La explotación del freelancer y la revolución por venir

Ilustración de Carlos Gaytan

Ya están endeudado’ hasta tu’ hijo’, eh.
Loco, pero pa’ ti es trono.

Yung Beef

No es un secreto ni un esoterismo que el trabajo en nuestra época se ha convertido en una categoría tortuosa para la mayoría de personas. Trabajar ya no es, como en los setenta, prestar un servicio completo por un tiempo considerable a cambio de seguridad salarial durante y después de la vida productiva. La figura del trabajador se convierte paulatinamente en la del freelancer. El trabajador pasa de entregar energías concretas a entregar energías abstractas, direcciona todo hacia su propia gestión.

Es cierto, ya no hay un patrón que obligue a comprar a sobreprecio y con créditos impagables en su tienda de raya. Ahora está Amazon Basics y Amazon Súper con la opción de pagar en cómodas mensualidades. El freelancer se explota a sí mismo con el fin de obtener los básicos necesarios para reproducir su vida material. Su retiro es un misterio, un momento en el futuro en el que no vale la pena pensar. El capitalismo de hiperproducción nos ha condenado a sobrevivir en el presente y a sobremorir en el futuro.

Los freelancers no tienen horario, no tienen oficina, no tienen medios de producción. Todo está en sus manos: gestión del tiempo, de inventario, de clientes, de adquisiciones, de impuestos, limpieza, descansos, vacaciones, primas, déficits, superávits. Hay plataformas que, para ganar dinero, se encargan de algunas de esas improntas.

Upwork, Fiverr, Workona, Freelancer son algunas de las empresas más populares para conseguir un empleador temporal. Todas ellas son digitales y tienen un modelo de negocios que obtiene más ganancias de los empleados que de los patrones. Upwork cobra el 20% de comisión del total del monto del pago al freelancer, pero no te preocupes, una vez haciendo más de 500 dólares, la comisión porcentual baja paulatinamente hasta llegar a 5%. O sea, cuando menos trabajas, más comisión te cobran. Tax the rich. Adicionalmente, para postularse a una propuesta de trabajo en la plataforma se necesitan varios Connects, una especie de tokens digitales con, por supuesto, costo. Entre más personas hayan postulado su propuesta, más tokens necesitas para destacar tu postulación. Es una competencia en la cual el freelancer con más tokens, entiéndase, más posibilidad de comprarlos, tiene más oportunidades de obtener el 80% del pago que el empleador ofrece.

El capitalismo es un campo de juegos para los ricos. Fiverr es un poco más conservador. Aplica una tarifa fija a cada trabajo y no suele superar el 15% del monto total. Pero para obtener clientes en serio, lo más seguro es promocionar tu gig. Gig es algo así como una oferta; el freelancer propone “I will corregir textos en español de 1500 palabras por cinco dólares”. Los empleadores buscan, entre todos los gigs, el que más les convenga, por no decir el más barato. Esto termina en que los freelancer tengan una férrea competencia de precios. En Nomadland (Chloé Zhao, 2020) hay una escena donde Fern presencia una subasta por ver quién ofrece su mano de obra más barata. Fiverr: una subasta abusiva, con comisión, por mano de obra excesivamente barata.

No puedo competir con el tailandés que prácticamente regala su trabajo. Las personas de países pobres no deberían competir entre sí, y menos si se trata de abaratar sus precios. ¿Por qué permitimos esto? ¿Por qué las plataformas de freelanceo obtienen sus ganancias, sobre todo, del trabajo esclavo de sus usuarios? ¿Desde cuándo sale tan caro trabajar? No debemos esperar otra época de bonanza, otra época de estados benefactores como en los setenta, en el panorama actual eso no sólo parece improbable, sino imposible. Debemos dejar de competir, consciencia de clase. Freelancers del mundo, uníos.

Ah, esta culpa vibrante deja a mis músculos tensos cuando me recuesto. Ah, esta servidumbre maquínica mantiene activos mis sentidos de alerta. Ah, este ímpetu de producir me mantiene vivo, despierto, atento, listo. Ah, esta explotación contamina mis moléculas y comprime la revolución a un estado por poco inobservable. Me pongo de pie y trabajo, freelanceo, ¿qué puedo hacer?


Ilustrador: Carlos Gaytan Tamayo (Ciudad de México, 1999). Estudia Ciencias y Artes para el Diseño en la UAM Azcapotzalco. Formó parte de varias exposiciones colectivas de cartel en su universidad. Algunas de sus obras ilustran artículos de Cultura Colectiva. Su trabajo se inspira en diversas técnicas y se encuentra en el diseño gráfico y la ilustración.

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