Etiqueta: Teatro

Leer Más

La piel del atardecer que nos cae cuando esperamos a una mujer || Obra de Edgar Navarro

Personajes:

Edmundo Montero (Hombre de 35 años, con traje azul, camisa blanca, no rasurado; con pronunciadas ojeras y cabello corto, que revela aún más sus entradas; lleva el libro El jugador de Dostoievsky.)

Anciano (Hombre de alrededor de 70 años; usa chamarra a cuadros y pantalón gris; calvo, con boina.)

Escenario: La acción se desarrolla en un parque, hay luz de sol, aunque empiezan a formarse nubes de lluvia, que se van acercando a la escena conforme ésta avanza. El personaje principal espera a una mujer de nombre Beatriz Flores. Detrás de la banca donde está Edmundo Montero, se alcanza a ver el tronco de un árbol cuya copa no se alcanza a ver, sólo su sombra se proyecta en la banca. Detrás de la escena desfilan muchas personas.

Leer Más

Natalicio de Tennessee Williams: las trampas de la ensoñación

Para Lorena González.

Ahora comprendo el discurso de tu puesta en escena

Edgar_Degas_-_In_a_Café_-_Google_Art_Project_2

Los mejores ejemplos de realismo en el arte son sospechosamente poéticos. Acaso porque ver la realidad con atención es aceptar que ésta es atroz, y que sólo puede ser soportada y justificada, en palabras de Nietzsche, como experiencia estética.

La experiencia estética, sin embargo, se vuelve difícil de mantener en medio del materialismo y la violencia. En medio del espantoso tedio de vivir. «Cuando la felicidad se la ha dado a alguien a pedazos, como a mí, se vuelve uno mezquino y malvado», dice Blanche Dubois, maestra de literatura que huye de su pueblo a casa de su hermana, perseguida por el escándalo, por acostarse con sus estudiantes. «Dios existe, a veces», declara entre los brazos de Mitch, que le devuelve la esperanza de amar… ¿y no es acaso esto lo que esperamos de la experiencia estética? ¿Volver a ver el rostro de Dios? ¿Asegurar un remanso de paz, de alegría, mantener viva la llama un instante? ¿Ese pedazo de felicidad hacerlo eterno por un segundo?

Leer Más

Más allá de la esperanza: entre la oscura raíz del grito y la voluntad de vivir

Para Ileana

Decía Schopenhauer que al final de una buena tragedia la sensación que se tiene es la de que no vale la pena seguir viviendo. Decía Aristóteles que la finalidad de la tragedia es producir horror y conmiseración ante la caída del héroe. Náusea, muerte, destrucción, imposibilidad de restitución… son las palabras que definen la tragedia.

¿Por qué necesitamos tragedias? ¿Qué goce puede extraerse de semejante golpe de realidad, frente al placer del melodrama, donde todo sucede de acuerdo a nuestros sueños?

Leer Más

Las brujas de Miller, el marxismo de Gramsci

El marxismo produjo distintos enfoques teóricos para el análisis del contexto, ya sea económico, social, artístico o literario. Los elementos con los cuales se evalúa cualquier fenómeno del hombre, aún resultan interesantes para el estudio de las circunstancias humanas y del entorno. Dentro de esta doctrina, Las brujas de Salem, de Arthur Miller, sobresale por su explícita denuncia a los problemas del «macarthismo».

Leer Más

Teatro en los rincones de Filosofía y Letras: La acidez de las mariposas de Mónica Perea

Fotografía de Farah León

En los rincones más ocultos de la Facultad de Filosofía y Letras se presentan, cada semana, propuestas teatrales al alcance de una mirada curiosa con ganas de asomarse a los pliegues del corazón humano.

En los rincones más ocultos de cualquier ciudad, de cualquier casa, de cualquier universidad, se ocultan los vergonzosos gritos del placer, del dolor, de la vida: un parto secreto, una violación, la cópula desenfrenada y sin sentido en medio del alcohol y la música, la masturbación, el descubrimiento de la sexualidad que asoma, escondida, entre las piernas de una mujer…

Estos dos ínfimos rincones, el de la Facultad y el de la mujer, se cruzan en la experiencia teatral de La acidez de las mariposas, de Mónica Perea.

Leer Más

Aurym Blues: la imposibilidad de estar solo

El hombre, solo frente a la naturaleza, crea. De esta creación, a veces, resulta la obra de Arte.

De manera análoga, el espectador de la obra de Arte, se encuentra inmerso en esta nueva naturaleza, que, como quería Borges, es una naturaleza creada por el hombre, creada para que la descifre el hombre: es decir, una naturaleza donde no está solo, porque dialoga con el autor. En esta naturaleza, el hombre es capaz de conocer a su Dios. Y es el espectador el que, ante los estímulos de esta nueva naturaleza, completa en su corazón la obra de Arte.

Este extraño proceso de recreación se hace más intenso en el caso del teatro, donde un grupo de artistas crean un universo a partir del universo creado por un dramaturgo o, como en el caso de la compañía que me ocupa, del universo creado por la música.