Recuerdo la muerte. Sí. La recuerdo y me recuerda pues la cargo en los tuétanos.
Un panorama de amplio espectro en torno al fenómeno de la palabra escrita
Recuerdo la muerte. Sí. La recuerdo y me recuerda pues la cargo en los tuétanos.
Dormidos flotamos en el éter,
Eugenio Montejo
nos arrastran las naves invisibles
Hacia mundos remotos
pero sólo en la tierra abren los párpados.
La basílica de San Roque era nuestro punto de encuentro con el ruido de Barranquilla. Vivíamos en un pueblito a treinta minutos del centro y a muchas lágrimas de humillación de distancia, con respecto a nuestro verdadero hogar. Éramos migrantes caminando entre musarañas nuevas y vacíos en el pecho.
Ilustración de Carlos Gaytán
Cuando cuentes cuentos, cuenta cuántos cuentos cuentas; porque si no cuentas cuántos cuentos cuentas, nunca sabrás cuántos cuentos sabes contar.
Trabalenguas popular
Las cuentas no siempre valen lo mismo. Al momento actual, hay más de 62 mil infectados en México por esta desconcertante mutación virulenta. En el mundo hay más de cinco millones de casos estimados. Veo las estadísticas que ofrece Google, sus gráficas apenas coloridas. Trato de recordar que esas cifras en realidad son —¿o representan?— personas. De pronto los miles y los millones pesan más.
Mis piernas son esbeltas…
Y desde el pubis hasta la axila se cuela el aire,
mi cabellera se desarma, cuando la suelto en el viento,
mis ojos son una mezcla entre el aire y el descaro…
Mi aroma, inevitablemente, te quita el aliento,
pero mi boca te catapulta al infierno…
Todas mis vertebras son preciosas, se alzan hasta mi cuello,
mi centro es flexible y húmedo…
Mis pies caminan nerviosos y sucios,
tristísimos y viudos, llorando por un par de zapatos…
Pidiéndole a las piernas que corran para traerles unos tacones,
o unos tenis poco importa…
Quieren la protección tan útil de unos zapatos.
Un joven delira en la necrópolis,
sorprendiendo pesadillas extrañas ante sus ojos,
deambula por entre lo tenebroso,
su mente se turba con ofuscaciones,
sólo desciende hacia lo tempestuoso,
va él como un moribundo por entre fríos de espinas,
captando depravaciones espantosas,
que lo mortifican hasta aterrarlo,
grita sus quejidos de lamentación,
porque siente al profundo dolor,
grave para este presente tan suyo,
padeciendo toda su expiación,
loco se horroriza como un embrujado.
Fotografía: «Anagnórsis», de las esculturas de López-Arza, Marcos González González, 2014
Esta cultura, escribió Max en su libreta de apuntes, concibe la muerte como anagnórisis. Y subrayó el término griego considerando que pudo haber registrado aquello en una nota de voz del móvil.
Imagen: Licaón transformado por Zeuz, grabado neerlandés atribuido a Hendrick Goltzius, 1589
Me gustaría que alguien
Otoniel Guevara
una tarde
—huyendo del mundo—
derribara la puerta de mi casa.
La puerta de mi casa
es un puerto
para todos los gritos.
Desde ella
la espera es un templo
construido por Licaón
profanado por el silencio.
Ilustración de Aimeé Cervantes
Será como ahora:
bolsas, papeles, zapatos, ropa
por todas partes
y la maleta, aún vacía
sobre la cama.
Imagen: Hércules lucha con el león de Nemea, Francisco de Zurbarán
Siempre amó los cuerpos romanos. Los de pelvis chatas, glúteos redondeados y pechos de triángulo. Se contentaba, en caso de necesidad, con los de otras características, pero los de contornos marmóreos fueron sus preferidos. Había en todo eso algo así como una especie de oda culinaria, de voluptuosos sabores, de jugosas y saciadas ansiedades, de expectación lograda más allá de las carnes y las edades. Ahora, en estos tiempos individualistas y groseros, están armando en el fondo de su patio una copia del coliseo. Piensa llevar allí la minuciosa labor del goce pero ya en un ámbito privado, mientras su melena su entretiene con el viento y observa sus garras afiladas, robustas y certeras que aún conservan la sagacidad desplegada en las arenas.
Ilustración de Aimeé Cervantes
Salí del hospital con mi niño en brazos. Me sentí orgullosa de mí misma. Solicité que no me sacaran en silla de ruedas, pero el camillero me dijo que era un protocolo forzoso. Me sentí aprovechada por usarla cuando podía caminar perfectamente. Nos subimos al auto y llegamos tres a casa.