Creación crítica, Opinión

La escritura y la caca

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Ya venía yo pensando aunque con cierta distracción las ideas expuestas por Enea. Entré al baño del edificio y todo estaba a oscuras. Busqué el interruptor de la luz y no lo encontré. Supuse entonces que había un sensor de movimiento y la luz se encendería cuando me reconociera. Y efectivamente, alcé la mirada e identifiqué a penas por un puntito rojo que parpadeaba el sensor pegado al techo. Le hice señas como a una cámara de seguridad diciéndole quiubo, hay gente que quiere usar el baño aquí, la luz, porfa. Pero nada. Abrí y cerré la puerta, y nada. Brinqué, pero no mucho, para no causarme un desgracia en las condiciones intestinales en que me encontraba, pero nada. Con la luz del teléfono me alumbré hasta el retrete. El escenario era efectivamente apocalíptico; faltaban algunas goteras, quizá, y unos charcos de sangre, vapores tóxicos, ruido de tuberías, pero todo estaba ya ahí, en mi imaginación, y mi teléfono era un cerillo húmedo consumiéndose cada veinte segundos. Me acomodé, y dejé que las cosas tomaran su ritmo, su cauce natural, digamos. O al menos en esos términos Enea se refirió a la escritura de Felisberto Hernández en clase.

La verdad es que el tipo tenía una cara de loco impresionante; Felisberto, digo. Enea nos explicó qué Felisberto por su actividad como músico de películas mudas logró desarrollar una fluidez similar a la de la música en su escritura. Es decir que al igual que las notas del piano deben brotar a la par de las imágenes, la escritura emana, como desde el estómago del escritor, a la par de sí misma. Siguiendo esa lógica porteña respaldó implacablemente su hipótesis con Piglia. Según él, Piglia divide la literatura en una dicotomía oral y escrita (hombre, ¡que Piglia entonces ha encontrado el hilo negro!), y la oralidad está muy cerca de la estomacalidad, digamos ¿no? Pero en cambio, monolitos como Carpentier están dados al puro traste porque, pobrecitos, no entienden la estomacalidad, u oralidad, que para el caso es lo mismo, a menos que hablemos… bueno… de sentarnos con la cara.

En estos quebraderos de cabeza estaba cuando se abrió la puerta del baño, y se hizo la luz. Resulta que el cuarto era realmente limpio. Entró un señor y supongo que al mirar mi pantalón remangado sobre mis tenis pensó éste cuánto tiempo tiene aquí que hasta la luz se le apagó. Pero qué importa. Se fue, y la luz me abandonó de nuevo.

Entonces, en términos de Enea, supongo que El romancero viejo es una verdadera letrina. No pude dejar de pensar también, como siempre que se habla de la oralidad en México, en Rulfo y sus fantasmas arrieros que realmente hablan como arrieros en su escritura. ¿Es esa textualidad oral? Me parece que no, la oralidad desaparece ahí en el aire, y después en el olvido, a menos que se ejecute textualmente, y ya sé que yo también estoy un poco como Piglia arreglando el mundo, pero quiero decir que sí creo en la escritura como una reacción estomacal, un estropicio que a posteriori se refina, y que no puede producirse completamente si no es por medio de su carácter somático. Algo así como aquella escena de la película La montaña sagrada, del buen tuitero Jodorowsky, donde un ñongón tremendo se vuelve oro. Así como lo digo, de dieciocho quilates. El texto en tanto que proviene de un impulso es imperfecto, pajoso, deforme, y cada quién se encarga de hacer de él lo que le venga en gana, porque lo importante es ejecutarlo, y quizá después destruirlo desescribiendo.

Rulfo nunca pensó en nada de esto, creo, al darles vida a hombres muertos que seguramente nadie reconocía al entrar a cuartos oscuros, pero aun así he ahí a don Pedro Páramo, y todas las grandes obras reflejo de los fuertes estómagos de sus autores.

Luego de todo aquel ritual del axis mundi en tinieblas abrí la puerta de la toilette, la luz se encendió. Yo salí olvidándome de enjuagar mis manos, pensando un poco en mi padre y en los sofismas de Enea, y en que hay un lugar donde todos somos exactamente iguales: la escritura.

Emiliano de la RosaAutor: Emiliano de la RosaEscritor de poesía. Fundador y Director General de la revista Primera Página. Ha publicado el libro de poemas “Flor y Espejo o Imagen de Julia” (Memorabilia, 2015)

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