Fronteras literarias

Cuando no hay fronteras, me las traen. Aunque no quiera.

Max Aub, Enero en Cuba

¿Podemos establecer límites arbitrarios que permitan diferenciar un concepto de otro? ¿Es posible dividir las cosas? La practicidad a la que nos ha condenado el modo de vida occidental nos hace creer que el espacio físico en donde nacemos, crecemos y morimos es el primero en estar delimitado por líneas imaginarias que el Estado, como ente todopoderoso, estableció. Sin embargo, el concepto de frontera no sólo puede ser usado en favor de intereses nacionales; las artes y las humanidades han conseguido trascender las expresiones sociales para colocar al concepto fuera de los confines mundanos. Una frontera, entonces, no es un lugar, sino el proceso a través del cual una cosa deja de ser lo que es para convertirse en una completamente distinta. Aquí un recuento de tres fronteras en la literatura que fueron exploradas excepcionalmente por varios autores.

1. El migrante y el olvido

En el cuento Indocumentado de Édgar Omar Avilés, se retrata la historia de un migrante que busca el sueño americano. Tras un incidente en la frontera de México y Estados Unidos, despierta en un mundo nuevo donde todos le cuestionan “¿traes papeles?”. Nos enteramos de que lo único que carga consigo el protagonista son algunas fotos de sus seres queridos. De hecho, los habitantes de ese lugar no preguntaban por su visado, más bien reconocían a una persona confiable por sus vínculos familiares. Al encontrarse con otro “indocumentado”, el protagonista es víctima de robo: para este momento, en verdad ya no tenía papeles. El nudo se presenta cuando el personaje trata de recuperar su identidad a través de sus recuerdos.

Se podría pensar que, en cuentos como este, el autor nos invita a una reflexión sobre los problemas migratorios, pero eso es sólo la superficie. La verdadera frontera para los personajes que buscan una nueva vida es la del olvido. Todo se entremezcla con el pasado, el presente se vuelve inestable y el futuro incierto. La frontera con el tiempo y con uno mismo se vuelve real cuando detrás hay algo querido y delante sólo hay arenas movedizas.

2. La vida y la muerte

Explorar desde la literatura las fronteras que plantea nuestra existencia no es fácil. Si reconocemos que hay una línea divisoria, reconocemos que, por lo menos, hay dos partes. No basta con abordar una, el verdadero dilema se encuentra al enfrentar los unos con sus opuestos. El binomio más inmediato que se puede explorar con la literatura es la vida y la muerte. ¿Qué sería de Juan Preciado si no le hubieran contado todo en forma de murmullos? Lo que causa incomodidad en los lectores de Pedro Páramo no es la muerte en sí, más bien es la comparación de la muerte con la vida y lo tortuosa que será su frontera: el acto mismo de morir.

No es arduo encontrar recomendaciones literarias además de Pedro Páramo que exploren la frontera entre la vida y la muerte: La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes, donde se examina, además, el arrepentimiento y la mirada al pasado; Cementerio de Mascotas de Stephen King en donde precisamente se rompe la frontera y se vuelve ilusión; y un clásico por poco remoto: Shakespeare en Romeo y Julieta, Hamlet o casi cualquiera de sus obras.

3. La locura y la cordura

Para abordar los conflictos es necesario tenerlos en perspectiva, y los escritores que tratan los contornos entre la locura y la cordura lo deben tener bien claro. El pabellón número 6 de Chéjov es el ejemplo perfecto de abordar una frontera por sus extremos: el médico del manicomio y el paciente invierten papeles más temprano que tarde para demostrar nuevamente que la cordura puede convertirse de un momento a otro en la antesala de la locura. Otra recomendación literaria breve de esta frontera que más se deshace cuando más se piensa: La debutante, de Leonora Carrington que rosa la autoficción de una pintora que estuvo encerrada en un manicomio por órdenes de sus padres.

Apuntes Finales

La separación de objetos, sentimientos e ideas no puede ser evitada. Sin embargo, establecer una frontera estricta —como la que hay en los países limítrofes— hace demasiado simples las cosas. La verdadera riqueza de la literatura se encuentra en que los aspectos más humanos pueden ser explorados de maneras insospechadas. Las fronteras son tan endebles que constantemente lucen imaginarias y es deber de los artistas fortalecerlas o destruirlas.

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Rodolfo Munguía (Ciudad de México, 1999). Estudia Antropología en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Escribe, sobre todo, ensayo y narrativa. Ha colaborado con la Revista de la Universidad, Cultura Colectiva y Punto de Partida. Busca las palabras cuando no tienen nada que decir y lee cuando no tiene nada que pensar.

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