“Memento mori” de Jonathan Nolan – Traducción de Marco Antonio Toriz

Ilustración de Sandra Saucedo.

¡Nada tan decepcionante como una bala!

Herman Melville, Shiloh: un réquiem. Versión de Alberto Gagetti.

I

Tu esposa siempre solía decir que ibas tarde a tu propio funeral. ¿Lo recuerdas? Esa pequeña broma a causa de tu dejadez: siempre tarde, siempre olvidando cosas, incluso antes del accidente.

Precisamente ahora te preguntas si eres tú quien va tarde para su funeral.

Estuviste ahí, puedes estar seguro de ello. Para eso sirve la fotografía —aquella clavada al muro a un lado de la puerta—. No es costumbre tomar fotos en un funeral, pero alguien, tus doctores, supongo, sabían que no lo recordarías. La dejaron justo ahí (grande, bien impresa), a un lado de la puerta, en donde no pudieras evitar mirarla cada vez que te levantes y salgas con la intención de buscarla.

¿Ves al chico en la foto, aquel que lleva las flores? Eres tú. ¿Pero qué estás haciendo? Estás examinando la lápida, intentando descubrir de quién es el funeral en el que te encuentras, del mismo modo en que ahora lees esto, queriendo descubrir por qué alguien dejaría esa foto a un lado de tu puerta. Pero, ¿por qué molestarse en leer algo que no vas a recordar?

Ella se fue, se fue para bien, y tú has de estar destrozado en este momento, escuchando las noticias. Créeme, sé cómo te sientes. Eres, probablemente, un desastre. Pero dale cinco minutos —tal vez diez—. Puede que, incluso, andes por media hora antes de olvidarlo.

Pero lo olvidarás, te lo garantizo. Unos minutos más y caminarás de nuevo hacia la puerta para buscarla, sintiéndote fatal cuando encuentres la fotografía. ¿Cuántas veces tendrás que escuchar las noticias antes de que otra parte de tu cuerpo, otra además de ese cerebro destrozado tuyo, comience a recordar?

Una pena de nunca acabar. Una rabia infinita. Sentimientos inútiles sin dirección. Tal vez no puedas entender qué está pasando. Yo tampoco lo sé, te lo confieso. Amnesia retrógrada. Eso es lo que el letrero dicta. El mal del NRM (No Recuerdo una Mierda). Tu suposición es tan buena como la mía.

Tal vez no puedas entender qué te ocurrió. Pero recuerdas qué le ocurrió a ella, ¿cierto? Los doctores no quieren hablar de eso. No quieren responder a mis preguntas. Creen que no es correcto que un hombre en tu condición escuche esa clase de cosas. Pero recuerdas lo suficiente, ¿o no? Recuerdas su rostro.

Esta es la razón por la cual te escribo. Una razón estúpida, supongo. Desconozco la cantidad de veces que tendrás que leer esto antes de prestarme atención. Tampoco sé cuánto tiempo has pasado encerrado en esta habitación. Tú tampoco lo sabes. Pero tu ventaja en el olvido es que no recordarás escribir sobre ti como una causa perdida.

Tarde o temprano querrás hacer algo al respecto. Y cuando lo hagas tendrás que confiar en mí porque soy el único que puede ayudarte.

II

Earl abre un ojo después del otro y los dirige hacia un tramo de tejas blancas del techo, interrumpidas por un letrero escrito a mano justo encima de su cabeza, lo suficientemente grande como para ser leído desde la cama. La alarma resuena en alguna parte. Él lee el letrero, parpadea, lo vuelve a leer y luego echa una mirada alrededor de la habitación.

Es una habitación blanca, abrumadoramente blanca, desde las paredes y las cortinas, hasta los muebles institucionales y el cubrecama.

El reloj está sonando desde el escritorio blanco, a un lado de la ventana con cortinas blancas. En este punto, Earl probablemente descubrirá que yace sobre su cubrecama blanco. Viste una bata y sandalias.

Vuelve a recostarse y lee el letrero pegado a las tejas, de nuevo. Se lee, en grandes letras mayúsculas, ESTA ES TU HABITACIÓN. LA HABITACIÓN DE HOSPITAL. AQUÍ ES DONDE VIVES AHORA.

Earl se levanta y echa un vistazo alrededor. La habitación es demasiado grande como para ser de un hospital ―el linóleo vacío se alarga desde la cama en tres direcciones: dos puertas y una cama—. La vista tampoco ayuda mucho —algunos árboles sobre un césped muy bien cuidado que culmina en dos carriles de carretera—. Los árboles (exceptuando aquellos de hoja perenne) indican que la primavera está por comenzar o que el otoño ha llegado tarde, cualquiera de las dos.

