Hablemos de moda

Gilda, Lo que el viento se llevó, El Mago de Oz. Cuando pensamos en estos tres títulos, nos vienen varias ideas a la cabeza: su condición de clásicos, su reparto estelar… o su vestuario icónico. Ahora bien, a pesar de contar con conjuntos míticos, ninguna de ellas puede presumir de tener el Oscar a mejor vestuario. ¿Cómo es eso? Pues bien, porque en aquel entonces la categoría aún no había sido creada. El vestuario, ese elemento imprescindible que ha convertido tantas películas en clásicos, no fue reconocido por la Academia hasta el año 1948. Esto no significa que hasta entonces no jugara un papel clave. En este artículo descubriremos un poco más sobre su historia y su relevancia en la creación de una película.

Si el Oscar a mejor vestuario apareció tan tarde, es porque durante los primeros años de Hollywood las películas eran única y exclusivamente sus estrellas. El vestuario era un asunto secundario; al público le interesaban los actores, la historia contada y quién la dirigía. De hecho, al principio los intérpretes debían encargarse de llevar su propia ropa a los rodajes, y aquellos con mejor vestimenta tenían más posibilidades de conseguir el papel. De este modo, las productoras no debían gastar parte de su presupuesto en contratar a un experto aparte.

Aun así, algunos pioneros se dieron cuenta bien pronto de la importancia del vestuario. Uno de ellos fue D.W. Griffith, que usó por primera vez el término “diseñadora de vestuario” (y no “encargada de”) como recompensa a la tarea de Clare West; esta dedicó dos años a diseñar el vestuario de Intolerancia (1916, D.W. Griffith). West había trabajado ya con Griffith en la polémica El nacimiento de una nación (1915, D.W. Griffith). Tal fue el impacto de su trabajo que inspiró la vestimenta actual de los miembros del Ku Klux Klan. Ya en los años 20, Griffith ofreció un contrato definido a Peggy Hamilton en su estudio Triangle. Esta práctica se convirtió en especialmente habitual en las décadas posteriores, en las que cada productora contaba con su diseñador de confianza. Uno de los más conocidos es Adrian, diseñador de la MGM, responsable de los diseños de grandes producciones como El Mago de Oz (1939, Victor Fleming) o Mujeres (1939, George Cukor). El diseño de vestuario tampoco pasó inadvertido a Cecil B. DeMille, el cineasta más célebre de la época. No solo ofreció a la ya mencionada West un contrato de seis años en su productora, sino que adicionalmente invitó a diseñadores europeos de prestigio para diseñar el vestuario de sus películas.

De hecho, durante la primera década de Hollywood, no era extraño buscar el talento en el viejo continente. Especialmente sonado es el trabajo del diseñador francés Paul Poiret para la superproducción Queen Elizabeth (1912, Louis Mercanton, Henri Desfontaines). Sin embargo, a partir de los años 20, los nombres americanos ganaron terreno con sus diseños más prácticos y minimalistas, ejemplo paradigmático del llamado American look.

Tal y como se ha explicado en otros artículos, a partir de los años 50 la televisión empezó a ser un elemento habitual de cualquier casa estadounidense, por lo cual el cine decidió dar al público aquello que la televisión no tenía medios para ofrecer: el espectáculo visual. Esto impulsó la popularidad de musicales como Cantando bajo la lluvia (1952, Gene Kelly, Stanley Donen), así como de grandes superproducciones de temática histórica y bíblica como Los diez mandamientos (1956, Cecil B. DeMille) o Cleopatra (1963, Joseph L. Mankiewicz).

Sin embargo, más allá de un reclamo visual, el vestuario puede convertirse en parte esencial de la trama y revelar temas clave sin uso de las palabras. Uno de los mejores ejemplos son las películas de Alfred Hitchcock, que cuidaba la estética de sus películas hasta el más mínimo detalle. Así, en Vértigo (1958), dedicada al tema del doble, las personalidades de Madeleine y Judy se reflejan a la perfección en su vestuario, diseño de Edith Head. El traje de chaqueta gris de Madeleine es mucho más que una reliquia; funciona a modo de leitmotiv para expresar la obsesión de John Ferguson por la protagonista. La misma Kim Novak, que interpreta ambos personajes, alabó el trabajo de Head y explicó cómo el vestuario la ayudó a meterse en dos papeles tan distintos.

Incluso en el mundo del blanco y negro el vestuario resulta clave. Tomemos otro ejemplo de Hitchcock, Psicosis (1960). Aunque con una escala cromática reducida, Rita Riggs juega con la dualidad blanco-negro, correspondiente al bien y al mal, para mostrar la evolución del personaje de Marion Crane. En las escenas previas al robo del dinero, Marion aparece con ropa clara blanca, mientras que posteriormente su armario es negro. Janet Leigh explicó que la intención de esta elección era indicar la pérdida de la inocencia y la pureza del personaje.

Sin embargo, a pesar del potencial del vestuario en apariencia sencillo, desde la creación del Oscar para esta categoría, solo 3 películas en color ambientadas en la época contemporánea han recibido un premio: Viajes con mi tía (1972, George Cukor), All That Jazz (1979, Bob Fosse), y Las aventuras de Priscilla, reina del desierto (1994, Stephan Elliot). El resto se ha tratado de filmes de época o ambientadas en mundos de fantasía.

Sin restar mérito a estas producciones, me gustaría concluir dedicando unas palabras a aquel vestuario que, simple en apariencia, ha logrado retenerse en nuestra memoria con casi más poder que la película misma. ¿Quién habría dicho que un simple traje negro como el de Desayuno con diamantes (1961, Blake Edwards), o el vestido veraniego de La comezón del séptimo año (1955, Billy Wilder) se convertirían en elementos imprescindibles de nuestra cultura? Ahí reside la magia del diseño de vestuario. Citando a Mies van der Rohe: “Menos es más”.