Los nobles de la tormenta – Cuento de Alberto Férrera

Para ese entonces, mi trote se vio embravecido en la revuelta de los años estudiantiles que acicalaba a los revolucionarios. Su mediocre olor era el de una imitación de ratas de alcantarilla que iba dejando la oleada de contraculturas insurgentes. Las conjeturas de la música noventera se atisbaban en los altavoces de los barrios como copias certificadas de la era de rebeldía en Europa.

Conocí a Armelia en las fauces bajas de Sivar, en la mezcla de las mayores rarezas que pudieras encontrar: punks, metaleros, maricas y esnobistas que se reunían en manada a desbocar el paso en las calles agrietadas de las colonias y los bares underground que asaltaban la noche con su música. Yo era parte de los relegados, los metaleros del tercer mundo con su cabello hasta los hombros y unas botas usadas de bajo precio, esos residuos baratos que atisbó, en cada rincón, el fenómeno del black metal de Noruega. De todas las cosas que llegó a hacer el Inner Circle real, las actividades de los grupos metaleros tercermundistas se reducían a colocarse hasta los confines de borracho e ir a escuchar bandas nacionales en el Nattramn Bar de la calle Berlín.

Llegué a Nattramn Bar esa noche con unos amigos. El aura petrificada parecía de Destroyer; algunas jarras quebradas y el grito gutural del vocalista en medio del acorde gélido. La casa retumbaba por los riffs y la cerveza estaba hasta el límite del giste. Mientras todos parecían disfrutar la música desde sus posturas cabizbajas, en la barra se encontraba una chica discutiendo con tres hombres. No oía nada, hasta que me acerqué a pedir más bebida. Hablaba de la reinvención de las nuevas subculturas, sobre cómo la música se iría a la mierda tarde o temprano y que la nueva era del metal no se encontraba en los estragos de Mayhem y Burzum, sino en el folk, la belleza de la ultratumba y la autodestrucción de la carne. Sonaba petulante, hablando de mueca a mueca con su manía de apartarse los mechones rubios que caían en su boca. ¡Vaya a saberlo! Oírla hablar era como Gloria De Domino Inferni encrespado en las viejas paredes del bar. No tardamos en hacernos amigos luego de que interviniera en la conversación para avivar —¿o atenuar?— la llama del folk con el paganismo escaso de Latinoamérica. La verdad indiscutible es que El Salvador es un mar de borreguitos adoctrinados que jamás se rebelaron contra la Santa Iglesia. ¿Qué hay de malo en seguir adorando a Quetzalcóatl, Tláloc, Itzqueye o Tonantzin? Enseguida, ella se echó a reír. Ése fue el inicio de un viaje al puro estilo de la epicidad

Cualquiera podría afirmar que la relación que manteníamos Armelia y yo era un interés amoroso, pero éramos dos almas que no tardaron en convencerse la una a la otra de sus concepciones más mórbidas sobre la nuda amargura y una cosmovisión que iba más allá del caos como forma críptica de espiritualidad. El sexo me parecía trivial en esa época y, no está de más decir, que ella no era el vivo obstáculo de la asexualidad. Me hablaba por horas interminables sobre la percusión hipnótica de Forgotten Songs, el viejo aullido perceptible de las guitarras que eran directas como todo lo que salía de su boca. Tenía un aliento pestilente de los mil demonios, pese a su hábito de cepillarse los dientes dos veces al día. Ese olor fétido le recorría desde el intestino y era capaz de perfumar toda una habitación, de sahumar los huesos del más débil y encaramarlo en su visión agobiante de la vida. Me atrapó con su labia, me hipnotizó esa maldita tarde cuando dijo que la nueva Latinoamérica debía resurgir desde las cenizas, configurar su propia forma de paganismo. The Pagan Winter, a la manera pulcra de Darkthrone y una revelación contra la doctrina católica. Mientras daba su discurso, obnubilada por una línea esnifada de coca, la veía a los ojos y, desde sus ventanales, veía el abismo, un abismo donde me reflejaba con todo el orgullo de Lord of the Storms. 