Cada centímetro del escritorio está cubierto por notas post-it, cuadernos con anotaciones, listas pulcramente impresas, libros de psicología, fotografías enmarcadas. En la cima del desastre hay un rompecabezas a medio completar. El reloj se encuentra sobre una pila de periódicos doblados. Earl pulsa el botón de snooze y toma un cigarrillo del paquete pegado a la manga de su bata. Palpa los bolsillos vacíos en busca de un encendedor. Esculca entre las cosas del escritorio, hace una rápida búsqueda en los cajones. Eventualmente encuentra una caja de cerillos pegada al muro, a un lado de la puerta. Hay un letrero encima de la caja. Dice, con grandes letras amarillas: ¿UN CIGARRILLO? MIRA PRIMERO TODOS LOS QUE HAS ENCENDIDO ANTES, ESTÚPIDO.

Earl se burla del letrero, enciende su cigarro y da una larga bocanada. Pegado a la ventana, frente a él, otro trozo de papel suelto dicta: TU HORARIO.

El papel organiza las horas, todas las horas del día, divididas en bloques: de 10:00 P.M. a 8:00 A.M. está marcado VE A DORMIR. Earl consulta el reloj de alarma: 8:15 A.M. Mirando la luz exterior, debería ser de día. Revisa su reloj: 10:30. Earl acerca el reloj hasta su oído y escucha. Da varias vuelta a las manecillas, uno o dos giros, hasta ajustarlo con base en el reloj despertador.

De acuerdo con el horario, el bloque de 8:00 a 8:30 marca: CEPÍLLATE LOS DIENTES. Earl se ríe nuevamente y camina hacia el baño.

La ventana del baño está abierta. Mientras Earl se frota los brazos para mantener el calor, advierte el cenicero sobre el alféizar de la ventana. Un cigarrillo está consumiéndose en el cenicero, dejando una larga cola de ceniza. Él frunce el ceño, apaga la vieja colilla y la reemplaza con un nuevo cigarrillo.

El cepillo de dientes estaba previamente untado con crema dental. El lavabo es de ese tipo que, con un botón, al ser presionado, hace que brote un chorro de agua. Earl presiona el cepillo contra su mejilla y comienza a cepillarse mientras abre la caja del botiquín. La estantería está abastecida con vitaminas, aspirinas y antidiuréticos de una sola porción. El enjuague bucal, también de un solo uso, apenas alcanza para llenar un vaso del líquido azul embotellado. Sólo el tubo de pasta es de tamaño regular. Earl escupe la pasta de dientes y la reemplaza por un trago de enjuague bucal. Cuando coloca el cepillo a un lado del tubo de pasta, advierte un pequeño trozo de papel incrustado entre el mueble de vidrio y la parte trasera de la caja metálica del botiquín. Escupe el espumoso fluido azul sobre el lavabo y toma más agua para eliminar los residuos. Cierra el botiquín y sonríe al ver su rostro sobre la superficie del espejo.

“¿Quién necesita media hora para cepillarse los dientes?”.

El papel ha sido doblado hasta el mínimo con la precisión de una nota amorosa de secundaria. Earl desdobla el papel y lo alisa sobre el espejo. Se lee:

  SI AÚN PUEDES LEER ESTO, SIGNIFICA QUE ERES UN MALDITO COBARDE.

Earl se queda pasmado ante el papel, luego lo vuelve a leer. Le da la vuelta. Al reverso se lee:

 P.D. DESPUÉS DE LEER ESTO, VUELVE A ESCONDERLO.

Earl lee de nuevo ambos lados, vuelve a doblar el papel siguiendo los pliegues hasta su tamaño original y lo mete debajo del tubo de pasta.

Tal vez después descubra la cicatriz. Comienza, áspera y gruesa, justo detrás de la oreja y desaparece bruscamente entre el nacimiento del cabello. Earl gira la cabeza y atisba de reojo la ruta que recorre su cicatriz. La rastrea con la punta del dedo, luego mira hacia abajo en donde el cigarrillo se consume sobre el cenicero. Un pensamiento se apodera de él y sale del baño.

