Hábitos – Microrrelatos de Irene Otero Calvo

Primera secuencia

Luis camina por la avenida mojada. Vemos destellos de coches y luces húmedas a su alrededor. Huele al azul profundo de una tormenta de verano. De pronto, Luis se pone a bailar.

Julia come helado de nata en una cafetería de blancas mesas, blancos suelos, paredes blancas. Plano detalle a su cucharilla de plástico, que va desde la cremosa superficie dulce hasta su boca pintada de morado. Saborea lentamente. Luego, sin más, tararea algo.

Toma en movimiento. Seguimos a Luis al interior del metro multicolor de Chueca. Se le empañan las gafas con el repentino cambio de temperatura. Se las quita al llegar al andén. Sobre el vaho, dibuja en ellas dos sonrisas con ojos y se las vuelve poner.

Julia paga en la blanca caja y sale del local. Llueve azul. Corre utilizando su cazadora por paraguas. Captamos cómo un rubio rizo suyo se le riza aún más. El delicioso detalle ocupa todo el ancho de la pantalla.

Luis entra en el cine y va directo a la taquilla metálica. Julia entra en el cine y va directa a por palomitas verdes, rojas, amarillas. Al girarse, él con dos entradas, ella con dos paquetes humeantes, se ven.

Zoom a la cara de Luis. Zoom a la cara de Julia.

Por primera vez descubrimos juntos a nuestros dos protagonistas, que también son los suyos propios: dos enamorados del cine que viven sus días en forma de escenas. Esto pinta bien. ¿Será un taquillazo su historia? ¡Qué más da!

Pasemos a la siguiente secuencia.

*

Olores que no mueren

Recuerdo el olor de esa idea caducada, la de nosotros. El aroma de un hogar que se comparte, del incienso que se parte, de la piel que se roza.

Y el bálsamo de aquel viaje inolvidable. Perfume de aeropuerto. Tufillo de motel. Colonia en tu camisa. Humo de huevos recién hechos sobre el zumo de naranja. Salitre en la nariz al pasear de la mano. Tu aliento sobre el mío.

Los recuerdos pelean por entrar en mis pulmones y ser respirados. La fragancia que fue nuestra.

Hay olores que no mueren, pero los amores… Los amores son otra cosa.

*

Una herida

Me choco con una herida. Una herida propia, una herida abierta.

Es un corte hondo que supura dudas. Cómo curarlo es la más peligrosa de las misiones y, sin embargo, la más urgente. Busco, rebusco en mi botiquín la tirita más apropiada, el desinfectante final. Lejía si hace falta. Pero nada sirve.

La herida es demasiado lista.

Me busca y me atormenta. Y da conmigo, claro, era inevitable. Al encontrarme, contentísima la muy maliciosa, se abre, sangra y se ensancha. Ríe.

¡Maldita herida sin cura, sin solución y sin sentido!


Autora: Irene Otero Calvo (Madrid, España, 1991). Desde siempre los garabatos de la palabra escrita le han escondido secretos y ella no ha buscado más que desentrañarlos durante años. Quedó finalista en el VII premio literario El Pequeño Consumidor Energía y Clima por “El verde confidente”. Ganó el Primer Premio de la Universidad Privada Cardenal Cisneros con “Lo fácil de la Negación”. En el año 2017 estrenó en el teatro Nuria Espert su obra teatral Lo que no quiero. En 2020 la editorial Libros Indie publicó Secuencias, su primera novela. Actualmente, es funcionaria de carrera en el Cuerpo de Maestros de la Comunidad de Madrid; asimismo, está a la espera de la publicación de su segunda novela Una huida, ilustrada por ella misma.