—¿Cómo vamos a lograrlo? —pregunté. Lo único que surgió de mi boca, casi como una forma de suspiro. 

—Hay que exterminar a la plaga católica. 

Dimos marcha a través del leitmotiv sagrado, el plan de la nueva era, predispuesto, en las comisuras de un hoyo que no tenía retroceso. Nuestro modus operandi era sencillo: encaminarnos hacia las viejas parroquias y seleccionar a nuestras víctimas desde la indagación del culto. La misa nocturna era más favorable para dar rienda suelta a nuestros pasos que perseguían a las familias hasta llegar a sus hogares. Saqueamos iglesias, extrayendo imitaciones del Santo Grial donde colocábamos nuestra orina y la dábamos de beber a cada católico. El rictus iniciaba a la medianoche; consistía en allanar su morada y pintar en las paredes una serpiente Kukulkán. Cada borrego era atado de los brazos hacia el torso. Sending of dead, de King Diamond, alzábamos un hacha a la luz de la luna y, con el vástago poder de la hoja, cortábamos la cabeza de cada uno hasta verter la sangre en el cáliz bendecido por la libertad. Bloodfrozen. Reyes de la libertad, verdugos conferidos para un viaje interminable de sesos. 

Perdí la cuenta en el tranvía de la demencia, todas las plagas que fueron exterminadas bajo el filo del hacha. Armelia se mantuvo firme en su visión desde el principio, tanto que el plan final, para que todo saliera a la perfección, era cumplir con la forma más pura del auto aniquilamiento. Esa noche, tenía en su rostro una sonrisa peculiar. Todo jugó a su favor y, ¿quién más que yo, el encomendado para la tarea? Dibujé un pentagrama en el piso y ella se postró en una postura de ángel bestial. ¿Era orgullo lo que sentía de mi guía durante todo ese proceso? Mi playera negra de Gorgoroth no tardó en llenarse de salpicaduras rojas. 

Grabaciones explícitas del Reportaje a cargo de Fabricio López Estrada: “Muy buenos días tengan todos ustedes. Los saludo desde las instalaciones del Centro Penal La Esperanza, Calle A Mariona, San Salvador. Es veintiséis de enero y arrancamos con una cruda noticia mañanera. Dentro de estas instalaciones se encuentra Carlos Estefán Villalobos, condenado a cadena perpetua y famoso por ser el protagonista de la masacre católica en 1992; una oleada de asesinatos macabros que estremeció al país. Asimismo, es autor del brutal asesinato de Armelia Ortiz, quien fue encontrada, en su hogar, el catorce de febrero de 1993 con fuertes mutilaciones y lo que parecía ser su cuerpo despojado de las extremidades y la cabeza. Carlos Estefán Villalobos, en su lecho de muerte, ha accedido a dar las últimas confesiones de estos brutales escenarios. Manténganse atentos al reportaje. Respondan vía Twitter con el hashtag ‘teleinternautas’ y estaremos respondiendo sus preguntas durante todo el video”.


Autor: Alberto Férrera (Santa Ana, El Salvador, 2001). Estudiante de Licenciatura en Ciencias Jurídicas. Autor del poemario Necrópolis de Ángeles (Dos Alas Editorial). Ha asistido a diversos eventos culturales y ha participado en la presentación de libros, lecturas y festivales poéticos. Ha impartido talleres literarios y de escritura creativa a estudiantes de educación secundaria. Sus trabajos (a nivel poético y narrativo) han sido publicados en sitios divulgativos como Primera Página (México), Oclésis (México), Noticiero El Independiente (El Salvador), Revista El Narratorio (Argentina), Revista Kametsa (Perú), Revista El Creacionista (Guadalajara), Periódico El País (El Salvador), Periódico Edición Cero (El Salvador).