Le llama la atención la puerta del cuarto, ya con la mano sobre la perilla. Dos fotografías están pegadas al muro, junto a la puerta. La atención de Earl es captada, en un inicio, por la resonancia magnética, un brillante marco negro que muestra el cráneo de alguien. La foto está marcada con plumón: TU CEREBRO. Earl la mira: son círculos concéntricos de distintos colores. Puede distinguir los grandes globos de sus ojos y, detrás de ellos, los lóbulos gemelos de su cerebro: pequeñas arrugas, círculos, semicírculos. Pero justo en el centro de su cabeza, marcado en un círculo, en un túnel desde la parte trasera de su cuello (como un gusano dentro de un durazno), hay algo distinto: deformado, roto, pero inconfundible. Una mancha oscura, la sombra de una flor, justo en el centro de su cerebro.

Se inclina para mirar la otra fotografía. Es la foto de un hombre sosteniendo un ramo de flores sobre una tumba recién cavada. El hombre está inclinado, leyendo la lápida. Por un momento parece como un salón de espejos o como el bosquejo de la infinidad: el hombre que, inclinado, mira la foto de un hombrecito también inclinado, que lee una lápida. Earl mira la foto por un largo rato. Quizás está llorando, quizá sólo mira la foto en silencio. Eventualmente rehace su camino hacia la cama, se desploma en ella, cierra los ojos e intenta dormir.

El cigarrillo se consume lejos, en el baño. Un mecanismo en el reloj despertador comenzó a contar desde diez y volvió a timbrar de nuevo.

Earl abre un ojo después del otro y los dirige hacia un tramo de tejas blancas del techo, interrumpidas por un letrero hecho a mano justo encima de su cabeza, lo suficientemente grande como para ser leído desde la cama.

No podrás tener una vida normal nunca más. Debes saberlo. ¿Cómo puedes tener una novia si no puedes recordar su nombre? No puedes tener hijos, a menos que quieras que ellos crezcan con un padre que no puede reconocerlos. Por supuesto que no puedes conservar un trabajo. No hay muchas profesiones ahí fuera que valoren el olvido. La prostitución, tal vez. La política, por supuesto.

No. Tu vida está acabada. Eres hombre muerto. La única cosa que los doctores desean es enseñarte a cómo no ser una carga para los camilleros. Y probablemente nunca te dejarán ir a tu casa, en donde quiera que ésta se encuentre.

Así que la cuestión no es “Ser o no ser”, puesto que no eres. La pregunta es si quieres hacer algo al respecto. Si la venganza te interesa.

A la mayoría de la gente le interesa. Planean, esquematizan por varias semanas, toman las medidas necesarias para lograr su objetivo. Pero sólo el paso del tiempo es necesario para erosionar ese impulso inicial. El tiempo roba, ¿no es eso lo que decían? Y el tiempo, eventualmente, convence a la mayoría de ustedes de que el perdón es una virtud. Sin embargo, la cobardía y el perdón lucen idénticos a cierta distancia. El tiempo te roba el coraje.

Si el tiempo y el miedo no son suficientes para disuadir al mundo de su venganza, siempre está entonces la autoridad, sacudiendo lentamente la cabeza y diciendo: nosotros entendemos, pero será un mejor hombre si lo deja ir. Para elevarse sobre ellos. Para no rebajarse a su nivel. Y, además, dice la autoridad: si trata de hacer algo estúpido, lo encerraremos en una pequeña celda.

Pero de igual forma te han encerrado en una pequeña habitación, ¿o no? Sólo que no la cerraron con llave ni la resguardan tan bien porque eres un lisiado. Un cadáver. Un vegetal que probablemente no podría acordarse de comer o de tomar una mierda sin que haya alguien para recordárselo.

Y sobre el paso del tiempo, bueno… ya no te importa mucho, ¿cierto? Siempre son los mismos diez minutos, una y otra vez. Así que, ¿cómo puedes perdonar si ni siquiera recuerdas olvidar?

Probablemente eres del tipo de los que dejan ir, ¿no es así? Eso era antes. Pero ya no eres el hombre que solías ser. No eres ni la mitad. Eres una pequeña fracción: eres el hombre de los diez minutos.

Por supuesto, la debilidad es más fuerte. Es el impulso primario. Probablemente prefieras sentarte a media habitación y llorar. Vivir en tu finita colección de recuerdos, puliendo cuidadosamente cada uno de ellos. Media vida detrás de un vidrio, anclado al cartón como si fueras parte de una colección de insectos exóticos. Te gusta vivir detrás del cristal, ¿verdad? Vivir en conserva.

Eso quisieras pero no puedes, ¿cierto? No puedes por el último agregado de tu colección. La última cosa que recuerdas: su rostro. Ese rostro y a tu esposa implorando tu ayuda.

