Etiqueta: Poesía

Leer Más

Rosalía es para siempre

Siempre encuentro muy necesario hablar, sugerir o escribir sobre por qué cualquier momento es perfecto para leer a Rosalía de Castro (1837-1885). La gran poeta de Galicia ha dejado su huella en la tradición popular gallega y en un sinfín de autores ulteriores; por ejemplo, en los Seis poemas galegos (1935) y en algunas de las Impresiones y paisajes (1918) de Federico García Lorca, en los relatos cortos de Manuel Rivas, así como en cantautores como Xoan Montes Capón, Luz Casal y Carlos Nuñez, quienes han musicalizado la “Negra sombra» del fenomenal libro Follas novas (1880). El otoño siempre nos invita a reiterarnos la fugacidad de nuestra piel, como si fueran hojas quebradizas de un otoño deshojado. Éste es el mejor momento, tal vez, para ir a las Hojas nuevas tan eternas y tan entrañables como la presencia de Rosalía de Castro.

Leer Más

Una pincelada de realidad en el lienzo del deseo: La contemplación en la poesía de Luis Cernuda

Luis Cernuda ha sido uno de los casos más claros de ‘voz’ poética. Lo que ha habido siempre en su mejor poesía ha sido eso: voz, indefinible acento, ritmo pero no insistente, sino tierno y ahogado como de agua murmurante.

Tomás Segovia

Contemplación. Con esta palabra —aun en distintas altitudes temáticas— Pedro Salinas, Elena Garro, James Valender, Octavio Paz y Miguel J. Flys coinciden al aproximarse hacia los primeros trazos del retrato del magnífico poeta sevillano Luis Cernuda Bidón (1902-1963). Por supuesto, estos retratos de palabras suelen trazarse con técnicas muy poéticas de pincel delgado y amable. “Era como si Cernuda viviera separado del mundo por una cortina invisible”, dice Elena Garro en sus memorias españolas, en las que la escritora mexicana nos lega cómo le conoció dorándose la piel bajo el fustigante sol en las playas de Valencia, en plena Guerra Civil. Garro nos describe a un Luis Cernuda tímido, cariñoso, melancólico y reforzadamente prudente ante las preguntas insaciables de Elena. Con esa misma paciencia con la que Cernuda observaba el mar de Valencia entre bombardeo y bombardeo, trazaba el recorrido de sus primeros pasos literarios. La soledad fue un ingrediente medular de la creación poética de Cernuda. La soledad permite que el poeta admire y contemple el mundo para articularlo mediante el misterioso y revelador lenguaje de la poesía. No son gratuitas todas las letras que se han escrito sobre los colores de Fray Luis de León en las imágenes poéticas del sevillano:

Leer Más

Canto y arquitectura || Poemas de Edis Namar

Perorata de un loco (otro rayo de luna)

«La vi. Filo de guadaña la luna.
La hierba a vértigo de selva sonaba.
La miraba, tan sólo la miraba.
Rayo era que refulge en la laguna,
una cósmica reflexión montuna,
perdida esquirla de una estrella brava,
luz maldita que del hombre secaba
las razones. ¡Oh, suerte cruel y bruna!
Porque lo bello no nos salva, no…
Era el horror ceñido de artificio,
ojos serenos que el diablo tomó
para hurtar el elixir de la mente.
No los mires que a través de su esquicio
está hacia la postrera sombra el puente».

Leer Más

Cuando se encuentran las palabras: Homenaje a la poeta Julia Uceda

Parece que la vida no se cansa de demostrarnos que hay geografías en las que las aguas de sus ríos llevan disuelto el mineral de la poesía. Es por esto que quienes la han bebido desde hace siglos regalaron al mundo una fuente de la que brotan poetas y más poetas como un chopo de palabras cristalinas de tornasoles.

Hay en Andalucía una predisposición por la creación poética; y no me refiero a que no exista en ningún otro sitio, pero en la tierra de Luis de Góngora, Gustavo Adolfo Bécquer y Antonio Machado se respira aquel ingrediente mágico que Federico García Lorca cristalizó en América como duende. Y coincido con Lorca en que México y España son territorios poéticos en los que nuestras vidas aprendieron a andar de la mano de la muerte, por eso le cantamos y bailamos con ella. La latencia de la muerte, como una sábana de nubes que mantiene en calor de la irónica vida, es el firmamento de la poesía andaluza.

Leer Más

Familias y vacas

Hace poco fue mi cumpleaños y Mariana me trajo un libro. Es una tradición que hemos tejido en el tiempo en el que hemos sido amigas. Regalarle un libro a alguien de letras es ciertamente una tarea difícil; llegó un momento en el que los libros de Castellanos y Dueñas se nos acabaron, así que me trajo un poemario delgado envuelto en papel azul. Me dijo «es una poeta nueva, espero que te guste».

Leer Más

‘La estela que dejó Federico García Lorca’: Rafael Alberti

[…] una noche, en sueños, se me presentó Federico, como subido de la profundidad de la tierra, para verme. Estaba muy envejecido. Parecía que hubiera seguido cumpliendo años, físicamente, durante todos aquéllos después de su muerte. Pensé que tal vez ascendía del barranco en donde fue arrojado para reconciliarse conmigo —¿sería eso?— por las mínimas e inocentes rencillas literarias que alguna vez pudimos haber tenido.

Rafael Alberti

Hurgando de nuevo por las memorias de Rafael Alberti, quise dar continuidad a la columna anterior, en la que me subí a las ramas de su arboleda perdida para pintar cómo Rafael conoció a Federico. Ahora, en esta peineta de la ene de agosto, me inspira escribir sobre un suceso que marcó la vida de Alberti de igual manera como cuando se encontraron por primera vez estos dos poetas andaluces; me refiero, por supuesto, a cómo afectó el asesinato de Federico a Rafael.

Leer Más

‘Cuando conocí a Federico García Lorca’: Rafael Alberti

Debiste de haber muerto sin llevarte a tu gloria
ese horror en los ojos de último fogonazo
ante la propia sangre que dobló tu memoria,
toda flor y clarísimo corazón sin balazo.
Mas si mi muerte ha muerto, quedándome la tuya,
si acaso le esperaba más bella y larga vida,
haré por merecerla, hasta que restituya
a la tierra esa lumbre de cosecha cumplida.
 

«Elegía a un poeta que no tuvo su muerte»
RAFAEL ALBERTI 

La arboleda perdida de Rafael Alberti, magnífico poeta y dramaturgo, suele mencionarse como las ‘memorias’ del poeta gaditano. Probablemente sea ésta la manera con la que Rafael llamaba a este conjunto de libros en los que, a guisa de retrospección, escribía su historia de vida, sobre aquél que había sido en el pasado. En este texto mi prioridad no es disertar sobre un posible estatuto genérico de La arboleda perdida como una autobiografía en partes y no como la conocemos mayoritariamente, como memorias. Sin embargo, esta discusión es muy interesante y fecunda para escribir muchas páginas sobre su menester en el futuro. Será en otra ocasión.

En ésta traigo al presente un momento maravilloso para la literatura española del siglo anterior que quedó inmortalizado en el segundo libro de La arboleda perdida: aquel día de octubre de 1924 en el que, como dos fuerzas tan grandiosas y potentes como un huracán masivo y un volcán eruptivo colisionando, se conocieron Rafael Alberti y Federico García Lorca en la Residencia de Estudiantes de Madrid.