres que las tachan de exageradas o que se roban su discurso.

No tuve el valor suficiente para decirle a los varones que vienen al lado mío que me incomoda su presencia en esta zona, sentía cómo mis palabras quedaban atrapadas y se atropellaban en mi propio silencio. No quiero ahogar lo que quiero gritar nunca más. Quiero decir que no es posible que aún con todo lo que nos pasa a diario, los varones tengan el descaro de querer invadir el lugar que estamos construyendo para nosotras. Nuestra ciudad de las damas, Ourland.