Sabes que tengo razón. Sabes que hay mucho trabajo por hacer. Puede parecer imposible, pero estoy seguro de que si cada quién hace la parte que le corresponde, algo se nos ocurrirá. Pero no tienes mucho tiempo. Tienes solamente diez minutos, de hecho. Después todo comenzará de nuevo. Así que haz algo con el tiempo que te resta.

Y quizás es aquí donde podrás retirarte cuando todo termine. Tu pequeña colección. Ellos podrán encerrarte en otro cuarto y tú podrás vivir anclado al pasado por el resto de tu vida. Pero sólo si tienes un pequeño trozo de papel en las manos que diga que lo atrapaste.

III

Earl abre los ojos y parpadea en la oscuridad. El reloj despertador está timbrando. Marca las 3:20 y la luz de la luna que se filtra por la ventana indica que debe ser muy temprano por la mañana. Earl busca a tientas la lámpara y por poco la tira. La luz incandescente llena la habitación y colorea los muebles de metal en amarillo, las paredes en amarillo, el cubrecama también. Está recostado y mira hacia arriba: las tejas ceñidas del techo, amarillas, son interrumpidas por un letrero escrito a mano sobre la teja. Él lee el letrero dos, tal vez tres veces, luego parpadea y echa un vistazo alrededor del cuarto.

Es un cuarto justo. Institucional. Hay un escritorio junto a la ventana. El escritorio está vacío, con excepción del reloj de alarma que timbra a todo volumen. Quizá, en este punto, Earl advierta que está completamente vestido. Incluso tiene los zapatos puestos debajo de las sábanas. Se levanta de la cama y cruza la habitación hasta el escritorio. No hay nada que pudiera sugerir que alguien vive (o vivió) en ese cuarto, excepto por los extraños recortes pegados con cinta por aquí y por allá en las paredes. No hay fotografías, ni libros, ni nada. A través de la ventana puede ver la luz de la luna reverberando sobre un campo de césped perfectamente cortado.

Earl presiona el botón de snooze y luego mira con detenimiento el par de llaves pegadas con cinta en el reverso de su mano. Remueve la cinta mientras mira los cajones vacíos. En el bolsillo izquierdo de la chamarra encuentra un rollo de billetes de cien dólares y una carta en un sobre cerrado. Earl echa un vistazo al resto de la habitación, incluido el baño: restos de cinta, colillas. Nada más.

Distraído, Earl juega con el borde de la cicatriz que tiene en el cuello y vuelve a la cama. Se recuesta sobre su espalda y mira hacia las tejas y al letrero escrito en ellas. El letrero dice: LEVÁNTATE, SAL DE AQUÍ AHORA MISMO. ESTAS PERSONAS INTENTAN MATARTE.

Earl cierra los ojos.

Intentaron enseñarte a hacer listas en la primaria, ¿lo recuerdas? Antes, cuando tu agenda era el reverso de tu mano. Y si tus deberes se borraban con el agua de la ducha, bueno… simplemente no los hacías. No hay dirección, decían. No hay disciplina. Así que trataron de que lo escribieras todo en un lugar de mayor permanencia.

Por supuesto que tus profesores se orinarían de la risa si te vieran ahora. Porque te has convertido en el producto exacto de sus lecciones de organización. Porque no puedes ni ir a orinar sin consultar antes alguna de tus listas.

Estaban en lo cierto: las listas son la única salida para este desastre.

Ésta es la verdad: las personas, incluso las más normales, nunca son simplemente una sola persona con una serie de atributos. No es tan simple. Todos estamos a merced del sistema límbico: nubes de electricidad flotando a través de nuestro cerebro. Todo hombre está dividido en fracciones de veinticuatro horas y luego, nuevamente, le siguen otras veinticuatro horas. Es una pantomima cotidiana. Un hombre le cede el control al siguiente: un backstage lleno de charlatanes que aguardan su turno para destacar. Cada semana, cada día. El hombre enojado le cede la batuta al malhumorado y este, a su vez, la cede al adicto al sexo, al introvertido, al conversador. Cada hombre es una muchedumbre, una larga cadena de idiotas.

Esta es la tragedia de la vida: porque por unos cuantos minutos al día cada hombre se convierte en un genio. Instantes de lucidez, de revelación, como quieras llamarlo. Las nubes se parten, los planetas se alinean y todo se torna demasiado obvio: debería dejar de fumar, tal vez; aquí está la fórmula para ganar un millón de dólares o tal y cuál es la llave de la felicidad eterna. Esa es la triste verdad. Por un escaso momento los secretos del universo se muestran ante nosotros. La vida es el truco barato de un prestidigitador.

