Veredas – Cuento de Eduardo Antonio López

El primer porrazo, del que no guardo recuerdo, habrá sido seguro en el patio. Adentro de la casa propiamente dicha, habría obrado el abrazo apresurado y salvador de mis viejos o alguna tía, o mi abuela, que venía seguido a vernos. O tal vez sí haya ocurrido adentro, entre esas paredes despobladas de cuadros o fotografías. Me acuerdo de mamá arrodillada, lata de cera en mano y el trapo, fregando las tablas de los pisos hasta dejarlos brillantes. Siempre, un rato más tarde, culminada su fatiga, ante el primer descuido de mi parte o de mi viejo, su grito: ¡los patines!

Los raspones en las rodillas, de los que me salía sangre o esa agüita pegajosa, que nunca supe qué era o qué es, doy por sentado se originaron en las baldosas del patio.

Estaba eso de las baldosas. Ahí, en el patio, azules y rojas, alternándose una al lado de la otra en perfecta simetría. En las veredas era distinto.

Un día, o una tarde, sin soltarme de la mano que me llevara, hubo que caminar por la franja de las baldosas negras, no caer en las pálidas blancas, en las tristes amarillas, zigzaguear por las verdes, saltear las grises, que según cómo les diera la luz semejaban ser de metal. A veces, una vereda de sencillo y zonzo cemento se interponía. Hubo que improvisar: la cruzaba saltando en un pie, o caminando para atrás, o al contrario, continuando para adelante, pero con los ojos cerrados.

El cordón de la vereda, era un límite severo. Y peor, la esquina.

—Má…, ¿puedo acompañar a fulanito hasta…?

—Hasta la esquina, nada más… Y que yo te pueda ver de acá…

Desobedecer no convenía.

—Vas a ver cuando venga tu padre.

No sé para qué me lo decía, si ella ya se había encargado de enrojecerme la cola y el orgullo a golpe de alpargata.

Cuando papá volvía del trabajo, entrada la tarde, traía el mundo bajo el brazo y el diario también.

Un día me animé. Crucé el cordón de la vereda, y corrí enfrente. No pasó nada. Todo siguió igual a como estaba. Perón no mandó ninguna carta desde el exilio, dando tal o cual orden, porque yo hubiera cruzado la calle por primera vez, comprobé años más tarde.

La vez del auto, ésa sí, fue sublime. Ocurrió cuando ya dominaba la situación a piachere, y cruzaba como si tal cosa. Salí de atrás de la chata del sifonero, que justo estaba estacionada frente a mi casa sin ver el Kaiser Carabela, un autazo, que venía en el aire por calle. El tipo del Kaiser tampoco me vio mientras yo salía a los piques, en pos de la vereda de enfrente. Frenó, calculo, a medio metro de mí.

—Ché, Luis… —pregunté al rato—. ¿Qué quiere decir «pendejo de mierda»?

Luis sabía de todo, me llevaba dos años.

Entre el «corréte, pendejo» y el «permiso, Don», ¿cuánto habrá transcurrido? Una vida, más o menos, pero tan rápido…

También, escasas, estaban las veredas como las del paredón del fondo de la fábrica. De tierra aplastada, lisa y llana, con sus cordones pero sin baldosas. Ideales para jugar al hoyo-pelota. Igual que el paredón, tan propicio para el fusilamiento. ¡Cómo ardía donde te pegara la pelota de goma! Enrojeciendo brazos y piernas… encima, los pantalones cortos… Cuando me tocó perder, una punta de veces como cualquier otro, no hubo Luis ni Dios que me salvara.

Nos fuimos mudando de casas, de barrios, de veredas, de una punta a la otra de la ciudad. Las del barrio de La Boca, pintorescas al principio fueron mutando en molestia con tanto escalón, con tanto sube y baja, impuestos por la sudestada.

Aunque el juego ya no estaba en las veredas, era la hora de los zaguanes, los primeros manoseos, el secreto, el verdadero, al borde de la revelación.

De ahí en adelante hubo la colimba con su número bajo, y «no llores más, muchacha», los hijos, las Malvinas, el Maradona del gol a los ingleses, los centros clandestinos de detención, el Nunca Más. Pero la embajada de Israel, la AMIA y el VIH llevándose gente, buena gente, y el Paco…, aunque vinieron los nietos a secar lágrimas que sólo ellos ven, y están los amigos que quedan fieles.

Muchos años después, quiso la suerte o el destino, que son lo mismo, que volviera al lugar donde había estado la fábrica. Ahora es un shopping. El paredón subsiste. Las veredas que lo rodean están debidamente cubiertas de baldosones insulsos.

Ya que estoy acá, me dije, vamos a ver cómo está la que fuera mi casa.

No cambió casi nada, se mantiene prácticamente igual. Habrá variado alguna tonalidad en la pintura, es probable, no lo sé.

Desde la vereda de enfrente adivino, más que veo, ropa tendida en la azotea. Una de las ventanas está abierta de par en par. La puerta de calle no.

El pibe que está sentado en el cordón, y que me mira como si nada, debo ser yo.


Autor: Eduardo Antonio López (Buenos Aires, Argentina, 1955). Su pasión por la escritura comenzó en sus últimos años en la escuela secundaria. Editó, colaboró y dirigió publicaciones dentro del circuito «under». En 1985 editó su primer libro Nácar y otros cuentos. Participó en el grupo Artesón, haciendo eventos interdisciplinarios (lecturas, música, plásticas, teatro) a modo de un colectivo itinerante que trabajó con bibliotecas, centros culturales y clubes, durante tres años. En 2016 participó en la Antología de poesías y relatos-Grupo Escribidores en Red. Para finales de este año terminará de editar su segundo libro, aún sin título, bajo el sello de Enero Editorial. Actualmente, participa en el taller literario coordinado por la escritora Patricia Odriozola.