Etiqueta: Poetas mexicanos contemporáneos

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Leones en la entrada o «La heráldica del hambre» – Ensayo de David Anuar

El corazón puede rugir más fuerte que el mar;
es más hondo y traga más hombres.

Sergio Pérez Torres

El 12 de octubre de 1918, la Sociedad Española de Beneficencia inauguró “La Quinta de la Salud Ibérica” en la ciudad de Mérida, Yucatán. Bajo su pórtico, custodiado por leones a los costados y en todo lo alto, cruzaban personas hacia su interior, hombres, mujeres, niños, pero sobre todo, hombres. En 2015, casi un siglo después de su apertura, el rastro de un hombre muerto me llevó a conocer, por primera vez, la imponente belleza de esos leones esculpidos en la roca. Sergio Pérez Torres, el poeta que hoy nos congrega, escribe en su libro La heráldica del hambre, merecedor del Premio Nacional de Poesía Ydalio Huerta Escalante 2016, los siguientes versos:

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Un vestido azul o dorado

Ilustración de Aimeé Cervantes

Desde que descubrí las ilusiones ópticas aprendí a desconfiar de mis ojos. La primera que vi fue el dibujo de una joven con sombrero de plumas y vestido victoriano, de quien sólo se observaba el ángulo de la mandíbula, la oreja y las pestañas de un ojo. Tenía la leyenda: “¿Y tú qué ves? ¿Una muchacha que mira hacia otro lado o una señora de nariz grande?” Mi madre veía a la anciana, pero yo no podía dejar de observar a aquella muchacha que desdeñaba mirarme. Hasta que, por la gracia del insistente, la vi. Las vi a ambas. Ese pequeño engaño me produjo una especie de vértigo, como el que buscaba al girar en las tazas locas de la feria. Aquel viejo “ver para creer” perdió su dogmatismo. Había germinado la semilla de la sospecha.

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Contaminación turística || Poema en prosa de Alfredo Lozano

Los he visto fornicando en las playas más obscuras, exhibiéndose mientras los niños posan. Los he visto orinando las ceremonias, dormidos entre plazas, acariciando nativas. Los he visto tragar su vómito, naufragar entre psicoactivos, engullir la comida local, después abandonar los restos en los matorrales, los he visto moralistas. Los he visto musitar, hablar en el dialecto de Buer. Se escaman, se prenden fuego, muerden sus escápulas, raspan su piel contra las piedras. Ellas se inclinan, alzan sus caderas y esperan ser penetradas, hacen visiones con sus sexos. Escupen en el Síndrome de Venecia. Los he visto tocar trompones hasta el amanecer cuando los trabajadores salen a sus oficios. Los he visto robar al arte, generar estruendos con sus botas llenas de lodo al danzar fandungas, balancear las mazas en fila, una encima de la otra, ancladas en su nariz, malabarear con aros y bolas sus manos de medusa. Los he visto implorar limosna al indigente. Creen que tienen una insaciable necesidad de reencuentro. Los he visto apocar los dormitorios, dejar al lugareño sin recinto. Después chocan con las expectativas, se desilusionan, se suicidan: Síndrome de París. Estamos en los tiempos del odio al turista.