Pero luego el genio, el erudito, debe ceder el control al siguiente tipo en la fila, el sujeto que, seguramente, sólo quiere comer una bolsa de papas y, entonces, la inspiración y la lucidez y la salvación le es confiada a un idiota o a un hedonista o a un narcoléptico.

El único modo de salir de este enredo es, por supuesto, tomar las medidas necesarias para asegurarte de controlar a todos esos idiotas en los que te conviertes. Tomar la cadena, mano por mano, y conducirlos. La mejor manera de hacerlo es con una lista.

Es como una carta que escribes para ti mismo. Un plan maestro ideado por el chico que puede ver la luz, creado a partir de pasos sencillos para que el resto de los idiotas puedan comprenderlo, que puedan seguir, paso a paso, del uno hasta el cien. Repetirlo cuantas veces sea necesario.

Tu problema es, probablemente, un poco más agudo, pero en esencia es el mismo.

Es como aquella cosa de computación, “La habitación china.” ¿Lo recuerdas? Un sujeto se sienta en una habitación pequeña, tiene algunas cartas escritas en un idioma que desconoce y debe ordenarlas de acuerdo con las instrucciones que alguien más le dicta. Las cartas, supuestamente, deben contar un chiste en chino. Pero el tipo no habla chino, por supuesto. Él sólo sigue instrucciones.

Hay algunas diferencias obvias en cuanto a tu situación, desde luego: tú lograste escapar de la pequeña habitación en la que te tenían encerrado, así que toda la empresa debe ser portátil. Y el tipo que te da las instrucciones eres tú, también, en una versión anterior de ti. Y el chiste que estás contándote a ti mismo, bueno, debería de ser gracioso. Pero no creo que alguien más le encuentre la gracia.

Así que la idea es esa. Sólo debes seguir instrucciones. Como trepar por una escalera o descender de ella. Un paso a la vez. Siguiendo la lista. Es sencillo.

Y el secreto de una lista, por supuesto, es mantenerla oculta en un sitio en donde puedas hallarla.

IV

Él puede escuchar el zumbido a través de sus párpados. Insistentemente. Trata de extender el brazo hacia el reloj de alarma pero no puede moverlo.

Earl abre los ojos para mirar a un gran hombre que se inclina sobre él. El hombre lo mira, irritado, y luego prosigue su trabajo. Earl mira alrededor de él. Está demasiado oscuro como para ser la oficina de un doctor.

El dolor inunda su cerebro, bloqueando todas las preguntas. Se retuerce de nuevo, tratando de librar su antebrazo que le quema como si estuviera en llamas. El brazo no se mueve, el hombre vuelve a mirarlo con el ceño fruncido. Earl se acomoda en la silla para poder mirar por encima de la cabeza del hombre.

El dolor y el ruido provienen del arma que el hombre tiene en las manos —un arma con una aguja en donde debería de estar el cañón—. La aguja se clava en el interior del antebrazo de Earl, dejando un rastro de letras hinchadas a su paso.

Earl trata de acomodarse mejor en el asiento para mirar con mayor atención aquellas letras, pero no puede. Vuelve a recostarse y mira hacia el techo.

Eventualmente el tatuador apaga el ruido, limpia a Earl con un trozo húmedo de gasa y luego deambula hacia la parte posterior del local para extraer un folleto que explica cómo evitar una posible infección. Tal vez más tarde le contará a su esposa sobre este hombrecillo y su nota. Tal vez su esposa lo convenza de llamar a la policía.

Earl se mira el antebrazo. Las letras brillan sobre la piel y sangran un poco. Van desde la correa de su reloj hasta la parte posterior del codo. Earl parpadea ante el mensaje y luego vuelve a leerlo. Éste dice, con acabadas letras mayúsculas YO VIOLÉ Y ASESINÉ A TU ESPOSA.

Hoy es tu cumpleaños, así que te traigo un pequeño regalo. Pude haberte comprado una cerveza, pero quién sabe en dónde habrías terminado.

Así que en vez de eso te traje una campanita. Creo que tuve que empeñar tu reloj para comprarla, pero, de cualquier manera, ¿de qué demonios te sirve un reloj?

Probablemente te estés preguntando ¿por qué una campana? A decir verdad creo que vas a preguntártelo cada vez que encuentres la campana en tu bolsillo. Demasiadas palabras. Demasiado para ti cada vez que quieras volver a cavar en cada pequeña pregunta de la que quieres conocer una respuesta.

En realidad es una broma. Una broma pesada. Pero piénsalo de esta manera: no me río de ti sino contigo.

Me gustaría pensar que cada vez que la saques de tu bolsillo y te preguntes “¿por qué tengo esta campana?” una pequeña parte de ti, un pequeño trozo de tu cerebro dañado lo recuerde y ría de la misma manera en la que yo me estoy riendo ahora.

Además ya conoces la respuesta. Es algo que has aprendido antes. Así que si lo piensas lo sabrás.

En los viejos tiempos la gente vivía con el miedo de ser enterrada viva. ¿Lo recuerdas? La ciencia médica no era en ese entonces lo que es ahora, así que no era poco común que la gente despertara de pronto en un ataúd. Así que la gente rica tenía ataúdes equipados con tubos de respiración. Pequeños tubos que se asomaban por encima del lodo, así que si alguno de ellos llegaba a despertar en aquel lugar en donde no debían estar no se quedaría sin oxígeno. Ahora, hicieron este experimento y se percataron de que los tubos eran demasiado estrechos como para conducir el ruido, al menos no el suficiente como para ser escuchados, así que introdujeron, a través del tubo, un hilo que conducía hacia una campana colocada sobre la tumba. Si una persona muerta volvía a la vida lo único que debía hacer era sonar la campana de manera que alguien lo escuchara y pudieran sacarlo de allí.

Estoy riéndome ahora mientras te imagino en el autobús o, tal vez, en restaurante de comida rápida buscando en tus bolsillos y hallando esa campanita, preguntándote de dónde salió, por qué la llevas contigo. Puede que incluso la hagas sonar.

Feliz cumpleaños, amigo.

No sé quién descifró la solución a nuestro problema, así que no sé si debo felicitarte a ti o a mí. Es un pequeño cambio en tu estilo de vida, es cierto; sin embargo, es una solución elegante.

Sólo mírate y hallarás la respuesta.

Esto suena como algo salido de una tarjeta de supermercado. No sé de qué manera se te ocurrió, pero me quito el sombrero ante ti. No es que sepas de qué demonios te estoy hablando. Pero fue una idea maravillosa. Después de todo, la gente necesita de espejos para recordar quiénes son. Tú no eres distinto.

V

La tenue voz mecánica se pausa, luego repite. “Son las 8:00 A.M., esta es una llamada de cortesía”. Earl abre los ojos y reacomoda el auricular en su sitio. El teléfono cuelga de la cabecera de chapa barata, se extiende detrás de la cama, pasando por una esquina, hasta terminar en el minibar. La televisión sigue encendida: manchas color carne que parlotean entre ellas. Earl se recuesta y se sorprende al verse a sí mismo, viejo, bronceado, con el cabello separándose de su cabeza como rayos de sol. El espejo del techo está roto, el color plateado se desvanece entre los pliegues. Earl sigue mirándose a sí mismo, sorprendido por cómo luce. Está completamente vestido pero la ropa luce vieja, raída.

Earl siente la zona familiar de su muñeca izquierda en donde estaba su reloj, pero se ha ido. Bajó la mirada del espejo hasta su brazo. Estaba descubierto y la piel mostraba un bronceado distinto como si, en primer lugar, nunca hubiese tenido un reloj. Exceptuando la oscura flecha negra del interior de la muñeca de Earl que apuntaba hacia su manga, el resto de la piel posee el mismo tono. Miró detenidamente aquella flecha. Quizá deje de frotarla. Se arremanga la camisa.

La flecha apunta hacia una frase tatuada que cubre toda la parte interna de su antebrazo. Earl lee aquella oración una, dos veces, quizá. Otra flecha que sale del inicio de la frase apunta más arriba del brazo de Earl, perdiéndose por debajo de la manga. Se desabotona la camisa.

Mirando hacia su pecho puede advertir las formas pero no logra enfocarlas, por lo cual debe mirar de nuevo hacia el espejo encima de él.

La flecha sigue subiendo por el brazo de Earl, cruza por su hombro, llega a la parte superior de su torso, hasta apuntar a la imagen del rostro de un hombre que ocupa la mayor parte de su pecho. El rostro es el de un hombre alto, calvo, con bigote y barba de chivo. Es un rostro particular, pero, como en los retratos policiales, posee una calidad poco certera, irreal.

El resto de su torso está cubierto con palabras, frases, partes de información e instrucciones, todas ellas escritas al revés en el pecho de Earl, pero al derecho al ser vistas en el espejo.

Eventualmente Earl toma asiento, abotona su camina y camina hacia el escritorio. Toma una pluma y una hoja de papel del cajón de escritorio, toma asiento y comienza a escribir.

No sé en qué lugar estarás cuando leas esto. No estoy seguro de si te importa, acaso, leer esto. Supongo que no lo necesitas.

Es una pena, en verdad, saber que tú y yo nunca vamos a conocernos. Pero, como dice la canción: By the time you read this note, I’ll be gone.

Estamos tan cerca ahora. Así es como lo siento. Muchas de las piezas se han ido acomodando, se aclararon. Supongo que es sólo cuestión de tiempo para que lo encuentres.

Quién sabe qué habremos hecho para llegar hasta aquí. Debe ser una historia infernal, si tan sólo pudieras recordarla. Supongo que es mejor que no lo hagas.

Se me acaba de ocurrir algo. Quizá lo encuentres útil.

Todos aguardan el momento de que el Fin llegue, pero ¿qué tal si eso ya sucedió? ¿Qué si la broma final del día del Juicio fue que ya habíamos llegado y pasado, y estábamos sin enterarnos? El Apocalipsis llegó silenciosamente; los elegidos ya fueron enviados al cielo y el resto de nosotros, aquellos que fallamos la prueba, seguimos vagando, inconscientes de ello. Muertos. Deambulando mucho después de que los dioses han dejado de prestarnos atención, siendo optimistas ante el futuro.

Supongo que si eso es verdad, entonces no tiene mucha importancia aquello que hagas. No hay expectativas. Si no logras encontrarlo, entonces no importa, porque en realidad ya nada importa. Y si acaso lo encuentras entonces podrías matarlo sin importar las consecuencias. Porque no existen las consecuencias.

Eso es lo que pienso ahora en esta miserable habitación. En la pared hay fotografías enmarcadas de barcos. No sé, obviamente, pero si tuviera qué adivinar diría que estamos en algún lugar cercano a la costa. Si te preguntas por qué tu brazo izquierdo es cinco veces más oscuro que el derecho no sabría qué decirte. Supongo que hemos manejado por un largo tiempo. Y no, no sé qué le ocurrió a tu reloj.

Y todas esas llaves… no tengo idea para qué son. No reconozco ninguna. Llaves de auto, de casas, y llaves pequeñas para abrir candados. ¿Qué hemos estado haciendo?

Me pregunto si él se sentirá estúpido cuando lo encuentres. Atrapado por el hombre de los diez minutos. Asesinado por un vegetal.

Yo me iré en un momento. Dejaré la pluma, cerraré los ojos… y después podrás leer esto si así lo deseas.

Sólo quiero que sepas que estoy orgulloso de ti. Ya no queda nadie importante para decírtelo. Y aquellos que quedan no querrán hacerlo.

VI

Los ojos de Earl están abiertos de par en par, mirando a través del cristal del auto. Ojos sonrientes. Ríen a través de la ventana hacia la multitud que se aglomera cruzando la calle. La multitud replegada alrededor del cadáver de la puerta. El cadáver que se vacía gradualmente sobre la acera hacia la coladera.

Un tipo rechoncho, boca abajo, con los ojos abiertos. Cabeza calva, barba de chivo… En la muerte, como en los retratos policiales, los rostros tienden a parecerse. Este es, definitivamente, un rostro particular. Aunque en realidad podría ser cualquiera.

Earl sigue sonriendo hacia el cuerpo mientras el auto se va alejando de la acera. ¿El auto? ¿Quién lo dice? Tal vez es una patrulla de policía. Tal vez es sólo un taxi.

Conforme el auto se introduce en el tráfico, los ojos de Earl continúan brillando en la oscuridad, mirando el cuerpo hasta que desaparece entre un círculo de peatones. Se ríe de sí mismo mientras el auto marca la distancia entre él y la multitud que va creciendo.

La sonrisa de Earl se desvanece un poco. Algo le ha ocurrido. Comienza a palpar sus bolsillos; primero con lentitud, como un hombre buscando sus llaves, después un poco más desesperado. Tal vez aquella búsqueda es impedida por un juego de esposas. Vacía el contenido de sus bolsillos sobre el asiento a un lado suyo: algo de dinero, un manojo de llaves, papeles.

Un bulto de metal redondo brota de su bolsillo y se desliza a través del asiento de vinil. Earl está frenético ahora. Golpea a través del plástico que divide los asientos entre él y el conductor, clamando al hombre por una pluma. Quizá el conductor no habla mucho el idioma. Quizá el policía no tiene el hábito de hablar con los sospechosos. De cualquier manera, la división entre el hombre que conduce y él permanece cerrada. La pluma no está disponible.

El auto cruza un bache y Earl parpadea observando su reflejo en el retrovisor. Se encuentra en calma. El conductor gira en una esquina y el trozo de metal redondo gira de nuevo hacia la pierna de Earl realizando un leve tintineo. Él la recoge y la mira con curiosidad. Es una campanita. Una campanita de metal. En ella están escritos su nombre y una serie de fechas. Reconoce la primera de ellas: el día de su nacimiento. Pero la segunda fecha no le dice nada. Nada de nada.

A medida que gira la campana entre sus manos, se da cuenta del espacio vacío en su muñeca en donde solía estar su reloj. Hay una pequeña flecha apuntando hacia su brazo. Earl mira la flecha, luego empieza a remangarse la camisa.

“Llegarás tarde a tu propio funeral”, decía. ¿Lo recuerdas? Cuanto más lo pienso, más gastado me parece. ¿Qué clase de idiota, después de todo, tiene algún tipo de prisa por llegar al final de su propia historia?

¿Y cómo podría saber si voy tarde, de cualquier modo? Ya no tengo un reloj. No sé lo que hicimos con él.

De todas maneras, ¿para qué demonios quieres un reloj? Era una antigüedad. Peso muerto para tu muñeca. Símbolo del viejo tú. Aquel que creía en el tiempo.

No. Tacha eso. No fue hace mucho que perdiste la fe en el tiempo así como el tiempo perdió la fe en ti. ¿Y quién lo necesita, de cualquier modo? ¿Quién quiere ser uno de esos bobos que anhelan vivir en la comodidad del futuro, en la comodidad del momento después de sentir algo realmente poderoso? Viviendo en el momento siguiente en el que no sienten nada. Arrastrándose por debajo de las manecillas del reloj, lejos de la gente que les hizo cosas innombrables. Creyendo la mentira de que el tiempo cura todas las heridas —la cual es sólo una buena forma de decir que el tiempo nos adormece—.

Pero tú eres distinto. Eres mucho más perfecto. El tiempo significa tres cosas para la mayoría de la gente, pero para ti, para nosotros, sólo significa una. Una singularidad. Un momento. Este momento. Como si fueras el centro del reloj, el eje sobre el que giran las manecillas. El tiempo se mueve alrededor de ti, pero nunca te mueve a ti. Ha perdido la habilidad de dañarte. ¿Qué es lo que ellos dicen? ¿Que el tiempo es un ladrón? No para ti. Cierra los ojos y podrás comenzar todo de nuevo. Evocar esa sensación tan necesaria, fresca como las rosas.

El tiempo es un absurdo. Una abstracción. Lo único que importa es este momento. Este momento, un millón de veces. Tienes que confiar en mí. Si este momento se repite lo suficiente, si lo sigues intentando (y debes seguir intentando), con el tiempo se encontrará con el siguiente elemento en tu lista.

No podrás tener una vida normal nunca más. Debes saberlo. ¿Cómo puedes tener una novia si no puedes recordar su nombre? No puedes tener hijos, a menos que quieras que ellos crezcan con un padre que no puede reconocerlos. Es seguro que no puedes conservar un trabajo. No hay muchas profesiones ahí fuera que valoren el olvido. La prostitución, tal vez. La política, por supuesto.

Esta es la tragedia de la vida: porque por unos cuantos minutos al día cada hombre se convierte en un genio. Instantes de lucidez, de revelación, como quieras llamarlo. Las nubes se parten, los planetas se alinean y todo se torna demasiado obvio: debería dejar de fumar, tal vez; aquí está la fórmula para ganar un millón de dólares o tal y cuál es la llave de la felicidad eterna. Esa es la triste verdad. Por un escaso momento los secretos del universo se muestran ante nosotros. La vida es el truco barato de un prestidigitador.

*

Este cuento fue publicado por primera vez en la revista Esquire, en su edición estadounidense en marzo del 2001.


Traductor: Marco Antonio Toriz Sosa. Estudiante de Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Escribe cuento, poesía y, a veces, crónica y ensayo. Sus cuentos y poemas han aparecido en las revistas Primera Página, Osario, Punto de Partida UNAM, Palabrerías y Círculo de Poesía.

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